Diario Vasco

Un hombre del 'cuarto milenio'

    Tras un mitin, con su mujer Lucía y su hija Malen
    Tras un mitin, con su mujer Lucía y su hija Malen
    • Urkullu apura una campaña movida pero apacible, en la que si puede se escapa del foco y va a comer a casa

    • Es el primero que se levanta de su caravana electoral para afrontar, venciendo la timidez, el «pasodoble» de mítines, entrevistas y 'paseíllos'

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    No suele ver la tele, y menos estos días, pero hace un par de domingos se enganchó a 'Cuarto milenio' y siguió con interés la nueva tesis que planteaban sobre la caída de las Torres Gemelas. El impacto de los aviones es el dato objetivo y conocido, pero detrás podría haber otra causa adicional, otras explosiones dentro de los edificios que ayudaron a su desplome y quedaron sepultadas bajo las imponentes moles que coronaban Nueva York. Iñigo Urkullu cuenta el episodio intrigado. Pensando en la posibilidad real de que haya algo más allá de los aviones suicidas. Le gusta llegar a la raíz de las cosas. No quedarse en la superficie. Y esa curiosidad personal le mueve a una particular e intrincada forma de explicar también sus objetivos y métodos políticos.

    Con los años -sopló el pasado domingo 55 velas- está esforzándose por lanzar mensajes más directos, frases más cortas. Pero «es que a veces se necesitan subordinadas», reivindica para fundamentar un proyecto que desde hace quince días, en doble sesión mitinera diaria, intenta hacer entender a la ciudadanía.

    Es consciente de que su lenguaje no es el del resto de políticos. Pero no le importa sentirse a veces como una «rara avis» incluso entre sus más cercanos. Es su estilo. Diferente. Particular. Y no cambia en público ni en privado. Permanece en el día a día de sus últimos cuatro años y en el submundo de esta campaña. Urkullu hace la misma vida. Sobria. Sin excesos. Aunque ahora con una hora menos de sueño.

    El despertador le sigue sonando a las 6. El primero de toda su caravana electoral. Y después del café con leche y alguna tostada integral, empieza el baile. «El pasodoble», lo llama él, quizás por la sincronización de agendas que exigen unas jornadas maratonianas que a primera hora le han llevado a entrevistas en radios o televisiones y a continuación al primer acto político en público del día. Ayer tocó sostenibilidad.

    Para entonces ya está enterado de toda la actualidad. La general y la que le cuentan sus consejeros vía whatsapp. La maquinaria del Gobierno sigue funcionando y aunque el candidato está a su reelección, todos los días pasa un momento por el despacho. Lo hace, si puede, antes de ir a Durango a comer con su mujer, Lucía Arieta-Araunabeña, que algún día también se escapa a los mítines para estar un rato más con su marido. La dedicación pública es lo que tiene. Menos conciliación y menos privacidad.

    Es lo que más añora Urkullu. Lo que más le cuesta. Incluso a la hora de hablar. Hay que sacarle alguna frase sobre los «ánimos» que le infunden sus hijos durante estos días, o las conversaciones que mantiene con Lucía cuando está en casa. «Ella me transmite sus sensaciones, pero no me da consejos... Solo que esté animado, que lo estoy», es lo máximo que confiesa. El candidato exhibe autosuficiencia, también respecto a sus colaboradores, a los que escucha pero no siempre hace caso. Seguro de lo que hace y dice, defiende a ultranza su posición cuando cree que tiene razón. Y en caso de enfado, no grita, al menos no se le escucha. «Se me nota sin hablar».

    La familia es su cobijo. A ella dedica todo «el tiempo, la atención y el interés», le agradece Lucía. Y con ella pasa las horas o los minutos que roba a los actos o comidas de partido e institucionales que le absorben, sin consumirle, estos días. Lo lleva bien, mejor que hace cuatro años, aunque aún no ha superado la fobia a verse retratado en Prensa o a ser el objetivo de los flashes en la alfombra roja del Zinemaldia, por donde ha tenido que desfilar dos veces. «No me gustan nada los paseíllos», ni los cinematográficos ni los políticos. La vergüenza le puede. Menos mal que son solo unos minutos.

    Parece contradictorio, pensarán algunos. ¿Entonces para qué se mete en esto? Es verdad. El personaje más público de Euskadi, el lehendakari, pelea cada día contra su timidez. Es lo que debe hacer. Y lo hace. Se debe al partido y, si los ciudadanos le reeligen, a esa Euskadi que tiene diseñada en su cabeza. Y que no quiere dejar en manos del azar.

    Urkullu cree en la constancia, no en la suerte. Y por eso quizás no le gusta hacer quinielas, ni siquiera del resultado electoral. Hace unos días se jugó, aún y todo, tres euros a un Cuponazo acabado en 6. No tocó. Su número podría ser el 7, el 27, como el que le dio la suerte por primera vez. Es lo que anhela el domingo. Pero no depende de un sorteo, sino de la «reválida del pasado y el examen del futuro» al que pondrán nota los ciudadanos. Él se ve preparado. Cree que ha hecho los deberes, aunque en la inacabable encomienda de gestionar un país aún le quedan muchos por hacer. Está decidido a acabar la tarea. Y las encuestas, que quieras o no tranquilizan -se le nota-, le preparan para ello. Si aciertan, tendrá que esperar cuatro años más volver al anonimato. Lo asume.

    No deberá esperar tanto tiempo, apenas unas horas más, para volver a la 'normalidad' de la postcampaña, y a sus paseos por el monte o las escapadas al cine con las que desconecta del ajetreo diario. Pero antes de hacer planes, toca jornada electoral. Nervios, análisis y, si se cumplen las previsiones, celebración con agua. No le ha ido mal ese brindis. «¿Ni un chuletón o un dulce?». No le tienta. «Quizás algún fruto seco». Este hombre del siglo XXI es tan «sano» como aparenta. ¿Será un caso de 'cuarto milenio'?