Los lunes al sol de la recuperación

Amaya, Carlos, Carmen y José Ramón posan en Errenteria junto a la agencia de desarrollo comarcal de Oarsoaldea.
Amaya, Carlos, Carmen y José Ramón posan en Errenteria junto a la agencia de desarrollo comarcal de Oarsoaldea. / LOBO ALTUNA

Euskadi suma 18.100 personas mayores de 55 desempleadas y que no logran encontrar un trabajo. Este es un relato de sus temores y esperanzas

IRIS JÁCOME QUEREJETAERRENTERIA.

Los parados mayores de 55 años son los grandes damnificados de la crisis, pero también de este periodo de recuperación económica y laboral. Una franja de edad que se está resintiendo especialmente en Euskadi, donde las posibilidades de encontrar un trabajo resultan más complicadas que en el Estado. De hecho, mientras en el resto del país el desempleo descendió en este colectivo un 7% interanual en el primer trimestre -la mayor reducción desde 2012-, aquí se incrementó un 12%, hasta alcanzar los 18.100 desempleados según la Encuesta de Población Activa (EPA). Una cifra que el Sepe eleva a 30.757 como recordó el viernes UGT en un informe, en el que pide que se trate de recuperar esta mano de obra para el mercado laboral.

Estas estadísticas se completan con otra de Adecco, en la que, paradójicamente, los parados vascos mayores de 55 años se muestran algo más optimistas que los de otras comunidades ante la hipótesis de encontrar un trabajo. Y es que cuatro de cada diez están confiados en que se reengancharán al mercado laboral frente a los tres de cada diez del conjunto del Estado, donde solo un 10% de los encuestados cree que lo conseguirá en los próximos 12 meses.

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Todo un drama para un colectivo con prolongadas carreras, pero que en el tramo final de su vida laboral se han visto abocados al paro y que ahora ven difícil encontrar un empleo, como queda patente en los cuatro testimonios que ha recogido en la comarca de Oarsoaldea, donde la agencia de desarrollo comarcal ha puesto en marcha un programa para este colectivo con el fin de lograr reengancharles al mercado laboral. Cuatro parados que ponen encima de la mesa una realidad muchas veces sobrecogedora y que frecuentemente se camufla por orgullo o por vergüenza.

Amaya U. M. Trabajadora del sector de la limpieza y servicio doméstico «Un empleo estable significaría todo para mí: autoestima y saberte útil»

Amaya, vecina de la comarca de Oarsoaldea, de 56 años, empezó a trabajar en su adolescencia. A los 14 años ya cuidaba niños. No quiso seguir estudiando y por eso comenzó tan temprano a buscar empleo. Pero todo han sido contratos esporádicos de un mes o dos, que no le han servido para acreditar su experiencia previa. De hecho, nunca ha llegado a cotizar como tal. Más adelante, se dedicó a limpiar casas y algún piso de obra, pero desde que se casó y comenzó a vivir en Francia, en el año 86, no trabajó. Pasados unos años su marido se quedó en el paro y, por ello, no dudó en volver a Euskadi para seguir con lo mismo: en el sector de la limpieza y el servicio doméstico, siempre dentro de la economía sumergida.

«Muchas veces, por circunstancias, no te queda otro remedio que trabajar en negro. Tienes que vivir», se justifica, y se interrumpe vencida por la emoción. Ella no denunció nunca ante la Inspección de Trabajo el hecho de que le ofrecieran trabajos irregulares. «¿Me iba a servir de algo? Además, ahora ya es tarde», zanja. Lleva ya 13 años parada y sin tener derecho a la prestación de desempleo. Hace tres años su vida dio un giro. Tras divorciarse, comenzó a vivir con su hermano y se apuntó a Lanbide. Sin apenas esperanzas y ya con 56 años mantuvo su primera entrevista laboral y, a la semana, empezó a trabajar en una empresa de limpieza. Amaya pone en valor el trabajo que realiza la agencia de desarrollo comarcal. «A mí Oarsoaldea me ha dado... iba a decir un aire, pero no, ha sido un vendaval bueno. Gracias a ellos he vuelto a trabajar. Encima lo que he hecho me ha encantado».

Con este trabajo realizado a lo largo de seis meses, Amaya ha generado el derecho a percibir el subsidio para mayores de 55 años, que consiste en 426 euros mensuales. Pero hay un incentivo más: el programa de orientación laboral de Oarsoaldea, al que acude, ha constituido un revulsivo profesional, ya que acude más animada y ha recobrado las esperanzas de encontrar otro empleo. «Un trabajo estable significaría todo para mí», recalca. La cotización no creo que me sirva, porque no llegaré al mínimo exigido. Pero significaría todo a nivel económico, de autoestima, de sentir que tienes algo que hacer y saberte útil. Significaría todo».

Carlos D. J. Instalador electricista «Es una situación crítica, pero vamos a pensar que se puede salir»

En 2015 Carlos se quedó sin trabajo con 54 años. La mayor parte de su trayectoria profesional ha estado dedicada a trabajar como instalador eléctrico, oficio en el que empezó cuando era muy joven. Lo primero que le surgió fue una empresa de antenas. Después, se marchó a Castellón y ya allí trabajó muchos años como electricista, además de en jardinería y mantenimiento. Pero pese a eso, a atesorar más de 30 años cotizados y a haber realizado también otros muchos trabajos en negro, a día de hoy engrosa la lista de parados de Lanbide.

«La empresa para la que estaba trabajando como autónomo desapareció por falta de obras. Tenía mil y pico viviendas por construir, lo cual suponía 3 o 4 años más de trabajo, pero optaron por quedarse solo con los trabajadores de plantilla». En consecuencia, optó por intentarlo como autónomo. Pero debido al bajón que sufrió el sector de la construcción con motivo de la crisis económica, se vio afectado y se quedó en el paro. Una vez se le agotó la prestación, estuvo más de un año sin ningún tipo de ingresos. No le correspondía el subsidio para mayores de 55 años debido a que no cumplía todos los requisitos exigidos.

Fue entonces cuando tomó la iniciativa de ponerse en contacto con Oarsoaldea. Primero estuvo en el proceso de orientación. A raíz de ello consiguió un puesto como electricista en dos obras diferentes de la empresa Zuaznabar. «Pero bueno..., lo que ocurre hoy en día con los contratos, ¿no?Una vez se ha terminado la obra, se ha terminado tu contrato. Por suerte, yo pude enlazar estos tres meses con otros tres», comenta Carlos con expresión aliviada. Se encuentra desempleado desde que concluyeron esas obras, pero participa en tareas de formación ocupacional, de mantenimiento y montaje mecánico de equipo industrial. Con este curso de contenido teórico-práctico, que está a punto de finalizar, Carlos podrá obtener el certificado de electromecánica y podrá hacer prácticas además en alguna empresa relacionada con dicha actividad.

Mientras, cobra el subsidio de los 55 años, pero no cuenta con ningún otro ingreso. Carlos hace hincapié en la dificultad de encontrar trabajo a esa edad pese a su dilatada carrera profesional. «Aunque tengas 50 años de experiencia, si no tienes un certificado profesional que lo acredite, es como que no eres nadie». Pese a ello, está muy esperanzado y sigue a la espera de recibir alguna oferta de trabajo que encaje con su perfil. Recientemente en Lanbide salió una oferta laboral como electricista, pero no ha recibido respuesta. «Cuando vas a una entrevista de trabajo siempre te surge algo. No te dicen que sea por la edad, pero...siempre te sacan algo. A los jóvenes les piden experiencia y a los mayores les dicen que tienen una edad a pesar de la experiencia. Lo cual es ilógico», señala Carlos.

Carmen C. S. Trabajadora del sector de la limpieza y servicio doméstico «'No se preocupe usted que ya le llamaremos'. Pero no te llaman de ningún lado»

Con la pensión de su marido, de alrededor de unos 800 euros, la familia de Carmen sufraga los gastos y las responsabilidades familiares. A sus 62 años, el suyo es el relato de una trayectoria laboral no continuada, condicionada como en otros casos por la economía sumergida. «Si empiezas a trabajar en las empresas en negro y llevas ahí un tiempo, no te queda otra que callar, porque si no, te echan a la calle», cuenta frustrada. Por lo que Carmen tan solo suma un par de años cotizados. Es por eso que nunca ha generado derecho a prestación por desempleo y, por lo tanto, tampoco puede solicitar el subsidio para mayores de 55 años.

«Económicamente vamos tirando. Pero, dos de mis cuatro hijos viven con nosotros. No tenemos ahorros y si en casa comemos es gracias a las zonas naranjas de los supermercados y a la pensión que cobra mi marido. Somos cuatro personas en casa y nos tiene que llegar hasta final de mes», relata. No ha sido por falta de intentos, ni por las ganas que ha puesto Carmen en lograr un trabajo digno. En verdad, ha enviado su currículum y llamado a todo tipo de empresas. También ha hecho cursos de limpieza, de recogida de hojas en otoño y de jardinería, pero es que dependiendo de la empresa el perfil de contratación se caracteriza por personas jóvenes y con estudios.

«He echado muchos currículums y llamado a muchos sitios, pero nada. Las empresas no me cogen porque tengo 62 años. Solo te dicen: «No se preocupe usted, que ya le llamaremos»; o «No, es que prefiero una persona más joven». ¿Y tú sabes cómo te cae eso?». Durante estos duros años de búsqueda, acudir a la asociación de Oarsoaldea le ha ayudado sobre todo a no tirar la toalla. «Si no fuera por esto, muchos estaríamos desesperados de la vida. A mí me ayuda a despejarme y a conocer gente. El compañerismo es muy importante. Si no, te quedas en casa y te deprimes más aún. Además, en el rato que estamos aquí, sigo buscando soluciones, me preocupo por buscar empleo, afirma. De hecho, a pesar de no haber sido ella quien comenzó a relatar su historia de entre los cuatro protagonistas de este reportaje, su situación era la más animosa: esa misma mañana realizó una entrevista para un empleo de limpieza.

José Ramón C. J. Instalador de tuberías y maquinaría para frío industrial y aire acondicionado «Cuando me dieron la noticia de que perdía mi trabajo, volví a casa de mi madre»

José Ramón cuenta a sus 57 años con una extensa trayectoria laboral -casi la mitad de su vida-, pero, debido a que está divorciado y a su situación económica, se vio en la tesitura de tener que volver a vivir en la casa de su madre. Su recorrido profesional comenzó en la empresa Plastikos, dedicada a hacer viveros para camiones de mariscos. Trabajó allí durante dos años, hasta que por mediación de su padre empezó en La papelera Española. Su paso fue breve, pues no consiguió superar unos exámenes teórico- prácticos. Posteriormente, formó parte durante 17 años de una empresa dedicada a la instalación de tuberías, maquinaría de frío y calor y gas. Pero con la crisis económica la subcontrata de Giroa para la que trabajaba empezó a decaer. Su gerente decidió jubilarse y se quedaron al cargo de la empresa el hijo de éste y un socio. La firma se vio obligada finalmente a despedir a todos los empleados, de modo que José Ramón se fue a la calle.

«En ningún momento preveía esta situación. Además, después de llevar tantos años trabajando en el mismo sitio, lo último que te esperas es perder tu puesto. Teníamos trabajo para dar y tomar, incluso se llegaba a coger a alguien más porque no dábamos abasto. Pero con la llegada de la crisis me dijeron que no podía seguir». Después de aquello, José Ramón ha vuelto a trabajar, pero en todo momento han sido contratos de fin de obra.

Así pues, buscó ayuda en Plan de empleo de Lanbide y, a través del programa de Oarsoaldea, ha trabajado tres meses; y por mediación del Ayuntamiento lo ha hecho como fontanero otros cuatro más. «Ahora mismo no estoy haciendo nada, aunque estoy a la espera de que salga algo. Pero te tienen que ir llamando y, mientras, tú tienes que llenar las horas, porque se hacen muy pesadas. Yo, en mi tiempo libre me acerco a la sociedad y cada vez que se rompe algo, me encargo de arreglar las chapuzas. Al menos, así paso el tiempo», remata José Ramón.

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