El último reto para las empresas

Los efectos de la crisis en el mercado laboral y el cambio generacional amenazan con desmotivar a las plantillas

LUIS LÓPEZSAN SEBASTIÁN.

A veces, la actitud es lo más importante. ¿Qué diferencia hay entre ser bizco o tener una mirada enigmática? La actitud. ¿Y entre ser viejo o un madurito interesante? La actitud también. Esta cualidad tan intangible es fundamental en todos los órdenes de la vida, y vital en el desempeño profesional. Tanto, que el año pasado Confebask publicó un estudio donde se revelaba que ese era el aspecto prioritario que tienen en cuenta los empresarios vascos a la hora de contratar. Y, lo que es más preocupante, la mitad de quienes aprecian dificultades para dar con la persona adecuada no contratan, precisamente, por la falta de actitud de los candidatos, entendida esta como la capacidad de ser polivalentes, proactivos, con iniciativa...

El problema ahora va más allá y llega a las plantillas de las empresas. No son pocos los directivos vascos que se duelen, de puertas para dentro, de la creciente falta de compromiso de sus empleados, de la menor implicación con la firma en la que trabajan... De que no sienten los colores como los sentían antes. Expertos en Recursos Humanos y en intermediación laboral confirman esta tendencia y la achacan, esencialmente, a dos factores: la caída en la calidad del empleo, que tiene como consecuencia la desmotivación del personal; y un cambio generacional que provoca la llegada al mercado de gente con valores diferentes.

Si la situación no se reconduce «de aquí a unos años las empresas van a sufrir un grave problema de productividad», alerta Andreu Cruañas, presidente de Asempleo, la patronal de las ETTs. Algo que tendría efectos muy nocivos porque «los países con los que competimos están trabajando con uñas y dientes, con mucho más compromiso», refuerza Esteban Vicente, profesor del Máster de Recursos Humanos de Deusto Business School y director de ASV Consulting.

Pero, según los sindicatos, el ambiente no es favorable para que eso ocurra. «Uno se motiva en la medida que es bien tratado», evidencia Peio Igeregi, responsable de Negociación Colectiva y Salud Laboral de ELA, la central mayoritaria en Euskadi. «Cuando las empresas no ofrecen futuro, sino salarios bajos y precariedad, la motivación para trabajar es el miedo, y no sentirse parte de un proyecto». Además, desde los sindicatos consideran que, tal y como están las cosas, eso que en la patronal llaman 'actitud' o 'compromiso' es en realidad sumisión y disponibilidad total a cambio de muy poco.

Certeza científica

En cualquier caso, el problema es que ese miedo del que hablaba Igeregi no es motor ni incentivo suficiente como para que las plantillas funcionen. «Si supiésemos que con el miedo y la frustración se trabaja mejor, las clases de Recursos Humanos versarían sobre cómo generar esa frustración en los equipos», razona Vicente, de Deusto Business School. «Lo que está comprobado científicamente, y no hay que ir a ninguna facultad para saberlo, es que si se trata bien a la gente, ésta es más rentable y la empresa saca más dinero».

Sobre las cosas que hay que hacer para tener satisfecho al personal, no hay muchos misterios. Lo primero y fundamental, «los sueldos», dice Cruañas, de Asempleo. Y, añade, el respeto a la jornada y las condiciones que contemplen los convenios colectivos, «algo que muchas veces no ocurre» porque «hay empresarios que quieren que el trabajador sude la camiseta, pero que sea el propio trabajador el que ponga esa camiseta». En cualquier caso, todo lo anterior «son los mínimos, los que ponen el marcador a cero» para lograr la implicación de la plantilla. Luego están las posibilidades de promoción, la flexibilidad, la participación en la toma de decisiones, facilitar la conciliación, ofrecer formación que dé perspectivas de futuro... «Eso te arraiga a la empresa, hace que los trabajadores no sean una 'commodity'». Y tal comportamiento es cada vez más necesario en un mercado laboral donde las plantillas «tienen más nivel educativo, algo que ocurre especialmente en el País Vasco, donde el peso de los industria es muy importante».

El cambio generacional que se está produciendo tiene gran importancia también a la hora de analizar por qué las plantillas están más desmotivadas. Porque no toda la culpa es de la precariedad laboral. Esteban Vicente, el experto en Recursos Humanos, traza una línea entre mayores y menores de 40 años. «Los primeros han crecido entendiendo el trabajo como un valor, sudando la camiseta, implicados... Pero con la crisis muchos se han sentido desengañados con sus empresas», debido a unas políticas de recortes quizás no lo suficientemente justificadas o bien explicadas. Así que han bajado el pistón.

Otra mentalidad

Luego están los menores de 40 años, especialmente los más jóvenes, para quienes «el objetivo no es realizarse a través del trabajo» y evitan «compromisos a largo plazo». Porque además han visto como, en algunos casos, sus padres han salido escaldados de esas apuestas de por vida en las que se habían implicado.

Y esto no tiene que ver con el nivel formativo. Vicente tira de experiencia personal para ejemplificar dos situaciones diferentes. Primero, la de esos perfiles brillantes que rechazan atarse a un proyecto empresarial y prefieren volar libres. Es el caso de una chica a la que con 27 años le ofrecieron ser socia de la importantísima empresa de marketing en la que trabajaba, con un altísimo nivel retributivo y una enorme proyección de futuro, y rechazó el puesto porque quería hacer otras cosas. «Eso en mi generación sería inconcebible».

Luego, están otros perfiles menos especiales pero también esquivos. «Estamos encontrando a mucha gente que en procesos de selección lo primero que preguntan es por el horario; y no porque tengan citas ineludibles o tratamientos médicos, sino porque a las 17:30 tienen clases de danza o de cocina...». Se trata de gente que «no tiene problema en retrasar su incorporación al mercado laboral hasta que encuentre algo que le encaje porque sigue viviendo en casa y no está mal». Y lo que hay fuera, un mundo de precariedad y sueldos bajos, no es incentivo suficiente para que muchos abandonen el calor del hogar.

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