Cuando todos coincidieron en que era el momento de pasar a la acción

LUIS LÓPEZ

«No hay más salida que la conflictividad; vamos a hacer todo lo que podamos para movilizar a la gente», decía Joseba Villarreal, de ELA, a principios de año. «Nuestra apuesta es ir a más conflictividad», certificaban en LAB. También Comisiones Obreras y UGT andaban en esa clave anunciando en una rueda de prensa conjunta de Unai Sordo y Raúl Arza que su intención era «recuperar la calle». Y todo eso ocurría tras el gran pacto que los cuatro habían rubricado con la patronal para dar prioridad aplicativa a los convenios colectivos vascos.

En esa atmósfera, algunos apostaban por que, al fin, los principales sindicatos vascos hiciesen frente común para presionar a Confebask y desbloquear la negociación colectiva, que es la que en última instancia lo condiciona todo. CC OO y UGT incluso plantearon a ELA y LAB un documento para buscar puntos de encuentro, pero los abertzales rechazaron el acercamiento. Y los primeros, también hay que decirlo, no se sorprendieron.

La falta de entendimiento entre las distintas sensibilidades sindicales -una más posibilista y otra más maximalista- se ha cronificado en Euskadi, igual que la parálisis de la negociación colectiva. El pasado mes de junio había 117.496 trabajadores vascos (el 20,5% de los afectados) con sus convenios decaídos y pendientes de recuperar. Son 16.000 más que en el mismo mes del año pasado, lo que da cuenta del deterioro que está provocando al parón de las relaciones laborales en las condiciones de los trabajadores vascos. Además, hay 265.473 asalariados (el 46,3%) con sus convenios prorrogados y pendientes de renovar, y sólo 189.829 (el 33,2%) disfrutan de unas condiciones laborales vigentes.

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