José Ignacio Arrieta Heras, el banquero con conciencia social

J. I. Arrieta. / I. PÉREZ
J. I. Arrieta. / I. PÉREZ

MANU ALVAREZ

El pasado viernes, a sabiendas de que su particular reloj vital comenzaba a marcar las últimas horas, pidió a los suyos que le dejasen recaer en uno de los pequeños vicios que se había autopermitido a lo largo de sus 74 años. Quería fumar un puro, el último. Y lo hizo. Todo el mundo en su entorno entendió aquella frivolidad como su particular adiós a una vida intensa, marcada en los últimos años por una larga enfermedad contra la que decidió luchar hasta el último minuto, de la única forma que sabía hacerlo: trabajando. En la madrugada de ayer, José Ignacio Arrieta Heras, exconsejero de Industria y Trabajo del Gobierno Vasco en los dos primeros gabinetes de José Antonio Ardanza; consejero de Petronor y Repsol Comercial, decía adiós a la vida.

Casado y con tres hijos, procedía de una familia numerosa de la localidad vizcaína de Erandio en la que tuvo que pelear el desayuno, la comida y la cena, con otros ocho hermanos. Su padre era un trabajador de banca, de los que cumplía a rajatabla la épica del sector de aquellos años. Había comenzado como botones y a fuerza de ser autodidacta había terminado como director de la sucursal de Eibar del Banco Guipuzcoano. Una buena remuneración salarial la suya en términos absolutos, que se convertía en precaria para alimentar a su prole.

José Ignacio Arrieta tenía una cabeza privilegiada. No es una frase retórica. Así lo entendieron cuando era muy niño los responsables de una fundación vizcaína cuando decidieron becarle y también incluirle en una experiencia piloto, que dirigía con mano firme el jesuita Antonio Garmendia. La creación de un 'minicolegio' para superdotados en Bilbao, que bautizaron como Instituto de Selección Escolar 'Sedes Sapientiae' -sed de sabiduría-, en el que estudiaban apenas cinco alumnos por aula. Un colegio con más profesores que alumnos. Allí coincidió con otros fenómenos como quien más tarde sería catedrático de la UPV, Roberto Velasco; el también catedrático de Derecho, Ricardo de Ángel; el publicista Fernando Emmanuel; José Antonio 'chato' Latorre, cuyas habilidades de cabeza las trasladaría al puesto de delantero del Athletic de Bilbao y también a su profesión como ingeniero y directivo de empresas; el que fuera también médico de este mismo equipo durante décadas, Ángel Gorostidi o Miguel Ángel Fernandino, en la actualidad presidente del Banco de Alimentos de Bizkaia.

La misma beca que le permitió estudiar en aquel colegio le llevaría más tarde a la Comercial de Deusto, donde se licenciaría en Económicas y Derecho. Una empresa de máquina herramienta fue su primer destino profesional, pero pronto encaminaría sus pasos por la misma senda de su progenitor: la banca. Arrieta fue un destacado directivo de Bakunión, una entidad de lo que se denominaba banca industrial. Y ello porque además de tomar depósitos y conceder créditos, tomaba parte activa como accionista de empresas.

En 1982, el entonces consejero de Industria, Javier García Egocheaga, le animó a entrar en el mundo de la administración vasca para hacerse cargo del Ente Vasco de la Energía. En 1985 se hizo cargo de esa cartera, en el primer gabinete de José Antonio Ardanza y en 1987 y hasta 1991 ocuparía el puesto de consejero de Trabajo y Seguridad Social. Allí, en aquellos años en los que la industria vasca se derrumbaba por efecto de la crisis, con una tasa de paro del 22%, José Ignacio Arrieta sacó a relucir la vena social que siempre le distinguió. Convenció al Gobierno para impulsar el antecedente de la actual RGI: el Subsidio Mínimo Familiar, las Ayudas de Emergencia Social y el Ingreso Mínimo de Inserción. «La marginación -declararía tras aprobar aquellas medidas sociales novedosas- no es un problema de quien la padece, sino del conjunto de la sociedad».

Pero más allá de sus logros profesionales y políticos, José Ignacio Arrieta fue un ser humano excepcional. «En el buen sentido de la palabra, bueno». Descanse en paz.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos