Pelota

Aimar, primer finalista del Manomanista (22-13)

Aimar Olaizola golpea de derecha ante Elezkano II. /Jesus Caso
Aimar Olaizola golpea de derecha ante Elezkano II. / Jesus Caso

El goizuetarra ha derrotado con claridad en el Labrit a Danel Elezkano

JOSEBA LEZETAPamplona

Hay pelotaris que no caducan. Aimar Olaizola es uno de ellos. Hay fórmulas que no caducan y sirven incluso para el mano a mano moderno. Aimar Olaizola posee talento y clarividencia para comprenderlo en una época en la que parece imprescindible ir siempre hacia delante si quieres ser alguien en el Manomanista. El de Goizueta no solo les insiste en ello a sus jóvenes compañeros de entrenamiento. Lo pone en práctica sobre la cancha.

Olaizola II ha vuelto a sus orígenes para plantarse en su décima final quince años después de disputar la primera en 2003. Obligado a reinventarse para encontrar la manera de doblegar a un vendaval de nombre Martínez de Irujo, Aimar ha reencontrado a sus 38 años, cuatro después de su anterior final, un estilo que aparcó momentáneamente en su día. Sin embargo, nunca ha renunciado por completo a él, a ese trabajo de desgaste que hace mella al contrario.

Saca bombeado y cruzado a la pared izquierda, y resta de aire. Hasta ahí, igual que la mayoría de sus rivales. Pero una vez en el peloteo, adopta otra pauta. Retrocede unos metros para ponerse a bote de derecha en lugar de ir decidido en busca del gancho o la parada al txoko. No busca el sotamano con la persistencia de hace cuatro o cinco años para recortar el viaje de los zurdazos de aire de Irujo. Mete bien la pelota en la mano, la goza, coge altura en el frontis y la pone atrás. Muy atrás. «Si pones la pelota lejos, desde allí no hay muchos milagros», afirma el de Goizueta.

Este Olaizola II se parece al de sus primeras participaciones en el Manomanista, al pelotari que llevaba hasta la extenuación al oponente, al que no le importaba insistir en el peloteo hasta agotar las reservas. Solo al final, con el partido decantado u obligado por la necesidad, recurría a un juego más rápido. Como aquella vez en la que sufrió una rotura de fibras en el dorsal derecho, en la liguilla de semifinales de 2003.

22 Olaizola II

13 Elezkano

tiempo de juego
50 minutos y 31 segundos. 11:41 de tiempo real.
pelotazos a buena
229 más los 15 de la vuelta decretada en el 8-7 por una estorbada involuntaria de Elezkano II a Olaizola II.
marcador:
3-0, 3-4, 7-4, 7-5, 8-5, 8-7, 15-7, 15-8, 17-8, 17-10, 19-10, 19-11, 20-11, 20-13 y 22-13.
botilleros.
Pablo Berasaluze acompañó a Aimar Olaizola y Ander Elezkano, a su hermano menor Danel.
incidencias
lleno en el Labrit. 1.200 espectadores. Olaizola II no pidió ningún descanso y Elezkano II agotó los tres suyos.

Conocer las virtudes propias ayuda a acercarse al éxito. Quizá Olaizola II ha perdido con la edad punta de velocidad para ir a por el remate, sobre todo cuando el contrario resta de aire como Elezkano y acorta el tiempo de reacción.

Ayer en un Labrit lleno, Aimar sacó de maravilla, firmó cinco tantos directos con el primer disparo, y con pelota a placer eligió colocarse a bote para el segundo pelotazo. Anotó un solo tanto de saque-remate, la cortada de zurda letal del 15-7. Para las contadas ocasiones en las que el de Zaratamo conectó la volea al resto dispuso de otro antídoto: corta de zurda al ancho en busca del punto débil de su oponente: la derecha a bote.

Apoyado en su fondo físico, otro de los puntos fuertes de Olaizola II, tampoco le importó alargar y endurecer los tantos. De los once que alcanzaron o rebasaron los diez pelotazos, cayeron de su lado ocho, incluidos los seis últimos. Dos fueron para Elezkano II y el restante terminó en vuelta por una estorbada involuntaria del vizcaíno al navarro.

En este mano a mano en toda la cancha convertido cada vez más en un ejercicio de estrategia que consiste en hacer patentes tus aptitudes y ocultar tus carencias, el partido de Aimar Olaizola necesitaba afianzarse en defensa para frenar las acciones de saque-remate que condujeron a la victoria a Danel Elezkano en sus tres eliminatorias anteriores, lo mismo frente a Axier Arteaga que contra Iñaki Artola y Oinatz Bengoetxea.

El de Goizueta lo tenía claro: había que encontrar la derecha a bote del de Zaratamo e impedir que conectara de zurda su segundo pelotazo. Cuanto antes, mejor. Desde el resto a ser posible.

Lo consiguió. Le ayudó una tarde gris de Elezkano II con el saque. Lo ejecutó con demasiada pared izquierda y permitió a Olaizola II restar con espacio suficiente para aprovechar la prodigiosa técnica de su zurda. Puso donde quiso la pelota. La bajó hacia la chapa del frontis y la cruzó hacia la línea de contracancha. Danel trató de contrarrestarlo yendo hacia delante en busca de la volea de derecha. No encontró la manera porque la pelota se le cayó a los pies. Eso le obligó a jugar a bote y además atropellado en bastantes ocasiones.

Del 8-7, al 15-7

Elezkano II desplegó su mejor juego en los compases iniciales. Hasta el 8-7 halló la manera de imponer su mayor pegada en los intercambios de pelotazos. Sin embargo, la falta de saque posterior a la vuelta al mandar la pelota al fleje de la pared izquierda -significó el 9-7- minó su moral. Y el trote que marcó Olaizola II castigó su físico.

Una tacada de siete tantos condujo la semifinal de un incierto 8-7 a un 15-7 que aclaraba el panorama para el veterano. Ni siquiera una falta de saque en el 17-9, casi idéntica a la de su adversario ya que la pelota se le marchó arriba en la pared izquierda, modificó el cariz del juego. Elezkano II cobró su primer y único tanto de saque-remate en el 20-13. Fue la segunda oportunidad real de la que disfrutó. Falló la primera dos tantos antes.

Olaizola II no estaba dispuesto a que se le escapara la oportunidad de regresar a una final manomanista tres años después de la anterior, la que perdió contra Mikel Urrutikoetxea en 2015. Había ido al Labrit listo para dejar sobre la cancha todas las gotas de sudor necesarias. Tras el 20-13, cortó cualquier amago de reacción. Restó, entró de lleno en un tanto de 22 pelotazos, el más largo del encuentro, y resolvió con otro derechazo atrás para romper la defensa del rival. También cruzó a la pared el último pelotazo, el que le valió el 22-13 y esbozar por fin una merecida sonrisa.

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