Golpe de castigo

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Las finales del rugby europeo en Bilbao dejan un poso de tristeza en el aficionado de la Real. No porque se jueguen en San Mamés -está muy bien que así sea y muchos aficionados guipuzcoanos estarán en las gradas-, sino porque confirma ya de forma definitiva uno de los problemas que han condicionado la remodelación de Anoeta. No es algo nuevo, pero como los partidos son hoy y mañana puede ser buen momento para recordarlo.

Clamar en el desierto

Desde el principio, el aficionado guipuzcoano escuchó la exigencia de políticos sin muchos conocimientos deportivos y contaminados por la palabra de moda en los despachos oficiales («evento», como panacea de la actividad deportiva en lugar del trabajo constante y modesto, pilar del deporte guipuzcoano pero desprestigiado ante el glamour del gran acontecimiento) de que se haría el nuevo Anoeta pero siempre que se ajustara a los requerimientos para acoger partidos de rugby. Y se citaba fundamentalmente uno: dejar diez metros detras de cada portería hasta la primera fila de asientos. Hacer un campo nuevo adaptado a quien lo pueda usar una vez cada equis años en lugar de a quien lo usa todos los días. Clamar en el desierto sobre lo absurdo de esta exigencia porque en un buen campo de fútbol se puede jugar a las mil maravillas al rugby no ha servido de nada. Las gradas del nuevo Anoeta no estarán tan cerca del campo como algunos aficionados creen.

Torneo interbares

En Bilbao, como es normal, hicieron el campo para que jugase el Athletic. Allí, desde la portería al primer asiento hay espacio justo para colocar las redes. Y lo de este fin de semana no es el torneo interbares de Santutxu, sino las finales de la Champions y la UEFA del balón oval. El rugby siempre está encantado de poder aprovechar los mejores campos del mundo para ganar repercusión y notoriedad. Ahora es San Mamés, como antes fue Old Trafford, que acogió partidos del Mundial de rugby pese a que allí, detrás de la línea de gol, el césped cae en picado. Lo que se hace, ahora en Bilbao, entonces en Manchester y en el resto del mundo -la final de Copa española se jugó el otro día en el campo del Levante- es colocar los palos sobre la línea del área pequeña, lo que delimita un campo de rugby perfecto y habilita la zona de marca sin problemas. Pero aquí, como siempre, todo fue más complicado. Golpe de castigo.

No se aprende

Por eso, no viene a cuento envidiar que el mejor rugby del mundo vaya a San Mamés y, mucho menos, quejarse de ello. Porque, además, nada indica que se vaya aprendiendo de estas cosas. Lo próximo será la remodelación de Illunbe. Y si no, al tiempo.

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