Alrededor de 2.000 personas dan calor a la plaza

I.G. TOLOSA.

Dicen que la plaza de toros de Tolosa es la más grande del mundo porque nunca se llena, pero ayer estuvo cerca de llenarse. El ambiente previo a la cita ya indicaba que iba a ver un entradón y así fue. Hacía mucho tiempo que una apuesta no congregaba a tantísima gente. Habría que trasladarse al que enfrentó a Aimar Irigoien y Izeta II hace casi diez años y al que midió a Olasagasti con Mindegia en diciembre de 2006.

Media hora antes de dar comienzo al desafío ya habían entrado más de mil personas y 45 minutos antes se contabilizaban alrededor de setecientas. Y para alegría de muchos la mayoría eran jóvenes. El tiempo, desapacible y lluvioso, no amilanó a nadie. Ataviados con sus paraguas la afición esperó con paciencia el inicio. La gente comentaba los últimos pormenores y se resguardaba del agua. Apenas se escucharon a corredores de apuestas. Seguro que hicieron su labor entre el público, donde estaba lo más granado de la historia de la aizkora y del deporte rural.

Los primeros aplausos llegaron cuando salieron a la plaza los aizkolaris acompañados por sus ayudantes. El primero en salir a la plaza fue Arria V. Le acompañaron su padre Ignazio Orbegozo 'Arria II', que era el encargado de entregarle las hachas y con el palo estaba Luis Txapartegi, quien hace un mes se imponía a Mieltxo Mindegia en la apuesta más igualada que se recuerda. Iker Vicente se llevó una gran ovación al saltar al ruedo. Como enseñador estaba su padre Daniel Vicente, que a pesar de los nervios disfrutó con la labor de su hijo y dándole las aizkoras estaba su primo Eneko Saralegi, con el que ha compartido días, semanas y casi se puede decir que años de entrenamiento.

La tensión era grande y durante la apuesta apenas hubo ruido y gritos. Algo de ánimos, pero bastante tímidos. Algún que otro grito, pero las diferentes estrategias hacían que la afición se mostrara cauta, nadie quería lanzar las campanas al vuelo y por eso el respetable se mostró tímido.

Cuando Vicente cortó su décimo tronco se vio claro que iba por delante y subieron los decibelios. Eso sí, en los últimos cuatro troncos las caras de los seguidores de Vicente brillaban y la de los de Arria estaban apagados. Al acabar y darse las manos, la opinión era unánime: se había visto una gran competición y un duelo de altura.

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