Diario Vasco
Fatim Jawara jugó la Copa del Mundo en Azerbaijan.
Fatim Jawara jugó la Copa del Mundo en Azerbaijan. / DV

FUTBOL

Los sueños ahogados de Fatim

  • La portera del equipo nacional gambiano ha perecido cuando intentaba llegar a Europa en un bote en busca de un futuro mejor

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Quizás Fatim Jawara soñó con esa parada que, en la tanda de penaltis, vale un campeonato, tal vez la Eurocopa o la Champions. O tal vez, simplemente, buscaba cualquier tipo de futuro al norte del Mediterráneo, allí donde han emigrado otros muchos compatriotas. Pero los sueños de fútbol y modesto bienestar se hundieron hace unos días, cuando zozobró la barca en la que pretendía cruzar el mar. A las víctimas del naufragio no se les ha podido poner nombre. Tan sólo han podido identificarla a ella, la portera de la selección de fútbol femenino de Gambia, una de las heroínas del equipo que llegó a acceder a la Copa del Mundo en Azerbaijan hace cuatro años, cuando era una adolescente y, posiblemente, aún no se planteaba su malograda aventura.

Puede que la joven fallecida supiera que en el Viejo Continente ya hay más de un millón de fichas de jugadoras e intuyera que una buena guardameta siempre supone la mejor garantía para cualquier equipo con ambiciones o supiera del éxito de Musa Jallow, otro joven cancerbero gambiano de edad similar que, tras militar en modestos clubes suecos, se ha convertido en DJ Black Moose, una figura de las discotecas más 'cool' de Estocolmo.

Esa esperanza, la miseria o, posiblemente, ambas, la empujaron a realizar el 'back way', el atajo según la jerga local, el peligroso camino que conduce desde la costa atlántica hasta el litoral libio, una ruta de más de 4.000 kilómetros a través del desierto del Sahara.

Su experiencia bajo los cuatro palos junto a las Red Scorpions suponía una buena credencial, pero se antoja dudoso que el juego le proporcionara los 500 euros que suelen costar los servicios de las redes mafiosas implicadas en la trata de seres humanos. La sorprendente realidad es que Gambia, con una población inferior a la vasca, es el quinto país africano por volumen de inmigrantes. La partida en pos de otra existencia es el recurso obligado para la gran mayoría de los jóvenes. La miseria y la represión ejercida por una férrea dictadura azuzan la marcha.

La posibilidad de morir en los arenales o sufrir maltrato, trabajo fozado o abusos sexuales en Libia, no disuade a mujeres voluntariosas como Fatim. Según sus deudos, permaneció semanas en Misrata, el puerto al que fluyen miles de individuos procedentes de todos los confines del continente. La veterana portera sobrevivió a las penurias de los centros de detención provisional, donde el hambre, la deshidratación, el hacinamiento y los malos tratos, son problemas corrientes para los recién llegados, a menudo carentes de medios cuando consiguen acceder al muelle.

Algunos, los más fuertes, consiguen embarcar en botes que llegan a transportar a un centenar de pasajeros. El destino era Lampedusa, esa minúscula isla italiana a la que arriban los más afortunados. Fatim no tuvo esa suerte. Los suyos dicen que pereció el pasado jueves, la federación nacional ha lamentado el deceso y el presidente Yahya Jammeh no se ha pronunciado. El líder de la primera república islámica subsahariana dice curar el ébola, el sida y la infertilidad, pero aún no ha conseguido el remedio para retener a sus ciudadanos, independientemente de sus habilidades deportivas.

Curiosamente, mientras las generaciones más jóvenes emprenden una aventura incierta, los europeos aterrizan con comodidad en uno de los paraísos para los turistas que buscan la África más relajada y exótica, la que se brinda a los foráneos y resulta inaccesible para los propios nativos.

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