Ciclismo

El campeón heterodoxo

El campeón heterodoxo

Con su triunfo en la Vuelta, Chris Froome culmina una carrera sin precedentes en la historia

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Por derecho propio, Chris Froome (Sky) se encuentra en el panteón de los grandes nombres de la historia del ciclismo. Su victoria en la Vuelta a España culmina el éxito de una carrera sin precedentes en este deporte. El británico está rodeado en el palmarés de las grandes rondas por los más altos estandartes de las mejores culturas ciclistas, las viejas escuelas tradicionales, la cuna de todos los campeones... hasta que llegó él.

Todos los que le acompañan tenían un motivo para ser ciclistas. Un ambiente donde perseguir su sueño. Referentes al alcance de la mano. Froome nació en Kenia y se hizo ciclista en Sudáfrica, el camino más improbable para llegar al éxito. Quizá por eso, porque su ciclismo lo construyó el mismo con sus propias manos sin espejo en el que mirarse, es el campeón heterodoxo.

Bajo sus gafas de sol, su forma de correr torcido encima de la bici, su delgadez extrema, su estilo poco armónico, su gusto por los platos ovalados que evitan un pedaleo redondo y su coraza en forma de maillot del Sky -esa fortaleza inexpugnable y desconocida- parece, sin embargo, encontrarse un buen tipo. Es amable, jamás ha menospreciado a un rival, nunca olvida felicitar a sus compañeros tras las etapas y acude a las carreras a ganar.

Su aproximación al ciclismo puede parecer algo fría. Le preocupa ganar y se dedica a ello con enorme profesionalidad. Cree firmemente en el método científico y hace bien, porque le ha dado un palmarés brillante. Su punto de vista es racional y como es obvio que el Tour de Francia es la carrera más importante del mundo ha puesto todo su afán en ganarlo año tras año. No es heredero de ninguna tradición ciclista, lo que le aleja de la épica y de las hazañas, pero también le libera de la carga de estar a la altura de sus padres y abuelos.

A alto nivel, siempre ha corrido en el Sky y es el éxito más improbable del equipo inglés, construido en 2010 explícitamente para «ganar el Tour de Francia con un ciclista británico». Es lo que aseguraba el equipo en sus inicios, un eufemismo porque lo que quería decir en realidad es que el objetivo era «ganar el Tour de Francia con Bradley Wiggins». Froome no estaba siquiera en la ecuación.

Porque si Froome no bebe de las fuentes de las grandes tradiciones del ciclismo europeo como todos los que le rodean en el olimpo, tampoco lo hace del ciclismo británico. Porque no es inglés y tampoco le consideran británico-británico, a fin de cuentas nació en Kenia y creció en Sudáfrica, país al que sigue regresando habitualmente para entrenarse y pasar largas temporadas.

Entendió a Wiggins

Pero en el Tour que debía ganar (y ganó) Wiggins, el corredor más fuerte fue Froome. Y, con lógica anglosajona, exigió al equipo que se reconociera su valor. Trabajaría para Wiggins pero debía recibir el mismo tratamiento (económico) que él, porque lo valía. Ya le había esperado en la Vuelta a España anterior y la había perdido (frente a Cobo) por ello. El Sky accedió y Wiggins llegó a París de amarillo.

Froome era visiblemente más fuerte y logró la jefatura del equipo. Pero nunca dejó de tener presente la importancia de la victoria de Wiggins en Francia. Aquel triunfo de un inglés de pura cepa, carismático, famoso y mediático, puso al ciclismo en el foco del público británico. Un valor que trascendía lo rápido que iba en bicicleta. Y Froome comprendió el mensaje.

También Wiggins, que, sabedor de que ya había culminado la obra de su vida, se dedicó a jugar con la historia. Intentó ganar el Giro y quiso retirarse después de vencer la París-Roubaix. No lo logró, pero su relato tuvo una tremenda fuerza narrativa, las viejas carreras son más grandes que los ciclistas y hay que rendirles honores. Froome callaba, ganaba en Francia y miraba. Y comprendía. Y cuando ganó su tercer Tour, como Louison Bobet, como Philippe Thijs, como Greg Lemond, supo que Wiggins tenía razón y que no bastaba. Que los grandes campeones tienen que correr, al menos una vez, contra la historia.

Y quiso ganar la Vuelta, porque el Tour es mucho pero el mundo es más grande. Necesitaba esa victoria y perdió. Contador le hizo caer ante Quintana. Y por eso Froome tiene un respeto reverencial al de Pinto, que este año -de regreso a la Vuelta- ha mantenido incluso cuando el madrileño solo era un tipo perdido en las profundidades de la clasificación y no había comenzado con su show.

Y ha ganado. Y sabe que esta victoria no es una más, sino la que le da el pasaporte de grande. La que le da acceso a los salones de la aristocracia ciclista, a uno como él, nacido en África.

La Vuelta a España le ha hecho mucho bien a Froome porque ha sacado a relucir su lado más humano, invisible en el Tour, donde corre como una máquina. En esta carrera ha perdido y lo ha hecho de mala manera más de una vez. Pocas cosas humanizan más a un deportista que una derrota aparatosa. Y también ha elevado su estatura en la victoria, porque sin renunciar a su método, también ha tenido que correr con el corazón. Por eso, al ganar en el Angliru, sonrió. Como un chaval emocionado. Como un gran campeón.

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