Tour de Francia

El Tour enfila hacia lo desconocido

Simon Yates, Louis Meintjes, Christopher Froome Romain Bardet y Alberto Contador en la etapa de este domingo.
Simon Yates, Louis Meintjes, Christopher Froome Romain Bardet y Alberto Contador en la etapa de este domingo. / AFP

Nueva etapa de desgobierno previa a la jornada de descanso de este lunes antes de dirigirse a los Alpes y a la contrareloj

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

El Tour terminará el domingo en París, todo lo demás es una incógnita. No parace gran cosa, pero es más que lo que sabían los corredores del Tour de 1912 cuando tomaron la salida en la séptima etapa, en Niza. Desconocían dónde estaba la meta. Por supuesto, tampoco sabían cuántos kilómetros tenían por delante. Serían más o menos los de todos los días, unos 300, así que les dio igual, salieron a la aventrura.

El problema era que organizar la llegada prevista en Marsella se volvió imposible debido a una gran huelga en el puerto. La movilización de los trabajadores era general, desde mecánicos a oficiales, tripulaciones de la marina mercante y de la marina estatal, estibadores, personal de muelles... Las esposas de los huelguistas se habían sumado a las protestas, toda la ciudad estaba movilizada. Los incidentes se sucedían aquí y allá. «El comisario central nos ha dicho que no puede poner a nuestra disposición ni un solo agente», explicaba Henri Desgrange.

Pero entonces, como ahora, el Tour es más grande que cualquier coyuntura. La etapa se tenía que disputar. La solución, colocar la meta en un lugar secreto. El Tour pidió a los aficionados que acudieran al Café de Sport, en la plaza Castellane de Marsella, donde los corredores acudirían a firmar autógrafos... después de finalizar la etapa secreta.

Al final, la meta se situó en mitad de la carretera que atraviesa el parque nacional de Calanques, a 18 kilómetros de Marsella. Se pintó una raya roja en el asfalto y no había pancarta. Ganó el joven flamenco Odile Defraye, que se hizo con el maillot amarillo y ya no lo perdió hasta París. Fue el primer belga en ganar el Tour.

El recorrido de lo que queda de este Tour 2017 es conocido al milímetro, pero las certezas de los corredores no son mucho mayores a las de sus bisabuelos de 1912. Este domingo, tras otra etapa de desgobierno ganada por Bauke Mollema (Trek), el Tour ha dado por finalizada la segunda semana de carrera. ¿Y qué tenemos entre manos? Un jaleo monumental.

Es verdad que Chris Froome y su Sky parecen haberse sobrepuesto de golpe de Peyragudes. Y que el británico es líder. Pero tras él, lejos de una clasificación ordenada, lo que hay es un caos, lo que anuncia una semana final imprevisible.

El Tour enfila hacia lo desconocido. Este lunes toca jornada de descanso, pero a partir del martes habrá que correr a ciegas, como Odile Defraye y sus rivales de 1912. Sabiendo dónde va a estar la meta, pero poco más. ¿Quién es el más fuerte? ¿Qué piensa Aru? ¿Quién arriesgará? ¿Quién prefiere guardar la ropa? ¿Qué planea Froome? ¿Quién va muerto? ¿En qué puerto se desatará la tormenta? ¿Habrá que atacar bajando? ¿Bardet se cree Napoleón o un teniente en prácticas?

Las tribulaciones de Froome

Hay un hecho claro, Chris Froome va de amarillo. Otra cosa es que sea el líder. Porque cuando uno es un líder sólido, como él mismo el año pasado, sin ir más lejos, uno no pincha, no tiene averías, no se le cruzan gatos, la gente no le toca la moral con ataques solo por fastidiar... Todo eso, menos el gato, le está pasando a Froome este año.

Este sábado, con la carrera lanzada por el AG2R camino del Col de Peyra Taillade, de primera, pinchó la rueda trasera. Eso no le pasaba a Merckx, ni a Hinault, ni a Indurain, ni a Froome. Hasta este año. Como la carrera iba rota el mil pedazos, el coche del Sky no estaba disponible, así que el líder tuvo que poner pie a tierra y tomar prestada la rueda de Kwiatkowski, que demostró buena mano como mecánico.

Los siguientes kilómetros fueron una exhibición de ortodoxia del Sky. Escalonó de forma excelente a todos sus corredores para ir devolviendo a su líder al grupo. El último impulso se lo dio Mikel Landa, en otra imagen simbólica de la jerarquía del equipo. Sky está en el Tour para ganarlo con Froome y su trabajo es coherente con ese objetivo. No se puede reprochar ese comportamiento, por mucho que la exhuberancia del ciclista alavés pueda permitir soñar con otra realidad.

El caso es que Froome llegó al grupo de líderes con cierta comodidad, pero cada día le pasa algo. Si L’Equipe tuviera de enviado especial a la carrera a Julio Verne podría escribir la segunda parte de ‘Las tribulaciones de un chino en China’, pero con un inglés de Kenia en Francia. Todo un lío. Así está la carrera.

Las diferencias son tan cortas y los aspirantes, tan numerosos, que puede pasar cualquier cosa

Froome no se llevó un susto mayor en parte por la actitud de Romain Bardet, que no atacó. Había exprimido a su equipo en la aproximación al puerto, pero bien porque Froome venía descolgado por el pinchazo o bien porque le fallaron las fuerzas, no se movió. Solo hizo un intento tímido muy al final, para la galería. ¿Pecó cortesía mal entendida? ¿Flojeó? ¿No encontró el momento? Quién sabe, no lo aclaró en meta. No había ningún motivo para esperar a Froome y, si lo hizo, habría demostrardo cierta fragilidad. Atacar con el líder descolgado significa tener que soportar un chaparron de críticas en la llegada. Da igual que sean infundadas. Arreciarán los golpes igual. Un líder debe saber lidiar con eso también.

Quintana, cada vez peor

El ritmo infernal del AG2R se cobró una pieza que otro año habría sido de caza mayor, pero que lamentablemente en este Tour no pasa de ser simbólica: Nairo Quintana. El colombiano no está para nada.

Este lunes, más que un día de descanso afronta una jornada de reflexión. Su sueño del doblete Giro-Tour se desvanece. En realidad, se convirtió en imposible en Milán, cuando no pudo ganar el Giro. Si llega a vencer en Italia, en Francia habría sido un rival temible. No ganó y cabía temerse algo así. Aru (Astana) y Urán (Cannondale) no movieron ficha y Daniel Martin (Quick Step) adelantó a Landa en la general enredando en los últimos kilómetros. La etapa fue para Bauke Mollema, el mejor de una fuga amplia.

Llegados a este punto, no es solo que no haya forma humana de saber hacia dónde va el Tour, sino que es como si -salvo por la paliza que llevan encima- no hubiera empezado, tal es la igualdad. Las diferencias son tan cortas y los aspirantes, tan numerosos, que puede pasar cualquier cosa. Froome sigue siendo el favorito, pero la puerta que abrió en Peyragudes con su mini crisis sigue sin poder cerrarla. Ya no tiene la baza del miedo y ahora llegan los Alpes -miércoles y jueves- y la contrarreloj -sábado-.

¿Que dónde es la crono definitiva? Pues sí, en Marsella.

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