Tour de Francia

¿Quién puede atacar al Galibier?

Chris Froome luce su maillot amarillo en los imponentes paisajes alpinos en el descenso de la Croix de Fer / AFP

El gigante alpino distancia levemente a Aru pero la gran batalla se aplaza a este jueves en el mítico Izoard

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Los grandes puertos están sobrevalorados. Se lo olía la organización del Tour cuando planteó la edición de 2017 y puso todas sus esperanzas en las etapas de media montaña, enrevesadas, proclives para las emboscadas y para el ciclismo de ataque. En ese terreno se han dirimido todas las batallas de este Tour. Los grandes colosos encogen el alma y aplacan el espíritu. Su grandeza empequeñece al hombre, al humilde ciclista, un amasijo de piel y huesos a estas alturas del Tour. ¿Quién puede atacar al Galibier, impasible en su enormidad?

Romain Bardet (AG2R) jugueteó con el gigante, pero Chris Froome (Sky) y Rigoberto Urán (Cannondale) resistieron. Hasta Fabio Aru (Astana), que cedió, sigue en la lucha, a menos de un minuto del líder. El Galibier, en cambio, engulló a Alberto Contador (Trek), autor de una de esas aventuras sin esperanza que tanto hacen por la belleza de este deporte. En resumen, que el Tour está como estaba.

En la historia del ciclismo, no es nueva esta relación amor-odio con los grandes colosos. La primera vez que se subió el Galibier coronó en cabeza Emile Georget. Solo puso pie a tierra dos veces: una para sellar en un control secreto y otra para lanzarse de cabeza a un arroyo y refrescarse. El resto subieron con la bici en la mano. Al coronar, Georget estaba de buen humor. «Esto quita el hipo, ¿eh?», les dijo a los presentes. Diez o doce personas. Ya en la meta comentó la etapa: «Estos que han excavado un túnel en la cima del col podían haberlo abierto abajo. Sería más largo, pero nos habríamos ahorrado un martirio. Entre un túnel del metro de París y el Galibier, me quedo con el metro, claro».

Salvo Primoz Roglic (Lotto-Jumbo), ganador de la etapa a lomos de una bicicleta Bianchi, este miércoles todos los corredores habrían firmado esa misma frase. Además, ahora ya no se pasa por el túnel. Excavado a finales del siglo XIX a 2.556 metros, se cerró a la circulación en 1976 y se abrió un kilómetro más de carretera para superar el puerto, hasta los 2.645 metros. Es la que utiliza el Tour siempre desde 1979. Nunca se ha vuelto a pasar por el túnel.

Bardet y Urán, empatados

Este miércoles, ese kilómetro adicional le vino fatal a Fabio Aru, que llevaba un buen rato sufriendo pero en esos últimos mil metros ha terminado de quedarse. Ha pasado por la cima a veinte segundos de Froome, Bardet y Urán. No ha podido enlazar en la bajada y ha sido el perdedor de la jornada. Se ha dejado 31 segundos, pero sigue a 53 en la general. Muy cerca de Froome, pero solo le vale para ser cuarto. Bardet y Urán comparten segundo puesto a 27 segundos, con el colombiano por delante.

En la subida, el más valiente ha sido Romain Bardet, que ha lanzado un prometedor primer ataque. Froome ha cerrado el hueco y, a partir de ese momento, los dos o tres intentos siguientes del francés han sido más para la galería que para hacer daño. En meta ha recibido la felicitación del presidente de Francia, Emmanuel Macron, que no se ha olvidado de conversar, en francés, con Chris Froome. Macron, aficionado al tenis, ha elegido una buena jornada para acercarse al Tour.

Ahora es cuarto Aru y Mikel Landa (Sky), que no da puntada sin hilo y va sobrado, es quinto. Daniel Martin (Quick Step) y Louis Meintjes (UAE) se han quedado desorientados en ese terreno donde termina la subida y empieza la bajada y han perdido la rueda de los mejores. Lo mismo le ha pasado a Simon Yates (Orica), todos un peldaño por debajo del nivel necesario para luchar por el podio de París.

Roglic, de Euskadi al Galibier

La victoria de etapa ha sido para Primoz Roglic, el tremendo contrarrelojista del Lotto-Jumbo. Ha fundido los plomos a Alberto Contador en la subida del Galibier. A los 27 años, lleva una temporada importante. Ganó la Vuelta al Algarve antes de imponerse en dos etapas de la Vuelta al País Vasco, en Bilbao en línea y en Eibar contrarreloj. Después se anotó una etapa del Tour de Romandía y otra del Ster ZLM Toer antes de ganar este miércoles.

El antiguo saltador de esquí (lo dejó en 2011) lleva un Tour destacado, filtrándose en las escapadas buenas. No extraña su victoria de este miércoles. Los aficionados vascos ya tenían noticias de su clase y este miércoles no se ha hecho sino confirmar esa categoría. Si no ha ganado o ha estado en la pelea hasta el final de la Vuelta al País Vasco ha sido porque se le ha atragantado la subida a Arrate por Matsaria. Este miércoles, ha subido a ritmo y ha bajado sin miedo, natural en alguien capaz de tirarse de un trampolín y volar 200 metros. Nunca ha peligrado su victoria, muy buena para el Lotto-Jumbo, un conjunto al que tradicionalmente le solía costar sumar triunfos pero que este año ya lleva 18. De ellos, siete en el World Tour.

Por detrás del esloveno, Froome, Bardet y Urán se han entendido bien para distanciar a Aru. Landa ha colaborado, naturalmente, y también Warren Barguil, el rey de la montaña, enganchado al grupo.

Meta en la cima del Izoard

La carrera continúa este jueves en el corazón de los Alpes camino del Izoard, otro puerto mítico de la historia del Tour. Hasta 34 veces ha transitado la carrera por allí. Es la montaña de Louison Bobet y Fausto Coppi, pero también la han coronado en cabeza Henri Pélissier, Nicolas Franz, Julián Berrendero, Gino Bartali, Bahamontes, Galera, Eddy Merckx y su sombra José Manuel Fuente, Thévenet, Van Impe, Eduardo Chozas, Chiapucci o el itsasondoarra Aitor Garmendia. Se pasó por última vez en 2014 y el primero en coronar fue Joaquim Rodríguez. Pero nunca ha acogido la meta de una etapa. Hoy lo hará.

Un puerto como el Izoard (14 kilómetros al 7,3% de media, con cinco de los últimos siete kilómetros a más del 9%) podría abrir diferencias abismales, minutadas. Y que todo lo visto hasta ahora en 17 etapas no sirva para nada. Que una carrera que se ha jugado en segundos durante dos semanas y media reviente y caigan los minutos como si fueran gotas de agua. No parece que vaya a ser así porque el ciclismo moderno no suele producir esa clase de hecatombes. Todo está tan medido que es difícil que alguien haga saltar las costuras de la carrera.

Pero no se puede descartar nada. La fuerza del nombre, de la leyenda, de la mística del Izoard es una tentación para cualquiera. Para Froome, que sueña con ser una figura recordada además de uno de los grandes del palmarés, y para Bardet, que va envuelto en la bandera de Francia. Hoy puede ser un gran día.

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