Política, deporte, bicicletas y balas

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El Giro de Italia tendrá que mirar atrás y preguntarse si ha valido la pena

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

El Giro de Italia no va a salir indemne de su edición número 101. Avanza ligero y animoso hacia sus mejores etapas, donde el éxito deportivo y popular será gigantesco. Pero, aunque trata de evitarlo, tendrá que mirar atrás. Y tendrá que preguntarse si ha valido la pena. Si le ha compensado prestarse a la masiva operación de limpieza de imagen que proporcionó a Israel en las tres primeras etapas. Tres días de mostrar un país de las maravillas.

No habían pasado 24 horas de la partida del Giro de vuelta a Italia y se desató la tormenta de sangre y muerte, paralela al traslado de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén. En cuanto se apartaron las bicicletas, las balas. El Giro, según escribió esta semana La Gazzetta dello Sport, «contribuyó a construir una nación, hizo crecer a los italianos, les ayudó a convertirse en un pueblo. En las ruinas de la guerra trajo alegría a los corazones». ¿Necesitaba arriesgarse a ser instrumentalizado de esa manera?

Una relación antigua

La relación entre política y deporte es tan cercana como antigua. Los Juegos Olímpicos no se inventaron ayer. Los griegos construyeron un estadio en Delfos, que era el centro del universo, así que la cosa viene de lejos. Lo que no significa que no chirríe. Los dos equipos árabes del pelotón, el Bahrain y el UAE, no dijeron esta boca es mía sobre Israel. Ni un gesto hacia los hermanos palestinos. ¿Tendrían que haber dicho algo los corredores?

A veces se acusa a los deportistas de tener discursos planos, pero quizá no se les quiera escuchar. No todos dirían lo que la sociedad esperaría oír. Algún ciclista podría haber pronunciado loas a Trump y al sionismo. Cuando algún futbolista ha manifestado opiniones políticas controvertidas enseguida se le ha afeado que use una camiseta que es de todos para defender posiciones particulares. A Ozil y Gundogan les están crujiendo estos días en Alemania –selección para la que juegan– por reunirse con Erdogan, el presidente de Turquía, su país de origen.

Las grandes organizaciones son implacables artefactos políticos. El Tour influye más que el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia y la Premier League, más que el Foreign Office. La final de la Champions será el sábado 26 en Kiev. El mes que viene empezará el Mundial en Rusia. Una maniobra geopolítica para buscar equilibrios en la disputa ruso-ucraniana por Crimea a la altura de los mejores tiempos de la guerra fría. ¿Fútbol es fútbol?

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