Ciclismo | Vuelta a San Juan

Jonathan Narváez, el ciclista que llegó del cielo

Jonathan Narváez se halla en la quinta posición en la general de la Vuelta a San Juan. /EL NORTE DE CASTILLA
Jonathan Narváez se halla en la quinta posición en la general de la Vuelta a San Juan. / EL NORTE DE CASTILLA

El ciclista ecuatoriano vive a 3.000 metros y sigue teniendo el récord del mundo de persecución juvenil

BENITO URRABURU

Tímido, pero educado, piel muy morena, que en muchas ocasiones ha hecho que le confundan con un ciclista colombiano y, sobre todo, ganas e ilusión de ser alguien en este mundo del ciclismo, sustentado todo ello por un físico prodigioso. Absorbe todo lo que ve, que es mucho.

Jonathan Narváez es uno de esos ciclistas que parecen predestinados al éxito desde que dio sus primeras pedaladas en el mundo del ciclismo. Joxean Matxin fue quien le descubrió cuando trabajaba como ojeador del Quick Step. «Hay un chaval ecuatoriano que es muy bueno, se llama Narváez». Lo repetía cada vez que le preguntabas por los nombres del futuro. Narváez es quinto en la general de la Vuelta a San Juan antes de la única llegada en alto de la carrera, este viernes en el alto de El Colorado, a 43 segundos de Filippo Ganna, el líder.

Tiene 20 años y se le ve muy formado como ciclista: «Me costó mucho cuando vine a Europa. No hablaba más que español, no entendía nada, y se hace duro, lejos de la familia, de los amigos. Yo venía de una pequeña localidad. Nací en el Playón de San Francisco, en la provincia amazónica de Sucumbíos, en Ecuador, cerca de la frontera con Colombia», nos explica.

«Vivía a tres mil metros de altitud, la temperatura media allí es de diez o doce grados, hace frío, llueve mucho. No me he criado con el calor, sino con el frío». Va comprendiendo el inglés, «si me hablan despacio, me entero. Espero mejorarlo, aunque como aquí estamos cuatro sudámericanos con el Quick Step nos entendemos muy bien. Como soy callado, me cuesta un poco entrar en los grupos, pero en el equipo me están ayudando a integrarme».

El frío y la lluvia

Hasta llegar a la Vuelta a San Juan llevaba seis meses sin competir. Se va a trasladar a vivir a Pamplona, con Richard Carapaz y su primer gran momento de forma debe de llegar en la Vuelta al País Vasco, una carrera que para sorpresa de quien escribe, conoce perfectamente… por televisión y vídeos.

«Llevo muchos años viendo esa prueba. Sé que Pamplona está cerca de la mayoría de los finales de etapa. Quiero ir a verlos. El paisaje verde, la lluvia, el frío en algunos casos me recuerdan al Playón de San Francisco. La he visto desde pequeño. ¿Con que idea voy a ir a ella? La de ganarla, aunque sé que no será fácil. Me gusta esa prueba».

«Me gusta la Vuelta al País Vasco, lo que he visto por televisión, con lluvia y frío»

Si todo discurre con normalidad, más tarde correría alguna de las clásicas de las Árdenas. Le decimos que hay montaña, pero un poco menos que antes, y también una contrarreloj en medio de la carrera: «No importa. Quiero conocerla y llegar muy bien a ella».

Tests ilustrativos

Cuando le hicieron las pruebas físicas en el centro Bakala, en Bélgica, se quedaron asustados de los datos que arrojaba. Tiene una virtud difícil de encontrar en un ciclista: va bien en subidas y también en contrarrelojs: «He compaginado siempre pista y carretera. He ganado medallas de oro en los Juegos Panamericanos en pista y ruta, y conseguí el récord mundial en los 3.000 metros de persecución individual juvenil, con un crono de tres minutos, trece segundos y 309 milésimas logradas en el circuito de Aguas Calientes, en México».

No se le dan mal las contrarrelojs, «aunque tengo que mejorar. Soy escalador, o eso creo. Donde más a gusto me muevo es subiendo», tanto en aficionados como en los equipos Klein Constantia, filial del Quick Step, y más tarde en los Estados Unidos, con el equipo que dirigía Axel Merckx, el Axeon-Hagens-Bermans, en el que corrió el año pasado.

«Dejé la pista porque en Ecuador no había ningún tipo de ayuda para esta disciplina, y me he centrado en la carretera». Con Constantia hizo buenas pruebas en Portugal, Chequia, Eslovaquia, Polonia o Francia, lo que le permitió fichar por un equipo americano.

El puerto en casa

«Mira, donde yo crecí, hay un puerto de cinco kilómetros que tenía que pasar desde que era niño para llegar a mi casa, con 6% de porcentaje, varias veces al día. Lo he subido y bajado miles de veces. Nos metíamos a entrenar por la montaña, siempre subiendo y bajando. Allí no hay otra cosa. La pista la hice porque ando bien en todo. Queda mucho, pero tampoco me disgustaría poder preparar alguna prueba, Omnium o Persecución para Tokio, pero estoy centrado en la carretera. Colombia está del Playón a diez minutos en coche y a treinta o cuarenta en bicicleta. Allí íbamos a entrenar muchas veces».

Llegó a la bicicleta porque «mi papa era muy aficionado al ciclismo y tengo un hermano pequeño al que le gusta la bicicleta y corrió. La primera carrera en la que participé, con nueve años, quedé el último. A los catorce años ya comencé a ganar competencias. Desde entonces ha ido todo muy rápido».

Después de sus éxitos en el Panamericano juvenil «corrí la Vuelta al Besaya, en Cantabria. Allí me vio Joxean Matxin, que fue el que me llevó a Bélgica». Batió el récord de la contrarreloj de la prueba que estaba en poder de Bob Jungels. No dice que ganó la general y tres de las cinco etapas, más la montaña: «Matxin me pareció una persona simpática, que sabía de lo que hablaba. Me faltaba correr en pelotones más grandes y cuando fiché por el Constantia lo pude hacer. Yo veía que tenía que mejorar en muchas cosas y poco a poco lo voy haciendo. Mi primer año en Europa lo viví en Gerona. Todo era nuevo para mí. Sigo aprendiendo».

No pudo estudiar

Dicen en su equipo que aprende rápido. Es uno de los favoritos para ganar la Vuelta a San Juan. Corrió también un Tour del Porvenir con el equipo de promesas de la UCI. «Mire, cuando corría en Francia me sorprendió los corredores con los que competía. Sabían dónde atacar, como guardarse en carrera. Sabían mucho y gastaban energías cuando tenía que hacerlo. Llevo tres años descubriendo cosas nuevas. Gané algunas pruebas y los disfruté. Quiero conocer las carreras de Europa, ver doóde puedo llegar. Me gustaría poder ser líder en las de una semana e ir viendo dónde llego. También me gustaría poder liderar un equipo en el Giro».

Intentó seguir sus estudios, «pero no pude. Lo intenté todo. Estoy todo el día de viaje, lejos de casa, me he movido en muchos países. Solo he tenido tiempo de entrenar y correr, de nada más».

Un ciclista que le ha gustado siempre es Contador: «Es una pena no poder competir con él. Me gustaba su forma agresiva de correr y el espectáculo que daba». En su casa son cinco hermanos, tres mujeres y dos hombres. Cuando llegó a San Juan se le extravió su maleta y en el Quick Step estaban preocupados por su maillot de campeón de Ecuador. Sonríe: «Siempre viaja conmigo, como las zapatillas, con el equipaje de mano». Narváez es el ciclista que llegó del cielo, desde el Playón de San Francisco hasta Europa.

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