Giro Italia

Histórico, una obra maestra

Chris Froome cabalga en solitario en el 'sterrato' del Colle delle Finestre, al inicio de su increíble aventura./AFP
Chris Froome cabalga en solitario en el 'sterrato' del Colle delle Finestre, al inicio de su increíble aventura. / AFP

Froome pone patas arriba el Giro con un grandioso ataque en el Colle delle Finestre que le da la maglia rosa

IÑAKI IZQUIERDO

Chris Froome (Sky) firmó ayer su obra maestra. Su cabalgada por los Alpes para ganar el Giro es más importante que sus cuatro Tours. Es lo que quedará en el recuerdo de los aficionados. Inútil tratar de medir a estas horas la magnitud de la hazaña. Será la historia la que se encargue de escribir el relato exacto de lo que sucedió ayer en los 80 kilómetros que el británico recorrió en solitario y en cabeza.

Fue una de las mayores exhibiciones de la época moderna del ciclismo, desde Eddy Merckx hasta hoy. Pariente de aquellas hazañas de los tiempos heroicos, cuando después de llegar el ganador ponían música clásica para esperar al segundo o cuando mientras unos quitaban la nieve de la carretera otros esperaban de rodillas la llegada del ídolo.

Froome acometió su descabellada empresa en el Colle delle Finestre, la cima Coppi de este Giro (2.178 metros). Arrancó cuando terminaba el asfalto y empezaba el sterrato, a nueve kilómetros de la cima, a 80 de Bardonecchia, la meta. Al líder aún le costaría cuatro minutos más llegar a la tierra. Se había descolgado a 86 de meta y ya había perdido el Giro. No podía siquiera seguir la rueda de su gregario de confianza, Mikel Nieve. Froome hacía temblar los cimientos de la carrera y la RAI se atrevió a pinchar imágenes en blanco y negro del campionissimo junto a las de Froome en las últimas rampas del coloso. Un sacrilegio. Solo una institución aristocrática como la televisión italiana puede atreverse a sugerir esa comparación sin ser tachada de hereje.

La etapa fue una lucha tan vieja como la humanidad, la del viejo campeón que se resiste a ceder su corona

El británico coronó con 40 segundos de ventaja sobre Tom Dumoulin (Sunweb). En ese momento, la carrera entró en una nueva dimensión. Más allá del ciclismo. Se convirtió en un tratado sobre la lucha entre el hombre y la naturaleza. El minúsculo individuo frente a la inmensidad del mundo. Un asunto central de la civilización, que ya ocupaba a los griegos.

El Giro se reveló ante los corredores en toda su grandeza y obligó a cada cual a demostrar de qué pasta está hecho. Froome había salido de Venaria Reale cuarto, con 3:22 de retraso en la general y 2:54 respecto a Dumoulin. Y, con cuatro Tours, una Vuelta a España y una cuenta corriente llena de millones, aceptó el reto: ganar o morir en el intento.

Las dudas que había generado la víspera Yates, la sensación de que era un ciclista demasiado liviano para la enormidad de la carrera, abrió las puertas del infierno, a donde el Sky llevó directamente y a toda velocidad al resto del pelotón en los cien primeros kilómetros de etapa.

La sombra que le persigue

Froome desafió a la naturaleza, a la lógica, a la historia contemporánea y a los límites de su organismo. Y salió triunfante. Pareció correr también contra sus propios demonios, los que le persiguen desde el resultado desfavorable de su control antidopaje en la Vuelta. Y ahí, el balance no está tan claro ya que ese caso aún sin resolver es una sombra que le acosa. Y que ahora perseguirá también al Giro, porque es la maglia rosa.

Tiene a Dumoulin a 40 segundos y le separan de Roma 184 kilómetros y tres puertos de primera. Hoy. Otro enfebrecido recorrido, esta vez por el valle de Aosta, la Italia de habla francesa. Quizá en el Tour reciban con hostilidad a Froome en julio por su caso, pero la cátedra italiana, los tifosi, le han dado una bienvenida entusiasta.

El holandés, defensor del título, hizo grande al nuevo líder del Giro con su extraordinaria resistencia

Con Simon Yates dando tumbos para no poner pie a tierra en la Finestre, Froome se lanzó en la bajada y abrió hueco mientras por detrás Dumoulin organizaba la persecución con Thibaut Pinot (Groupama), que contó con la colaboración de su compañero Sébastien Reichenbach. Los dos, junto a Dumoulin, mantuvieron el pulso contra Froome (Carapaz y López -los otros miembros del grupo- corrieron como ciclistas menores, peleándose por el maillot blanco), pero el líder de la carrera subió a Sestriere ampliando la diferencia hasta consolidarla en los tres minutos que conservaría en la meta.

La categoría extraordinaria de lo sucedido ayer camino de Bardonecchia no se circunscribe a la homérica cabalgada de Froome, sino que adquiere su verdadera dimensión, de nuevo, al observarse su capacidad humana. Fue la reedición de un clásico desde el principio de los tiempos: el choque de generaciones por el dominio del mundo. La vida misma. Pero pocas veces se presenta la oportunidad de observarlo en toda su crudeza. El viejo campeón que se resiste a ceder la corona al joven aspirante.

Como Foreman y Ali

El mano a mano Froome-Dumoulin tuvo la estatura de los grandes duelos de la historia del deporte. Trascendió el ciclismo. Tuvo un aroma similar al combate entre el campeón del mundo de los pesos pesados George Foreman contra su antecesor Muhammad Ali, en 1974 Kinsasha. El viejo, Ali, poniendo encima de la mesa todo su talento y sabiduría, todo el peso de sus puños para darle una última lección a su sucesor.

Eso mismo, una explicación del funcionamiento del mundo, es lo que proporcionó ayer Froome, de 33 años, a Dumoulin, de 27, el próximo grande. El viejo león no se aparta, hay que echarle. El holandés, defensor del título en el Giro, hizo grande la victoria de Froome con su resistencia. No aflojó, no concedió nada, obligó al británico a ser un campeón para ganar. Con menos no habría bastado.

Fue un triunfo humanista del corredor acusado de vivir maniatado por la tecnología, los datos y el empirismo. No se puede hacer algo así sin soñar. «En la carretera sin asfaltar me he acordado de África», contó Froome en la meta. Fue la victoria del corazón porque el suyo está allí, en África, a donde vuelve cada vez que puede, donde hace entrenamientos descabellados, donde los niños le saludan sin saber quién es y sin importarles qué demonios hace ese blanquito más flaco aún que ellos. Y él se baja de la bici y sonríe. Y, quizá, sueña con un día como ayer, aunque lo que hizo fue tan grande que quizá nunca se atrevió a empujar tan lejos sus sueños y la realidad haya desbordado la imaginación, una vez más.

Chris Froome escribió ayer un clásico del ciclismo. La historia dictará en qué estantería está su sitio.

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