Fijación por la montaña

Kilian Jornet logra otra victoria en una dura carrera en Escocia donde varios corredores españoles trasladan su pasión por este tipo de pruebas en auge

Kilian Jornet, durante la Salomon Skyline Scotland, una de las carreras de montaña más duras del mundo. / PHILIPP REITER
FERNANDO MIÑANA

A través de un ventanal se ve a una chica troceando unas calabazas. Es una casa con techo de pizarra y una enorme enredadera que trepa por toda la fachada. Muy cerca de allí hay un lago. Uno de tantos en las Highlands, las húmedas tierras altas de Escocia donde el fin de semana se han celebrado las cuatro carreras, con más de 1.300 corredores, de la Salomon Skyline Scotland. La joven es la sueca Emelie Forsberg, una destacada atleta en este tipo de pruebas y la novia de Kilian Jornet, la leyenda de la montaña que el miércoles, nada más llegar a su destino, se calzó las zapatillas y se lanzó a coronar el Ben Nevis, el coloso de las Highlands, el pico más elevado del Reino Unido (1.345 metros).

Kilian baja las escaleras descalzo. Sus pies son pequeños pero tienen un dedo gordo enorme que tracciona con la fuerza de un tractor y una uña maltratada por tanto tute. Hace solo dos semanas terminó segundo en la mítica Ultra Trail Mont Blanc y el domingo volvió a la carga con un triunfo en la Salomon Glen Coe Skyline, una prueba de 55 kilómetros de distancia y 4.700 metros de desnivel positivo. Hubo otras, como el Ring of Steall, donde el podio femenino lo coparon tres españolas: Laura Orgué, que la víspera se llevó también el Kilómetro Vertical, Sheila Avilés y Oihana Azkorbebeitia, que se tapa la bandera de España del dorsal con un pegatina. Oihana es vasca y cruza la meta con uno de sus hijos de la mano y el otro al brazo. Luego se sienta en el suelo para darle el pecho allí mismo. «Lo hago siempre», apunta esta corredora que no entiende la obsesión de los españoles por correr pruebas cada vez más complicadas. «Yo soy veterinaria, trabajo, cuido de mis dos hijos y corro por placer. Solo entreno cada dos días y hoy, si en vez de ser tercera, acabo quinta, me voy igual de contenta y disfruto de la montaña».

No todo el mundo piensa así. Cada año hay más gente en España dispuesta a alcanzar, como les empujan desde los anuncios, sus límites. Carreras más largas, más duras, más complejas. Algo que los que atesoran algo más de experiencia y conocimiento no entienden. «La mayoría quiere ir saltándose los pasos y hay que ir frenándolos. Todos los jóvenes empiezan y quieren ser ya mismo Kilian Jornet», advierte desde la meta en Kinlochleven Fernando Rosa, el seleccionador catalán.

Kilian está en una casa alquilada. Las zapatillas se quedan en la entrada y en la cocina, Emelie sigue preparando la comida. En una olla se cuece el arroz al vapor y en una sarten lo hacen las verduras.

Los tópicos del deportista se hacen trizas cuando pasan su filtro. «Si estoy en una casa, como aquí, ceno algo de pasta, pero si me encuentro en Estados Unidos nos comemos una ‘burger’, y si estamos en China, arroz con pollo». El desayuno, antes del mayúsculo desafío deportivo, da hasta risa. «Me levantaré a las cinco, dos horas antes de la carrera, y me haré un par de rebanadas de pan con mermelada. Una o dos. Un zumo de naranja, agua y de vuelta a la cama a descansar algo más sin dormir». ¿Miedo? ¿Nervios? «Duermo de un tirón. Si has hecho el trabajo, saldrá. Si no, olvídate».

Entrenar en el Everest

Tiene cara de duendecillo, pero detrás de esos ojos tímidos, asustadizos, hay un tipo realmente osado y un cerebro que no para. El viernes por la tarde, Salomon TV estrenó el cortometraje sobre su desafío en el Everest. Allí se desvela su preparación, de ciencia ficción, en la que reproducía con hipoxia una vida en altitud. El catalán salía por la mañana a entrenar, a hacer sus seis o siete horas en la montaña; por la tarde, se colocaba una máscara y se ponía a prueba físicamente alternando durante una hora cinco minutos de alta intensidad con cinco de recuperación, y por la noche, a la cámara para dormir en altura. Cada día, un poco más arriba. Tanto el entrenamiento como el sueño.

Siempre en la cornisa. Como si no hubiera nada, por gigantesco que sea -como el Everest, que coronó dos veces en una semana-, que le intimide. «¿Miedo por algo? A muchas cosas. Primero a morir. Pero el miedo también nos mantiene vivos; si no, saltarías por un precipicio y morirías. Ese miedo a morir es el que te hace reflexionar sobre lo que puedes hacer y lo que no. Soy bastante pragmático y creo que lo demanda la actividad que hago. Al final sabes coger las emociones y disfrutar de ellas, pero no hacen que te hagan tomar decisiones, porque cuando estás en una montaña en condiciones difíciles y te empiezas a excitar o a tener miedo, vas a gastar mucha energía, vas a tomar una mala decisión y vas a morir. Hay que ver si eso te va a matar o no. Coger las emociones y disfrutarlas porque al final es lo que mola, disfrutar de esa emoción, de ese miedo, pero que no te invadan y te hagan tomar malas decisiones».

Habla de la muerte como quien habla del trabajo. Quizá porque, en su caso, el suyo bordea la línea que jamás hay que cruzar. «Está más presente la muerte en el discurso interno, pero también se puede morir cualquiera cada día conduciendo. Yo busco mis objetivos dejando una almohada de riesgo. Pero la muerte la tienes más presente en el pensamiento que haciendo montaña».

Con esa vida en el alambre, llena de excitación, de adrenalina a chorro, el futuro puede ser un bajonazo. Pero Kilian se apresura a desmentirlo. «Con 60 o 70 años me veo yendo más lento, seguro, pero eso es lo bonito. Una montaña hay que subirla y hay que bajarla. Un día tendré que correr más despacio y otro, quizá, ya no podré correr, pero podré andar. A mí me resultan muy inspiradoras personas como Carlos Soria o un ‘abuelo’ de 90 años (Marcel Remy, 93) que ha hecho una escalada en Suiza. Me inspira ver a gente mayor haciendo cosas. Siempre quedará esa belleza del paisaje que me motiva».

Esa debería ser la esencia de todos los corredores de montaña. El paisaje, el medio. Así lo refrenda el guipuzcoano Ion Ander. Este ingeniero de 30 años es de Zumárraga, donde casi parece imposible no acabar en el monte. «Muchos se obsesionan por las distancias, por las marcas. Y encima parece que si luego no lo enseñas en la redes sociales, no cuenta. A mí me gusta salir y pasármelo bien. Luego, cuando estás en forma, te calientas, pero sin volverte loco».

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