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Jolgorio y confraternidad

La bandera olímpica, durante la ceremonia de inauguración. /Archivo
La bandera olímpica, durante la ceremonia de inauguración. / Archivo

Ciudadanos y turistas disfrutaron de dos semanas de fiesta permanente, sin sensación de miedo o agobio

Ignacio Tylko
IGNACIO TYLKOMadrid

Con más de 45.000 agentes, de ellos 15.000 acreditados por el Comité Organizador (COOB) para vigilar las instalaciones, Barcelona'92 conoció el mayor despliegue de seguridad en España, amenazada entonces por el terrorismo de ETA y a la que el mundo miraba con recelo. Apenas habían pasado cinco años desde aquel brutal atentado en el centro comercial Hipercor de Barcelona, el más sanguinario de los perpetrados por ETA en su historia, con 21 muertos y 45 heridos.

Fue un éxito irrefutable y desde el Gobierno que presidía Felipe González siempre se aseguró que no se produjo ningún pacto. Coincidiendo con el 20º aniversario olímpico, el entonces secretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera, reveló que las Fuerzas de Seguridad encontraron un artefacto explosivo en el techo del Palau Sant Jordi unos días antes de la inauguración.

El dispositivo fue responsabilidad del gobierno central, que creó la Comisión Superior de Seguridad Olímpica, presidida por Vera, en 1987. Al año siguiente vio la luz la Comisión de Planificación de Seguridad Olímpica, encabezada por el gobernador de Barcelona Ferrán Cardenal, según el modelo de los Juegos de Invierno de Calgary. Uno de los aspectos más importantes, como el control de acceso a instalaciones y centros de prensa, lo gestionó directamente el COOB, con personal cualificado pero sin un vestuario especialmente diferenciado para no romper la imagen corporativa de los Juegos.

Aunque en el operativo participaron hasta 8.000 soldados, ciudadanos, turistas y la familia olímpica en general disfrutaron de dos semanas de fiesta permantente, sin sensación de miedo o agobio. Nada de esos espectaculares anillos de seguridad que a día de hoy marcan cualquier gran cita deportiva, ni de la desconfianza que provocaba, por ejemplo, comer en una terraza de París durante la pasada Eurocopa y ver patrullar a escasos dos metros a policías y militares.

La gente se echó a las calles. Miles de personas, eufóricas, subían y bajaban a diario para gozar de las principales competiciones por las escaleras mecánicas de Montjuic, otro de los legados de Barcelona'92; cada noche una multitud confraternizaba durante el espectáculo de agua, música y luces de colores en la Fuente Mágica.

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