HACIA LAS PROFUNDIDADES

RICARDO ALDARONDO

En realidad Wim Wenders no deja de sorprendernos. Cuando su sentido ampuloso de la ficción tocó fondo con 'Palermo Shooting', se refugió en el documental y revivió como creador con las excelentes 'Pina' y 'La sal de la tierra'. Luego se atrevió a volver a la ficción, un poco con las orejas gachas y la pequeña extravagancia de hacer en 3-D dos películas muy intimistas y dialogadas. En el primer caso, 'Todo saldrá bien', el resultado fue mesurado y bien interesante.

Ahora crece de nuevo en ambición. Así lo indica el hecho de que cuente con dos actores de poderoso atractivo físico y mediático, además de probada capacidad interpretativa. Más miedo daba que haya contado como guionista con Erin Dignam: el espantoso recuerdo que dejó su libreto de 'Diré tu nombre' (2016), que abochornó en Cannes, solo era en parte disculpable porque era la película entera lo que fallaba.

Pero en 'Submergence (Inmersión), no destaca el hecho de que el guion sea ajeno al director, ni que esté basado en una novela de J. M. Ledgard. Porque en todo momento aflora el mundo pleno de conexiones que Wim Wenders tiende a crear en sus películas más ambiciosas. Sí, el Wenders tan imaginativo como grandilocuente vuelve a asomar la patita en una película que, en realidad se podría resumir con el clásico 'chico conoce chica' (o viceversa), pero que el cineasta que diseñó películas de tan largo alcance como sus títulos ('Hasta el fin del mundo', 'Tan lejos, tan cerca') se empeña en envolver con mantos y mantos de significantes. Desde las profundidades del mar hasta el enigma del cosmos, desde el terrorismo yihadista mezclado con Bambi (en un momento que dan ganas de exclamar un 'me lo repita, por favor') a la tecnología más avanzada para tratar de descifrar los grandes enigmas de toda la vida, desde la concienciación de que hay que hacer algo por un mundo mejor a la búsqueda de la realización personal. Aunque en el fondo solo sea una historia de amor, marcada por la distancia, y por el compromiso con el propio trabajo. Y con el agua como gran metáfora de la esencia de la vida, y de la unión de los dos protagonistas, una biomatemática que trabaja en las profundidades oceánicas y un ingeniero hidráulico que en realidad es espía.

Wenders mantiene el pulso para ir introduciendo todas esas sugerencias, para buscar lugares atractivos (ese hotel de ensueño, esos paisajes de impresión), para crear un climax envolvente. Pero se le va la mano. Y de tanto buscar conexiones, se pierde en el cableado. Con el apoyo de una música excesiva, aunque acorde con la solemnidad que quiere imprimir al filme, la credibilidad y las auténticas emociones se le escapan. Como agua entre los dedos.

Fotos

Vídeos