Una edición muy bien aprovechada

James Franco se abrazó con otros de los premiados tras obtener la Concha de Oro por 'The Disaster Artist', la película que dirige y protagoniza./USOZ
James Franco se abrazó con otros de los premiados tras obtener la Concha de Oro por 'The Disaster Artist', la película que dirige y protagoniza. / USOZ

Una competición en 'crescendo' y un palmarés muy acertado dieron brillo y solidez al Zinemaldia. La Concha de Oro para James Franco y su 'The Disaster Artist' conlleva una amplia repercusión internacional con una película comercial y de calidad

RICARDO ALDARONDOSAN SEBASTIÁN.

A priori había algunas dudas sobre el peso específico de la oferta que tenía entre manos el Zinemaldia: no había nombres muy sonoros en la competición oficial y la lista de estrellas venideras no era espectacular. Pero el buen resultado final de la 65 edición se ha sustentado en haber aprovechado muy bien los recursos disponibles, con una sensación general de disfrute colectivo, debate de todo pelaje y buen cine, coronado por el jurado con un palmarés muy acertado, y muy conveniente para el prestigio internacional del Festival.

La Concha de Oro soñada. Se podrá tener como favorita una película u otra, pero hay que ser muy estrecho de miras o querer poco al Zinemaldia para cuestionar que la Concha de Oro para 'The Disaster Artist' ha sido un acierto de pleno. Tantos años soñando con una Concha de Oro que conllevara repercusión, con un jurado que no tuviera remilgos en premiar una película estadounidense con nombres importantes como James Franco y la corte de Judd Apatow, con un premio gordo con tanto potencial comercial como calidad cinematográfica indiscutible... solo se puede celebrar con un 'fuck yeah!!!' como hizo el actor Seth Rogen en Twitter (y obtuvo más de 27.000 'me gusta'). 'The Disaster Artist', además, está distribuida por Warner Bros. en todo el mundo, se estrenará en USA en diciembre, y el 26 de enero en España. O sea, en los previos de los Oscar. No diremos más, pero esta Concha de Oro es lo mejor que le podía pasar al Festival de San Sebastián ahora mismo, un palmarés con capacidad de repercusión internacional a la altura de los más grandes. Sin olvidar que 'The Disaster Artist' era una de las tres o cuatro más valoradas por crítica y público. Y el jurado se atrevió a premiar una comedia, cosa muy representativa en una edición insólita que ha tenido hasta cuatro en la competición.

Autodefensa del cine vasco y las mujeres. Nos da mucha pena que otras de las mejores películas de la competición se quedaran sin premio, como 'Le lion est mort cest soir' de Nobuhiro Suwa o 'La douleur' de Emmanuel Finkiel, pero el jurado presidido por John Malkovich tuvo el ojo de poner en valor aspectos que había que visibilizar. El premio especial del Jurado para 'Handia' supone el refrendo total a la presencia que el cine vasco ha tenido en los últimos cuatro años, y certifica que 'Handia' se podía medir con el cine internacional y vencer. Y resaltar la labor de Anahí Berneri como directora de 'Alanis' no suponía obedecer a ninguna cuota de mujeres, sino, de nuevo, valorar un trabajo que también había causado muy buena impresión en general. Malkovich y compañía dieron la impresión de no plegarse al 'espíritu ONG' que muchas veces asalta a los jurados, porque tenían películas y 'minorías' que se defendían por sí mismas.

Arnold Schwarzenegger y James Franco fueron sendos hitos en las visitas a San Sebastián

Una programación excesiva y algo desordenada, entre los aspectos a mejorar

Premiar una comedia fue atrevido, pero representativo de la selección de este año

Buena y variada competición. La Sección Oficial sigue siendo la columna vertebral de este y cualquier otro festival, no lo olvidemos, y la de la 65 edición ha acabado siendo de lo más resultona. Ha ayudado que en la traca final se juntaran unas cuantas películas potentes. Si no ha habido una película rotunda e incontestable que acumulase máximas en los cómputos, tampoco hemos tenido que aguantar ningún descalabro: las medianías siempre guardaban algún punto de interés. Incluso una película tan plana y poco festivalera como 'La sens de la fête' se ganó el favor de unos y otros por la risa contagiosa que guardaba. Y la abundancia de comedias ayudó a que la diversidad y variedad temática y estilística de la selección se pusiera más de manifiesto.

Estrellas bien dispuestas. No hubo muchísimas estrellas, pero estuvieron muy bien venidas, y avenidas. Si a priori tuvimos la sensación de que los nombres anunciados (de John Malkovich a Bardem-Cruz, de Monica Bellucci a Glenn Close) eran un poco demasiado 'de casa', lo cierto es que la secuencia de llegadas dio juego. Y las estrellas que se estrenaban en San Sebastián, sobre todo Arnold Schwarzenegger y James Franco, marcaron sendos hitos para esta edición. Sumado a que tanto la inauguración con Alicia Vikander y Wim Wenders, como la clausura con Christian Slater llegando por sorpresa para sumarse a Glenn Close, tuvieron la brillantez debida. Y además vino Sarah Miles.

Directores ausentes. En cambio en el apartado de Perlas, donde se suelen juntar los directores de prestigio y devoción cinéfila, hubo demasiadas ausencias. Ni Michael Haneke, ni Darren Aronofsky, ni Paolo Virzi, ni Lucca Guadagnino han venido a San Sebastián para presentar sus películas ante el público, y son ausencias a lamentar, porque Perlas no puede ser una mera exhibición de preestrenos. El encuentro de los cineastas con el público y la prensa en San Sebastián es imprescindible, y las distribuidoras y el Festival tienen que hacer el esfuerzo correspondiente.

Arreglar el batiburrillo. La 'espantada' de Albert Dupontel al levantarse de su rueda de prensa por la poca afluencia de periodistas, fue un gesto de mala educación y falta de profesionalidad flagrante, pero también evidenció lo que se veía venir: que el exceso de películas 'pegadas' a la Oficial como proyecciones especiales y fuera de concurso, entre otras cosas, desborda la programación, complica la organización de las sesiones y sus correspondientes ruedas de prensa y desbarata la lógica de trabajo y de visibilidad de las películas, además de la capacidad de las salas. Cierta confusión en el reparto de títulos entre Perlas, Zabaltegi-Tabakalera y Horizontes, donde caben las películas procendentes de otros festivales, también han contribuido a dar una sensación de batiburrillo. Luego cada cual va a ver la película en concreto que le interesa, pero la estructura de la programación y la forma de dar cauce a las películas es muy importante, y un elemento a cuidar para el futuro.

El público, un tópico de agradecer. Es un topicazo, y parece innecesario volver a escribirlo, pero si se mira con objetividad es de un valor incalculable: el público volvió a volcarse con el Zinemaldia. Y entendiendo como público desde el grupo de señoras que se reúnen cada mañana o noche en el Kursaal y luego debaten en cualquier lado sobre la película a los chavales a los que nos les dan las horas del día para ir de película en película. Y toda la industria que considera imprescindible estar aquí para hacer negocios y amistades, o ambas cosas imprescindibles en el cine. En las calles, los bares y los autobuses se oía hablar de cine todo el rato. Y esa masa enorme de público de a pie, y los ciudadanos que lo viven aunque sea desde la acera, es algo impagable, que Cannes no tiene, y solo en Berlín se vive de forma parecida. Y que siga.

A verlas venir. Con su teoría, ya esgrimida en estas páginas antes del Festival, de que «todo es posible» y «nada es inamovible» (y que se evidenció en el premio Donostia a una directora como Agnès Varda), José Luis Rebordinos se guarda ante las incertidumbres del audiovisual, que anda de una transformación en otra. Como Thierry Frémaux en Cannes, que también va lanzando globos sonda, porque nadie sabe muy bien cuál y cómo va a ser el papel de los festivales en los próximos años, aunque su carácter de evento para el público y parque de encuentro para la industria, sigue pareciendo imprescindible hoy por hoy. No hay más que ver cómo las plataformas televisivas se pegan por hacerse visibles en un terreno que no es el suyo, el de la pantalla grande y la experiencia colectiva. El Zinemaldia ha vuelto a dar sensación de estabilidad y de calcular dónde se mueve, sin delirios de grandeza, y sabiendo que no es difícil perder pie en aguas tan procelosas como las de los grandes festivales. Habrá que tener también cuidado para que el «todo cambia» no se transforme en «todo vale». Y a por la 66.

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