«Los documentales son la escuela de la modestia»

La realizadora belga Agnès Varda alza el Premio Donostia, ayer en el Victoria Eugenia. / ARIZMENDI

Agnès Varda «He intentado que mi cine venga de la vida», dice la directora

JUAN G. ANDRÉS

Por primera vez en su dilatada carrera, Agnès Varda ha firmado una película a medias. En 'Visages Villages', original documental con alma de 'road movie', el fotógrafo JR viaja por toda Francia junto a la 'abuela' de la Nouvelle Vague -«sólo quedamos los restos, Godard y yo, los dinosaurios de aquel movimiento»-. A bordo de una pintoresca camioneta-fotomatón, ambos buscan rostros y pueblos en los que colocar imágenes a gran escala para rendir homenaje a la memoria y a la gente común. Horas antes de recibir el Premio Donostia, la cineasta belga de 89 años confiesa a un reducido grupo de periodistas, sin asomo de patetismo, que está preparada para una muerte tranquila.

- En la película, cuando visitan la tumba de Cartier-Bresson, usted dice: «Tengo ganas de que llegue la muerte porque todo acabará». ¿No es el cine un buen motivo para vivir?

- Tengo muchas razones para vivir: dos hijos, cinco nietos, gente que me ama y me protege... Trabajo por placer y porque aún puedo hacerlo, aunque mi cuerpo está bastante estropeado. Esa frase de la película no es una invocación a la muerte, es decir, no me voy a tirar al Urumea. Solo refleja la idea de que si la muerte tiene que venir y me encuentra esta noche, estoy de acuerdo, siempre que no me haga sufrir mucho: yo pongo mis condiciones... (Risas).

- ¿Cómo enfocó este proyecto?

- Desde los orígenes de mi carrera he trabajado buscando formas radicales que no se parecían en absoluto al cine que había antes. Incluso en la época de la Nouvelle Vague buscaba estructuras difíciles. He hecho muchos documentales porque son la escuela de la modestia. Con ellos estás al servicio de los sujetos, no eres más que una intermediaria que intenta que las personas filmadas se encuentren con el espectador. También buscamos cosas y gente que nos sorprenda, como aquel hombre que nos consiguió la sombrilla que queríamos, y que luego resultó ser campanero y nos dejó subir a filmarle en el camapanario...

- Ahí entró en juego el azar, que según dice, ha sido siempre su «mayor ayudante»...

- Pero el azar no llama a la puerta y te dice: «Hola, Agnès, estoy aquí». Debes estar en situación de rodar, siempre con la cámara preparada, y tener curiosidad, empatía. Nos ocurrió en la antigua colonia de mineros donde encontramos a la maravillosa Jeanine, o en la fábrica en la que conocí por casualidad a un hombre que ese día se prejubilaba.

- ¿Y qué aprendió de su colaboración con JR, que tiene 34 años frente a sus 89?

- Él siempre ha estado rodeado de gente mayor, le gustan mucho los viejos y las viejas. Yo le di permiso para documentar las cosas de la vejez. Tengo degeneración macular y os veo a todos borrosos, con o sin gafas, así que aprovechamos esa enfermedad para reírnos de ella y crear situaciones originales. He intentado asumir que soy vieja y que eso es materia de creación.

- En su película 'Una canta, la otra no' (1977), usted decía: «Las dos han conquistado la felicidad de ser mujer». ¿Es una felicidad distinta a la de los hombres?

- Claro, no es la misma fabricación, pero hay felicidades que las mujeres podemos compartir con los hombres e incluso con los gatos. Mi cine viene de ser mujer, pero también de ser ciudadana, esposa, abuela... Todo se puede transformar y la idea era reinventar un poco la vida. El mundo en el que vivimos es un caos: refugiados que se ahogan en el mar huyendo de la guerra, niños abandonados... Con nuestro trabajo de documentalistas tratamos de aportar un poco de ternura, y eso es lo que transmite la película, que pasa de momentos de lágrimas a otros de sonrisas. Como la vida misma.

- En la secuencia del puerto de Le Havre vuelve usted a poner en primer término la figura femenina...

- Quería honrar a las mujeres. Soy feminista y pienso que el feminismo se hace con los hombres, así que ellos mismos se involucraron en la construcción de esas fotos gigantes de mujeres que, a modo de tótem, pegamos sobre los contenedores del puerto. Nos agradecieron que con esta acción desarrollada en un entorno -el de los estibadores- dominado por hombres, habíamos contribuido a empujar un poco los prejuicios.

- El documental tiene también una dimensión política, con referencias al pasado de un orgullo obrero...

- Eso es solo en la secuencia de los mineros, pero el resto de la película refleja cuestiones actuales. He de decir que jamás preguntamos por su ideología a la gente que nos encontramos, entre la que habría personas de izquierdas y derechas. Simplemente nos acercamos a ellos, de uno en uno, para trabajar con calidez, y les resultábamos divertidos porque JR y yo formamos una pareja bastante improbable.

- Este año recibirá también el Óscar honorífico a toda su carrera...

- Suena a broma porque los Óscar son para personas muy conocidas que han hecho ganar mucho dinero y que han sido casi como entidades bancarias. Yo de eso, nada de nada. En EE UU creo gustar a un pequeño núcleo de cinéfilos porque trabajo al margen.

- ¿Y el Premio Donostia?

- Me honra mucho porque demuestra que hay gente a la que le sigue gustando mi cine. Estos premios me animan a seguir, aunque creo que voy a ir parando e iré hacia la muerte, si es posible, tranquilamente. Lo digo sin ningún patetismo, igual que he filmado mis manos, llenas de manchas, y les digo a mis nietos que son ríos: ellos no dirán que su abuela es vieja, sino que tiene paisajes en las manos. Es otra manera de construir una mirada sobre la vida cuando ésta se va estropeando y desapareciendo.

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