«El cine me descubrió otros mundos»

Juaniz saluda al público con el premio Zinemira en la mano, acompañada de Jorge Guerricaecheverría, ayer en el Victoria Eugenia./ USOZ
Juaniz saluda al público con el premio Zinemira en la mano, acompañada de Jorge Guerricaecheverría, ayer en el Victoria Eugenia. / USOZ

La montadora navarra Julia Juaniz recibe el Premio Zinemira y reivindica su labor no tan reconocida por el gran público

IMANOL TROYANO

La montadora navarra Julia Juaniz recibió ayer el premio Zinemira durante la gala del cine vasco celebrada en el Victoria Eugenia. Un galardón honorífico que otorga el Festival en cada edición conjuntamente con las asociaciones de productores EPE/APV e IBAIA, para reconocer la trayectoria de una personalidad destacada del cine vasco. «Es un punto de partida para que se reconozca el montaje. Me parece maravilloso que se dé este premio aquí», fueron las primeras palabras de Juaniz después de que el guionista y miembro del jurado de la Sección Oficial, Jorge Guerricaecheverría, le entregara el premio.

Juaniz aprovechó su discurso para impartir una pequeña lección a los asistentes a la gala. «El montaje puede ser de imagen o sonido, y yo hago de imagen», introdujo. «Es un trabajo bastante técnico, que se puede enseñar y aprender; y muy creativo, hacer falta ser intuitivo y ver muchas películas», prosiguió. «El montaje juega con el espacio y el tiempo, y cuando acabas de unir todo, hay que comprobar que la película funcione. En el montaje escribes el guion final. Con esto queda más claro para todo el mundo mi trabajo», terminó su explicación.

Entonces llegó el turno a los agradecimientos. La navarra se acordó primero de sus padres y hermanos, que le enseñaron a «amar el cine desde pequeña. Me descubrieron otro mundo. Yo soy de un pueblo muy pequeño -Arellano- e íbamos al cine los sábados y los domingos y veíamos películas de romanos. Me descubrió otros mundos». En ese instante abrió un paréntesis en su alocución y afirmó alto y claro que «es muy importante estudiar idiomas como el inglés y euskera, pero el más fundamental es el audiovisual». «Llevan escuchándome veinte años para que se implante en las escuelas», desveló.

«Es muy importante estudiar idiomas, pero el lenguaje fundamental es el audiovisual»

Tras este inciso, Juaniz retornó a la rueda de agradecimientos, en esta ocasión a profesionales del sector. Primero a Juan San Mateo, «el primer montador con el que trabajé» y seguidamente a Javier Aguirre, «el director que me dejó ir a mi primera película». Además, destacó a tres realizadores muy importantes en su carrera: Basilio Martín Patino, con el que trabajó al principio de su carrera; Víctor Erice, del que «aprendí muchísimo»; y Carlos Saura. «Él ha sido una vida y una enseñanza para mí», dijo sobre Saura. Por último, dio gracias a Txepe Lara, «que tanto ha hecho por el cine vasco».

«Esta es mi gran fiesta»

Para Juaniz, la de ayer fue la fiesta que nunca tendrá por casarse o jubilarse. «No me he casado ni me casaré, tampoco me jubilaré, así que esta es mi gran fiesta», bromeó. También quiso compartir el premio con los jóvenes, «son el futuro y se tienen que ir de España porque no tiene oportunidades». Y finalizó su intervención dirigiéndose a su hijo Jon, quien le acompañó en la gala. «Por todas las horas en las que no estuve contigo, el premio es tuyo», declaró emocionada.

La actriz vizcaína Itziar Ituño fue la maestra de ceremonias ayer en un Victoria Eugenia que reunió a distintas personalidades de la industria cinematográfica vasca, así como a representantes políticos como el consejero de Cultura, Bingen Zupiria, el diputado, Denis Itxaso y el alcalde de Donostia, Eneko Goia. La intérprete proclamó que una película se escribe tres veces, «en el guion, en el rodaje y en el montaje», una labor esta última que «raramente trasciende». Por eso, el Festival premia a una mujer que «se ha entregado en cuerpo y alma en la soledad de su trabajo».

A la conclusión del acto, el teatro acogió la proyección de la película-documental 'Elkarrekin-Together', dirigida por Pablo Iraburu, Migeltxo Molina e Igor Otxoa. Esta obra relata el viaje de expedición de arqueólogos vascos a una isla deshabitada de la costa este de Estados Unidos, para demostrar que aquel lugar fue un punto de encuentro entre balleneros vascos y nativos americanos hace siglos.

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