El universo tiembla ante la última batalla del Metabarón

El Metabarón, su robot Tonto, y planchas de Herichon (arriba) y Sécher (abajo).
El Metabarón, su robot Tonto, y planchas de Herichon (arriba) y Sécher (abajo).

Yermo publica la tercera entrega del guerrero supremo

ÓSCAR GOÑI SAN SEBASTIÁN

Hay galaxias que no pueden verse a través del telescopio más potente, ni realidades con el microscopio más acerado, menos aún aquellas que palpitan en el interior de algo azulado, gelatinoso, llamado Epifita. Sin embargo, planetas se devoran a fin de conseguirla, e imperios se sustentan y caen con tal de poseerla. Han sido precisas generaciones de guerreros para dar lugar al último y más perfecto de todos ellos, alguien cuyo solo nombre basta para provocar el pánico entre sus enemigos.

Es una leyenda y, como tal, el cansancio se ha apoderado de él. En su nave, en el Metabúnker, medita acabar con su propia existencia. Ser invencible no equivale, al parecer, a ser feliz.

Y he aquí el problema, el gran problema. Metabarón, el personaje, nace dentro del universo de John Difool, en el Incal (1980-1988), escrito por Alejandro Jodorowsky (17 de febrero de 1929, Tocopilla, Chile) y dibujado por el genial e irrepetible Moebius (Jean Giraud, 8 de mayo de 1938, Nogent-sur-Marne / 10 de marzo de 2012, Montrouge, Francia). Aquel viaje quedó para la historia del cómic con cifras de ventas millonarias y reconocimiento de crítica en todos los países donde se publicó, incluido Japón. Luego, el propio guionista chileno, comprendiendo el filón hallado, pasó a narrar la genealogía y vida del guerrero en la inacabable 'La casta de los metabarones' (1992-2002) bajo los pinceles del extraordinario Juan Giménez, saga sostenida por éste y no, desde luego, por un relato estirado hasta la extenuación.

'Metabarón' adopta, claro, todo ese bagaje, pero los guiones ya no son obra de Jodorowsky, sino de Jerry Frissen (2 de junio de 1964, Bruselas, Bélgica). El periplo de la obra choca inevitablemente con las herencias recibidas, así que la tarea de dibujar las palabras deviene en ardua labor. La solución pasa por establecer, sobre un total previsto de ocho álbumes divididos en cuatro series de dos, artistas capaces de estar a la altura del argentino. El primer dibujante elegido será Valentin Sécher, un joven prodigio admirador de aquel, famoso por 'Khaal, crónicas de un emperador galáctico', trabajo que homenajeaba sin recato al Metabarón.

Ahora, la prolífica editorial Yermo lanza, tras el mencionado primer ciclo, la continuación con lápices de Nico Henrichon (tercero y cuarto serán debidos a Mukesh Singh y Esad Ribic), publicados en Francia por 'Los Humanoides Asociados'. La historia sigue su curso, pero algo notable ha ocurrido, al parecer, en los planes del guionista.

Legados

Jodorowsky es muchas cosas o, al menos, dice serlas: escritor, filósofo, director de cine, psicomago, tarotista... Su 'Dune', la película basada en las novelas de Frank Herbert y que finalmente fue realizada por David Lynch, llenó y sigue llenando episodios que nunca fueron. Sus líneas maestras están de sobra estudiadas, pero la ambigüedad encuentra siempre cuadrados por llenar en un cubo de Rubik que se contorsiona eternamente.

Cuando Frissen asume escribir 'Metabarón', resulta que, tal y como sucedió en La Casta, concede el papel de narrador a Tonto, uno de los dos robots originales, personajes tan del gusto del guionista suramericano, encargados de dar el contrapunto de humor a una historia dramática, merced a diálogos un tanto ridículos. Sin embargo, del primer tomo 'Wilhelm-100, el tecnoalmirante' a este último 'Ornato-8, el tecnocardenal', hay algo que sutilmente se va colando entre viñeta y viñeta, y es el distanciamiento..

Dibujar como Moebius es imposible, y coger el guante de Giménez, misión suicida si se pretende imitarlo, pero 'Metabarón' es, ante todo, una obra inmersa en un universo muy concreto, regido por la nigromancia, por el tremendismo del teatro clásico griego, luchas de dioses y hombres, en ocasiones difícil de tomar en serio a fuerza de traspasar la línea roja. Pero es un universo sumamente reconocible; sus lectores esperan que se respeten las reglas, que el tremendismo colme de hipérboles cada situación. Los villanos no son tales, sino abominaciones reverenciadas por hordas de esclavos, y los diálogos altisonantes justifican el absurdo. Pero Jerry Frissen no es solo un seguidor de Jodorowsky. Su mano, su forma de hacer las cosas va, poco a poco, entrando en 'Metabarón'. Apoyado por Sécher y Henrichon, la historia principal es perfectamente identificable como obra de Jodorowsky (no es ningún descubrimiento, participa en la idea primigenia), pero poco a poco los diálogos se van haciendo más personales, menos simbólicos, poco a poco más distantes del permanente tono plagado de referencias herméticas. Si en el primer tomo no es tan visible, a medida que el tercero avanza pueden adivinarse las intenciones de Frissen, más centrado en dar coherencia a una aventura tan imposible como la misma naturaleza del protagonista y del teatro en que se desenvuelve.

El desenlace está aún lejos, pero el camino emprendido resulta prometedor. Está por ver, claro, hacia qué puerto se dirige finalmente esta nave, pero, en cualquier caso, sigue siendo muy placentero dejarse llevar por páginas que transcurren por calles plagadas de recuerdos. Tiempos mejores, sin duda. Difícil ignorar la nostalgia, pero puede que así se comprenda mejor la del último Metabarón.

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