Ulysse, un viaje a través de los libros

Catherine Domain en el interior de su librería Ulysse en Hendaya, al fondo, más allá de libros está el mar.
Catherine Domain en el interior de su librería Ulysse en Hendaya, al fondo, más allá de libros está el mar. / FOTOS: LOBO ALTUNA

Catherine Domain abre cada verano en Hendaya una librería que es referencia para los trotamundos. Montó la primera tienda de guías y mapas de París tras dar dos vueltas al globo, pero al llegar junio deja la capital y se instala junto a la playa

BEGOÑA DEL TESOHENDAYA.

Existe una librería de viajes en París. En el 26 de la rue Saint Louis. Una librería donde, se dice, uno puede encontrar lo que ni siquiera pensaba que estaba buscando. En Ulysse, el territorio de Catherine Domain, poseedora de la Orden Nacional del Mérito que concede el Gobierno de Francia, miembro del Club Internacional de Grandes Viajeros y fundadora del Club Ulysse de las Islas Pequeñas, habrá más de 20.000 volúmenes. Obras modernas y antiguas. Libros. Mapas. Guías. Tan hermosos algunos que Catherine prefiere no venderlos: «Un libro raro no dura más de cinco días en las estanterías. Siempre habrá alguien que lo haya estado buscando incansablemente y lo desee con furia. Pero también sé que si lo escondes, puede quedarse a tu lado 20 años. Y sí, lo confieso, algunos los escondo».

Catherine ha recibido este 2017 el Premio de la Comunicación de la Sociedad Geográfica de España (espléndida web, llena de relatos de expediciones). Las páginas de periódico que dan noticia del galardón están expuestas en la gran cristalera de la delegación hendayesa de Ulysse, situada en los bajos del antiguo Casino. Porque Catherine veranea en Hendaya. A la vieja usanza, tres meses. De junio a septiembre. Por eso, porque veranea, su librería labortana no tiene un horario estricto; 'selon météo' se lee en un cartel. Es decir, apertura y cierre dependen del tiempo que haga. Porque teniendo el mar a la distancia de sus ojos, Catherine navega, bucea y nada.

Mapas en cajas de bananas

Quien entra en Ulysse Hendaya en busca de un viejo ejemplar de Tintin, de un mapa de Marruecos apuntado y subrayado, un Almanaque Hachette de 1903 ('petite encyclopedie populair de la vie practique') o las conversaciones entre Semprún y Elie Wiesel los encontrará dentro de cajas de bananas originarias de Guayana y Martinica. ¿Por qué? Muy sencillo: cuando Madame Domain hubo de montar la logística para trasladar muchos libros desde París al Boulevard de la Mer, el modo más sencillo y eficaz fue pedir ayuda a Abdel, propietario del supermercado vecino. Él le fue proporcionando esas cajas. Juntos las llevaron a la oficina de Correos. Solo aceptaban diez por envío. A Hendaya llegaron 250 cajas de bananas de la Guayana y Martinica llenas de libros. Serían unas tres toneladas.

Una dote para ir muy lejos

¿Pero cómo empezó todo? Érase una vez una muchacha parisina descendiente de marinos, hombres de negocios y libreros. A los diez años cruzó el Canal de la Mancha sola para ir a estudiar en Inglaterra en un convento de monjas irlandesas. Empezó a leer las novelas de Edgar Rice Burroughs sobre Tarzán. Y a soñar con la jungla, la sabana y África. A los 16 consiguió una beca para los Estados Unidos. Fue tan feliz, la mimaron tan como si de auténtica princesa europea se tratase y descubrió un país tan extraordinario que dio en pensar que si el resto del mundo era igual de sugerente, merecía la pena descubrirlo entero. A los 18 años comunicó a su padre que no tenía la menor intención de casarse. En vez de oponerse o sorprenderse, su progenitor simplemente le indicó que entonces dispusiera como bien quisiera de la dote reservada para su matrimonio. Así lo hizo y Catherine decidió usar aquella pequeña fortuna para viajar.

Dos veces ha dado la vuelta al mundo. La segunda con un presupuesto que parece imposible de asumir: gastó solo un dólar diario. Pero hubo un momento en que la viajera pensó, si no parar, si en encontrar un lugar donde dejar la maleta. ¿Acaso no es posible viajar eternamente? Catherine respondió así a 'Le Monde' y años más tarde a DV: «Yo al menos no. Para mí viajar es como ir a la universidad. Se aprenden mil cosas, conoces mil personas, descubres el mundo, sí, pero me di cuenta que no puedes ser estudiante eternamente». Por tanto, regresó. Y buscó un proyecto, un afán que sin convertirla en esclava le diera una razón para quedarse. Y esa razón fue la que muchos consideran la primera librería de viajes. Justo en el momento en que empezaron los vuelos charter a lugares soñados pero aún remotos como Katmandú.

Cuando el viajar se popularizó y con ello también los lugares donde se vendían guías y planos, Catherine se especializó en encontrar lo inencontrable, lo agotado, ese atlas de tierras ignotas, ese mapa para buscar lo afluentes del Nilo.

El Hispano Suiza del abuelo

¿Per por qué abrir una 'Ulysse' de verano? ¿Y por qué en Hendaya? Sencillamente, porque hace mucho tiempo a su abuelo, que había cerrado unos negocios en Madrid y volvía a París se le averió el coche (un Hispano Suiza, marca mítica fundada en Barcelona en 1904) antes de llegar a la frontera. Varado mientras esperaba la reparación, resultó que un hombre que se había arruinado en el Casino (precisamente en el edificio donde ahora tiene su librería, su pequeño 'office' con tazas, dulces y zumos y su terraza al mar Catherine) le vendió su casa, una villa espléndida frente a la bahía, no lejos de les Citronniers. Y así, la familia de la librera viajera empezó a veranear en Lapurdi. Hoy, la villa se ha convertido en apartamentos donde viven su hermana y sobrinos. Por eso, para asombro del todo París, Ulysse está frente a Hondarribia.

No ha hecho grandes esfuerzos par adaptarse. Conoce bien la idiosincracia de los vascos. «Es prácticamente imposible entrar en vuestras casas. Siempre quedáis fuera. Vuestro terreno para la relación social son las terrazas, la playa, las fiestas. Los Bitxintxos, las mascaradas, los mercados. Me parece bien. Jamás he intentado adaptarme para complacer a los demás. Sí lo he hecho para poder disfrutar de los lugares donde he estado. Nunca dejo de remarcar la importancia de pasar desapercibido allá donde vayas. De desaparecer en el paisaje. De no llevar nunca una mochila, sino una bolsa en la mano. De no provocar o hacerte demasiado visible por tu vestimenta».

Todo sin dejar de ser curiosa: «Lo soy incluso en la librería. A quien entra le pregunto de dónde viene, a dónde va; qué busca o qué encontró. ¿Por qué no iba a hacer esas preguntas? De mí ellos saben que soy librera, vendo libros y si la librería está cerrada, esperadme, estoy en el mar». De la tecnología actual a Catherine le desconcierta la imposibilidad de sentirse desconectada, ilocalizable, sabiamente perdida. Y tiene un único miedo: como ya todo está en internet y las librerías de viajes desaparecen no querría ser, ella que fue la primera, la última librera.

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