Los truenos de la guerra retumban de otra forma en África

'Madame Livingstone', un viaje de paz mientras el mundo explotaba

ÓSCAR GOÑI SAN SEBASTIÁN

Primera Guerra Mundial, África, muy lejos de las trincheras que desgarran la piel de Europa, tatuándola con la sangre de los caídos. Allí, en el Congo belga, las reglas son distintas, también los enemigos. Los nativos contemplan cómo ejércitos extranjeros se disputan lo que no es suyo, trazando fronteras irreales y llenando los ríos y cielos con máquinas cuya única finalidad es la de matar. Un escenario, en cualquier caso, tan cuajado de paradojas que los propios protagonistas del drama están abocados a convertirse en una de ellas.

Con estos mimbres construye Christophe Cassiau-Haurie (31 de mayo de 1968, Francia) un guion que, aún leídas las primeras páginas, poco tiene que ver con lo esperado. Director de relaciones públicas de la biblioteca de Estrasburgo, es especialista en el continente negro, con obras centradas en el mismo, sobre todo aquellas creadas bajo el lenguaje del cómic. Coordinador del festival de la bande dessinée de Port Louis (Isla Mauricio), construye en 2014 'Madame Livingstone' no para contar un episodio de guerra, sino para centrarse en dos hombres inmersos en ella. Uno de ellos no es un simple guía africano. Viste un kilt escocés y en su sporran, en su monedero típico, quizás viaje algún secreto. El otro lo hace a bordo de un biplano; es un soldado, el teniente belga Gaston Mercier con algo diferente a sus compañeros de armas: sabe escuchar.

Contar África supone, además, dibujarla. Es lo que hace Baruti Kandolo Lilela, conocido como Barly Baruti (9 de diciembre de 1959, Kisangani, República Democrática del Congo), nacido en una familia de pintores y dedicado al mundo de las viñetas al término de sus estudios de pedagogía. Su concepción de página, la composición de la obra es absolutamente ortodoxa dentro de la tradición francobelga, no cabe esperar soluciones arriesgadas o propuestas novedosas en la forma de contar. La historia, además, apoya esta ejecución alejada de experimentos, porque se trata de un relato lineal, sin saltos en el tiempo, con una cámara invisible que sigue a Mercier allí donde vaya. El lápiz de Baruti, por otra parte, es fresco y vivo, y cabe encontrar en él influencias como las recibidas de Hermann, perfectamente visibles en las soluciones anatómicas, sobre todo en los rostros, además de otras más sutiles de Enki Bilal. En ambos casos, palabras más que mayores. Sin embargo, parece evidente que donde el artista merece recibir más atención es en su tratamiento del color.

La luz

Probablemente, cualquiera que haya pisado en alguna ocasión la sabana africana, haya navegado por sus asombrosos ríos, haya contemplado una descomunal manada de elefantes en movimiento o un atardecer en que el Sol se vuelve gigante y se transforma en mercurio en ebullición, terminará hablando de la luz de aquellos lugares. De una luz que convierte los colores cálidos en algo mágico, donde Allan Quatermain es una consecuencia lógica, a la búsqueda de las minas del Rey Salomón.

Barly Baruti apuesta por las acuarelas para captarla. La obertura de 'Madame Livingstone' es toda una declaración de intenciones, una en la que el hidroavión amarillo del coprotagonista sobrevuela las montañas, ríos y selvas de Congo. Colores sobrios, la mayoría de las veces acordes con el fondo de la narración.

Porque, realmente, los autores hablan de una guerra, sí, pero mucho más profundamente de lo que sucede en los hombres que la sufren. De hasta qué punto es posible o no que una más que improbable amistad surja entre dos personas cuyos mundos, cuyos orígenes y, casi de forma inevitable, sus destinos, son tan divergentes. Más allá del color de la piel, generaciones de educación, de prejuicios que se apilan en todas direcciones, no solo en una. Los negros no se fían de los blancos. Los blancos tampoco de los negros y, además, los consideran inferiores, indignos de compartir la misma botella de vino. ¿Puede, en un contexto así, mientras las tropas de la armada belga luchan contra las alemanas, tener importancia la historia de quien dice ser hijo del legendario explorador escocés David Livingstone? La guerra, al fin, solo confirma una cosa: que la sangre de toda la humanidad es roja.

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