La travesía en Oaxaca de Oliver Sacks

ILUSTRACIÓN IVÁN MATA

Ameno e interesante diario de una expedición de botánicos por tierras mexicanas

SANTIAGO AIZARNA

Tenía Oliver Sacks (Londres, 1933-Nueva York, 2015) una especial habilidad, un innato don se diría, para mejor hallar y coordinar una serie de temas y asuntos que pudieran interesar al común de las gentes y, sobra decir, por supuesto, a sus numerosos lectores. Neurólogo de profesión, enriqueció, de manera tan abundante como de calidad tan original y hasta extraña, los hondos pozos de ese especial terreno de la mente humana donde se dan brotes de tanta singularidad que hasta pudieran parecer inventados por mentes calenturientas y de fantásticas proyecciones, más cerca de la ciencia-ficción que de la realidad. No parece que lo fuera así, en modo alguno, en el caso de este neurólogo- escritor que todo lo que dejó escrito, por raro que lo pareciera, procede en gran medida de sus propias experiencias.

Y, acaso aún más, tratándose de lo que en este libro cuenta, que, al fin y al cabo, no se trata de otra cosa que de un diario. Para explicar esta su desembocadura en este género literario de los diarios, aporta sus motivos en el prefacio: «Me he deleitado con la lectura de los diarios de historia natural decimonónicos, todos ellos una mezcla de lo personal y lo científico, sobre todo 'Viaje al archipiélago malayo, de Wallace, 'El naturalista por el Amazonas', de Bates, las 'Notas de un botánico', de Spruce, y la obra que los inspiró a todos ellos (así como a Darwin): 'Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente', de Humboldt».

«Me agradaba pensar que los caminos de Bates, Spruce y Wallace se cruzaban y se alternaban en adelantarse unos a otros, en el mismo trecho del Amazonas y durante los mismos meses de 1849; todos ellos, además, fueron buenos amigos». (Y no sólo seguirían manteniendo correspondencia a lo largo de sus vidas, sino que Wallace publicaría las Notas de Spruce tras la muerte de éste).

En cierto sentido, eran aficionados, autodidactas, hombres que hallaban la motivación en su propio interior, que no pertenecían a ninguna institución, y en ocasiones parecían vivir en un mundo feliz, una especie de Edén que aún no era turbulento ni estaba involucrado en rivalidades casi asesinas que no tardarían en caracterizar a un mundo cada vez más profesionalizado (la clase de rivalidades que H. G. Wells retrató de una manera tan vivida en su relato «La polilla»).

«Creo que ese ambiente grato, intacto, anterior a la profesionalidad, regido por cierto sentido de la aventura y el deseo de saber y no por el egocentrismo y la avidez de protagonismo y fama, todavía sobrevive, aquí y allá, en ciertas sociedades de historia natural, así como en sociedades de astrónomos y arqueólogos aficionados, cuya existencia tranquila pero imprescindible el público prácticamente desconoce. Apreciar un ambiente semejante fue lo que primero me atrajo de la American Fern Society, y lo que me estimuló a acompañarles en el viaje que, a comienzos de 2000, realizaron a Oaxaca con la finalidad de buscar helechos».

Confiesa, también, que, por su parte, «el deseo de explorar ese ambiente fue uno de los motivos que me incitaron a llevar un diario durante mi estancia en aquella región mexicana. Había mucho más, por supuesto: el descubrimiento de un pueblo, un país, una cultura, una historia, de los cuales no sabía casi nada (eso era maravilloso, una aventura en sí misma), y el hecho de que todos los viajes me incitan a llevar diarios. En efecto, los he llevado desde los catorce años, y en el año y medio transcurrido desde mi visita a Oaxaca he estado en Groenlandia y en Cuba, he buscado fósiles en Australia y examinado una extraña alteración neurológica en las islas de Guadalupe, y todos estos viajes también han generado diarios», que, como debe ser preferentemente tratándose de solamente un diario, mejor serlo, como él mismo expone: «textos ligeros, fragmentarios, impresionistas y, sobre todo, personales».

La sencillez narrativa de lo que día a día va ocurriendo en el trato y en la relación de gentes resulta primordial en las páginas de este diario, aunque pese a esta elección de conducta, no faltan curiosos detalles que sazonan los hechos de estos diez días de viaje. A resaltar, por supuesto según el gusto y sentir de cada cual, pormenores distintos, que, en el caso del que esto escribe, se fija, sobre todo, y por orden de aparición se diría, en la 'breve historia del tabaco'; 'Santo Domingo y su jardín de trífidos'; 'guindillas, especias y chocolate'; ''los últimos aguacates silvestres; 'el mercado, desde zapotes hasta minerales fluorescentes'; 'la campanilla y otros alucinógenos del Nuevo Mundo'; 'la doradilla o helecho de la resurrección; 'los eufónicos sulfuros de arsénico'; 'los manantiales y las cascadas petrificadas'; 'la impresionante toxicidad de la ricina', ejemplarizada en 'la misteriosa muerte en 1987, en una calle de Londres, de Georgi Markov, un periodista búlgaro disidente que después de una dolorosa agonía que duró tres días, murió a consecuencia de que, en una parada de autobús le pincharon en la pierna con la punta metálica de un paraguas que portaba una bolita de ricina.

Toda una serie de historias a cual más amena e interesante que harían envidiar a cualquiera la suerte que le cupo a Oliver Saks en esta expedición de solamente diez días contar con tal filón de hechos si no se supiera de esa extraña atracción que las historias sienten por quien sabe que tiene la magia de contarlas.

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