Por tierras del gigante

Mari Carmen Unsain Elicegui, junto al caserío en el que nacieron ella y el gigante, junto su nieta Ainhoa Zubeldia. / FOTOS: MICHELENA

Los últimos habitantes del caserío Ipintza son fieles guardianes de la memoria del Gigante de Altzo. El protagonista de la película 'Handia' fue «una persona triste», recuerdan descendientes de su familia

FELIX IBARGUTXIALTZO.

El pasado domingo, Mari Carmen Unsain Elicegui vio la película 'Handia' y le gustó. Fue una mezcla de placer y nerviosismo. Es descendiente de uno de los hermanos del Gigante de Altzo y nació hace 78 años en la misma habitación que lo hiciera el mítico Miguel Joaquín. «Somos diez hermanos y los diez nacimos en esa habitación. Uno murió muy pronto, recién nacido», comenta Mari Carmen a la entrada de la casa natal, Ipintza.

Mari Carmen tiene por segundo apellido el del gigante, si bien aquél firmaba Eleicegui. La madre de la protagonista de este reportaje se llamaba Dolores Elicegui. «Era una persona con rachas de tristura, y comentaba que el gigante también fue una persona triste», recuerda Mari Carmen.

De la película 'Handia' le han impactado, por ejemplo, los momentos en los que a Miguel Joaquín le tapan la cabeza para que los curiosos no puedan verlo. Y es que en torno al gigante hubo mucha economía; se trataba de que la gente pagara por verle. Mari Carmen ya lo había oído en casa: «Me contó la madre que, cuando el gigante fue a Inglaterra, pidió poder oír misa todos los domingos. ¿Qué ocurría? Que la gente aprovechaba esos momentos para verle sin pagar dinero».

Mari Carmen vivió su infancia en euskera, sin oír apenas el castellano. En casa se referían al antepasado de 2,42 metros de alto con el nombre de 'gigantea'. Existía la palabra euskérica 'erraldoi', pero el pueblo llano no la usaba, por lo visto. Un hombre culto, como era Juan Ignazio Iztueta, dice en su Historia de Gipuzkoa que a Miguel Joaquín se le citaba con el sobrenombre de 'Erraldoi euskalduna', pero quizá fuera solo una minoría con estudios quien lo hiciera. Ahora en Altzo se comenta que los viejos del lugar se referían al gigante con la expresión de 'Gure haundie'. Sería cuestión de cerciorarse bien.

Mari Carmen recuerda también que en su casa siempre se dijo que la enorme piedra del dintel del caserío había sido puesta ahí por el mismísimo gigante, y que la madre le había remarcado en más de una ocasión: «Decían que el gigante pasó hambre, pero algo comería para tener la fuerza que se necesita para levantar esta piedra». Aquí entramos en el terreno resbaladizo que separa el mito y la realidad.

El caserío Ipintza sigue como lo conoció Mari Carmen en su niñez. «Le decimos Ipintza, pero su nombre auténtico es Ipintza Haundi». Cerca de allí había otras dos edificaciones que también llevaban el nombre de Ipintza, si bien a una de ellas se le decía Baldene porque había vivido alguien con el apellido Balda. Pero ocurrió que en el subsuelo de la zona existían vetas de caolín, que fueron aprovechadas por una empresa minera, y finalmente, poco a poco los terrenos cedieron y ambos caseríos acabaron derrumbándose.

Ipintza era un caserío dedicado a la ganadería, con vacas y cerdos. El padre de la madre de Mari Carmen, Juan José Elicegui, era hijo único, había nacido en esta casa y nunca trabajó en la fábrica.

Cuentan las crónicas que el gigante bebía varios litros de sidra al día. Y seguramente sería sidra elaborada en el mismo Ipintza. Todavía hoy hay un cobertizo que tiene en su interior maquinaria sidrera. Mari Carmen la conoció en funcionamiento. «Esa edificación tiene dos alturas. Arriba se machacaba la manzana, abajo se prensaba».

El gigante fue bautizado en la iglesia de San Salvador, en la zona «de abajo» de Altzo, lo que se llama Altzo Azpi, en contraposición a la zona de arriba, la más edificada, con el nombre oficial de Altzo Muño. Y se le enterró también en el cementerio de esa iglesia.

Los posteriores habitante de Ipin-tza -Mari Carmen y todos sus hermanos, sus hijos y nietos- recibieron también el bautismo en San Salvador. Ahora la iglesia está cerrada, pero hasta hace dos años se celebraron allí misas y funerales. Ya se sabe que hubo quien quiso desenterrar al gigante para llevar los huesos, alegando que así se podría hacer ciencia, pero los familiares se negaron. También se ha escrito por ahí que cuando se desmanteló el cementerio de San Salvador para inaugurar el nuevo camposanto de la localidad se vio que no había ningún resto del gigante. «No sé qué pensar. Nadie se puso en contacto con nosotros cuando se hizo el nuevo cementerio, no hace tantos años». Y existe la posibilidad también de que la tierra acabara por desintegrar los huesos.

La iglesia de San Salvador tiene una gran importancia histórica, porque en ese lugar estaba el monasterio de San Salvador de Olazabal, que en 1025 -en el reinado de Sancho el Mayor de Navarra- fue donado al de San Juan de la Peña por el señor de Gipuzkoa García Azenariz y su esposa, Gaila. Lo más relevante es que en ese documento se cita por primera vez el término Gipuzkoa, concretamente Ipuzcoa.

Junto a Ipintza existe una escultura del artista tolosano Juanito Lope Jiménez, inaugurada en 1968. Se basó en un cuadro -un dibujo- que existía en la sala del caserío. Mari Carmen recuerda el susto que se llevó un día al ver que se había caído el cuadro al suelo, y roto el marco. Le tocó a ella darle la noticia a la madre.

En 1917, varios objetos de Miguel Joaquín fueron a parar al Museo San Telmo. No se conoce la persona o entidad que los hizo llegar. El museo los muestra en su exposición permanente. Se trata de dos sombreros, unos guantes, una horma de de zapato y una silla.

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