La tierra prometida de la rabia

La tierra prometida de la rabia
ILUSTRACIÓN IVÁN MATA

Autobiografía en forma de historia novelada, conducida por mano experta hacia una denuncia airada e iconoclasta

SANTIAGO AIZARNA

Narrando en primera persona y manifestándose en esas primeras líneas como de naturaleza contradictoria, Lorenza Mazzetti (Florencia, 1927) comienza esta narración, que resulta ser como si fuera su autobiografía, por medio de una tan sencilla como directa y tan definitoria desde su propio punto de vista como desde la que parece que la ven las gentes de su entorno. Es la confesión de una joven que adopta un propósito expuesto en una cita del poeta Yevgueni Yevtushenko: «Entramos en la vida con ardor y malicia,/como le corresponde a la juventud,/ no queremos una no-verdad o una media-verdad/ queremos, únicamente, la verdad».

Son palabras que, evidentemente, corresponden a una identidad decidida y una postura ante la vida que Lorenza Mazzetti blande como estandarte funcional en sus primeras palabras de meridiana descripción personal, cuando nos señala cuáles son su tipo de hombre: «Un Henry Fonda, por ejemplo, o como Lorenzo el Magnífico. A decir verdad, mi tipo de hombre lo imagino un poco como Cristo. El Cristo de Giotto»; o, que tiene «tendencia a adorar a los hombres delgados y espirituales», «con el cabello entre gris y blanco, y con aire de sabios. Quizá porque mi tío, mi padre adoptivo, era así, parecido a Albert Einstein»; que Jesús es su tipo de hombre aunque necesitaría tener también cerca a uno como Buda, porque «al primero lo adoraría y el segundo me adoraría»; nos revela lo que sus amigas piensan de ella y de que no sabe cómo explicar esas contradicciones lo que le lleva a declarar que «soy, efectivamente, muy contradictoria. Un mar de contradicciones. Por ejemplo, ¿cómo explicar que lo que más me gustaría es ser un hombre, pero que jamás me casaría con una mujer? ¿Cómo explicar que amo de la misma forma a San Francisco y a Robespierre?»; revela las diferencias en cuanto al uso de la libertad en esa ciudad en donde vive, donde esa tal libertad «solo la tienen los hombres y ser mujer significa ser esclava», que «quiero huir de este pueblo, de esta ciudad, de esta provincia, de este país y de esta patria», porque «estoy segura de que en otros países las chicas son libres y los chicos más interesantes». Y sigue dando ejemplos de cómo viven y cómo se comportan las gentes de su entorno.

Posiblemente sea verdad que Lorenza Mazzetti haya acertado al poner a su libro el título de 'Con rabia', pero diría yo, deduciendo de lo que se va leyendo a lo largo de una escritura tan diáfana, tan sencilla, tan subyugante en fin, que se trata de una rabia contenida aunque no por ello sometida; una 'rabia' más íntima y profunda, de mujer que se da cuenta de que precisamente por ser mujer, sus derechos, sus movimientos, su afán de vivir, todo su costumbrismo diario, se ve más regateada que la de otra persona que perteneciera al grupo de enfrente, el de los hombres.

Como se puede leer en la solapa de este libro, Lorenza Mazzetti, nacida en Florencia en 1927, vivió su infancia en la Toscana con sus tíos: Nina Mazzetti y Robert Einstein, primo de Albert, quienes la adoptaron al quedar huérfana junto a su hermana gemela Paola. El trauma del asesinato político de su familia adoptiva, perpetrado por las SS como represalia por el exilio de Einstein en América (y que narró en 'El cielo se cae', Periférica, 2010), marcó completamente su vida. Es autora, además, de libros como 'Mi può prestare la sua pistola per favore?' (1969), que también novela su vida, 'Diario Londinense' o 'Album di famiglia'. Fue una de las fundadoras del movimiento británico Free Cinema y dirigió dos películas muy singulares: K y Together (esta última fue exhibida en el Festival de Cannes de 1956). Actualmente vive en Roma, donde todavía pinta y sigue escribiendo.

Se señala, asimismo, que las andanzas de estas dos mujeres se hacen creíbles hasta el punto de que la novela ya no es novela sino pura biografía: la de dos hermanas, Penny (la narradora) y su hermana gemela Baby, colocadas ambas diríase que en el ortocentro de ese triángulo que ellas dos forman y conforman junto con su ciudad de Florencia (considerada en su amplitud total de calles, casas, gentes, etc.), un triangular escenario en esa época de la posguerra, muy propicia a que las tragedias se acerquen a toda persona a la manera como pudiera acercarse un travelling de cine, con movimiento bien encajado en sus rieles y debidamente aceitadas, una especie de tragedias que se ven venir y llegan, antes de lo cual, igual es que el espíritu se nos haya turbado o conturbado.

Por supuesto el vivir se hace más y más difícil a cada momento, también el punzante recuerdo de las experiencias vividas se renueva o es que permanece como predador a la espera de la presa, todo lo cual y mucho más que ni cabría su texto si no fuera en grueso tomo, hace que, al fin, en el último capítulo, en el 43, nos da cuenta de sus determinaciones para el futuro, cuando, entre otras cosas, nos dice «Dios ya no está, he dejado de ser la marioneta de Dios. Soy libre. Las posibilidades son infinitas. (...) Nadan entre las olas los emperadores. El río arrastra a los ángeles, a los obispos, los párrocos y los profesores. Puedo alargar mi mirada hasta el infinito sin hallar decálogos. No somos más que agua. He arrancado a los padres, los tíos y los abuelos de las raíces de la tierra, etc.»

Hemos encontrado, por fin, nuestra tierra prometida: la de la rabia.

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