Un tesoro envuelto en misterio

Miguel Ibáñez ha estudiado el hallazgo de más de medio centenar de monedas en Gazteluberri en 1960. Defiende que fueron contrabandistas quienes hacia 1600 escondieron las piezas que se exponen en el Museo Arqueológico Nacional

Miguel Ibáñez, con documentos que relatan cómo se impedía la salida de monedas de oro y plata. / USOZ
ELENA VIÑAS

Era una tarde cualquiera del mes de abril de 1960 cuando en el sur de Gipuzkoa, en un lugar denominado Gazteluberri, muy cerca de las mugas con Navarra y Álava, dos vecinos de la zona realizaron un hallazgo que haría historia. Juan Berástegui y Urquía y Eugenio Martín Zazo llevaban a cabo trabajos de replantación de pinos en el monte, a unos diez metros de la peña. Al cavar un hoyo, a unos 10 centímetros de profundidad, encontraban un cencerro lleno de monedas de oro y plata. La sorpresa fue máxima.

Los dos trabajadores decidieron no dar parte en un primer momento de la existencia de ese tesoro que a buen seguro les hizo recordar novelas de aventuras y películas de piratas que buscan un botín escondido. Sin embargo, la noticia del descubrimiento llegó a oídos del gobernador civil de Gipuzkoa, José Mª del Moral, quien realizó las gestiones necesarias para preservar el tesoro, salvándolo de su destino más probable, el de ser vendido, dispersando sus piezas que acabarían en colecciones privadas.

Fue así como se recuperaron un total de 52 monedas. De éstas, nueve son escudos y dobles escudos de oro de Juana I y Carlos V (1556-1556) y Felipe II (1556-1598). También se incluían 43 monedas de plata, en su mayoría grandes monedas de ocho reales (34), de cuatro reales (4) y una moneda de dos reales. Todas ellas fueron adquiridas en diciembre del mismo año por el Ministerio de Educación y depositadas en el monetario del Museo Arqueológico Nacional, donde en la actualidad se encuentran expuestas al público.

El donostiarra Miguel Ibáñez, experto numismático, además de catedrático ya jubilado del Instituto Bidebieta de San Sebastián, tuvo la ocasión de estudiar hace unos años cada una de las piezas, junto al cencerro de metal que las contenía. El resultado de sus investigaciones se publicará en 2018 en una revista especializada.

La cifra

52 monedas conforman
el tesoro de Gazteluberri, que fue enterrado en torno al año 1600 en el término municipal de Segura.

«Decidí estudiarlo cuando lo vi en la cámara acorazada del museo, porque era de Gipuzkoa y muy curioso. Hay muchos tesoros acuáticos, pero es muy raro que se encuentre uno en tierra que se conserve, porque cuando aparecen, se esfuman», argumenta.

Sin embargo, aunque «oficialmente» estas 52 monedas constituyen la totalidad del hallazgo, admite que «es muy probable que dicho conjunto monetario sea tan solo una parte del mismo, y que muchas piezas no llegaran a ser recuperadas en su momento».

Su hipótesis se sustenta en las marcas que la arcilla dejó en el cencerro y que él mismo tuvo ocasión de observar durante el estudio que acometió. Según explica, «si recolocamos las monedas dentro del cencerro donde fueron halladas, no llegan a rellenar más que aproximadamente la mitad del volumen del mismo, y el mencionado cencerro, de 14 centímetros de longitud y una anchura máxima de 10,5 centímetros, muestra en la boca los restos de la improvisada tapa de arcilla con que fue sellado el recipiente, de lo que podemos deducir que en su origen estaba completamente lleno».

Las otras evidencias que le llevan a defender su teoría se hallaban en la superficie de algunas de las monedas fabricadas en plata, que mostraban «las marcas de haber estado en contacto con esta improvisada tapadera de arcilla situada en la boca del cencerro».

Características

Antigüedad
Un escudo de oro de Carlos I, posterior a 1537, sería la pieza más antigua. La más moderna podría ser de 1596.
Acuñadas
El 61,6 % procede de cecas peninsulares. El 38,4 % restante procede de ultramar: 15 monedas mejicanas y 5 de Potosí.

Ibáñez confiesa que, dependiendo de que la parte presuntamente no recuperada del tesoro fueran monedas de oro o de plata, podría variar «mucho» la interpretación que podría darse a este «importante» conjunto monetario. Cuando se refiere a su valor, lo hace en términos numismáticos. «Para mí, desde ese punto de vista, su valor es muchísimo. Si me preguntaran qué valor económico tiene, diría que no tengo ni idea, aunque tampoco me preocupa en absoluto», matiza.

En este sentido, añade que mientras una moneda perfectamente conservada puede llegar a tasarse en 3.000 euros, él prefiere quedarse con otras que a la venta no pasarían de los 60 euros, «pero que te cuentan una historia». «Las otras no me dicen nada», añade.

Diferentes hipótesis

Las de Gazteluberri se encuentran entre las que esconden un relato que únicamente saben descifrar expertos como Miguel Ibáñez o Joaquín María de Navascués, el profesor que las estudió en la década de los sesenta. Para éste, la persona que las escondió bajo tierra podría haber sido un pastor, y las monedas, el producto de la venta de su ganado, que ante el temor de que le fuera robado, optó por guardarlo en un cencerro, sin que posteriormente pudiera recuperarlo.

«Hay muchos tesoros acuáticos, pero es muy raro que uno hallado en tierra se conserve»

«Es muy probable que muchas piezas no llegaran a ser recuperadas»

«Aporta información sobre la moneda que circulaba a finales del XVI e inicios del XVII»

«Pero si tienes en cuenta la zona y cuál era la riqueza ganadera en aquella época, te das cuenta de que es complicado que así ocurriera, porque era una zona muy pobre y con muy pocos recursos», declara Ibáñez, quien se muestra más partidario de otra interpretación bien distinta. Según explica, «en la época del ocultamiento, y también en las posteriores, estaba prohibido sacar del territorio monedas de oro y plata, pero no faltaban los contrabandistas que lo hacían. Ésa era una ruta de acceso entre provincias muy frecuentada por mercaderes, en las que se hacía contrabando sacando moneda de oro y plata y metiendo la de cobre, que aquí tenía más valor. En estos fraudes participaban activamente, entre otros, comerciantes de San Sebastián y Bilbao».

La documentación que ha consultado avala la teoría del contrabando de moneda en aquel entonces con un negocio «bidireccional». «Ante el temor de ser detenidos, o ante la presencia de algún control cerca de la muga, los contrabandistas pudieron esconder el cargamento en un lugar bien oculto, pero fácilmente identificable desde lejos. Yo mismo fui al punto del hallazgo y pude comprobar que tenía una referencia muy clara de lejos: la peña. Puede que fuera como la calavera del mapa del tesoro pirata», imagina.

Existe una tercera hipótesis: «que el tesoro fuera el botín robado por algún ladrón, que lo escondió y no pudo regresar por él, tal vez porque fue apresado y murió sin oportunidad de volver».

Sea como fuere, Ibáñez defiende, con respecto a la fecha de ocultación del tesoro, y dada la composición de éste, que podría establecerse en el último año del reinado de Felipe II o en los primeros de Felipe III, «en cualquier caso en torno a 1600».

A su juicio, el estudio ha merecido la pena, dado que aporta una «importante» información acerca de las monedas de oro y plata que circulaban a finales del siglo XVI y comienzos del XVII.

Más

Fotos

Vídeos