La tercera edad de Los Cinco

La tercera edad de Los Cinco

A sus 75 años, los personajes de Enid Blyton siguen en el mercado. Pero ni ellos, con una imagen políticamente correcta que ha disparado las ventas, ni sus lectores son los mismos

TERESA ABAJOSAN SEBASTIÁN.

Como si cruzaran uno de sus pasadizos secretos, Julián, Dick, Ana, Georgina (o Jorge) y su perro Tim han hecho un viaje de 75 años desde que se publicó la novela que les vio nacer, 'Los Cinco y el tesoro de la isla'. No puede decirse que hayan envejecido bien, un privilegio al alcance de los clásicos literarios, pero están lejos de jubilarse. La Editorial Juventud, donde Conchita Zendrera demostró su olfato al fichar a la cuadrilla de Enid Blyton y a Tintín, registró cifras millonarias en los 70 y 80 y todavía da salida a unos 400.000 ejemplares al año. Las ventas se han multiplicado por cuatro desde 2015, cuando los textos fueron revisados para adoptar un lenguaje políticamente correcto y una nueva imagen.

Nada de expresiones sexistas ni lindezas como «un campamento gitano donde todos son ladrones». «Visto con los ojos de hoy en día, había cosas bastante graves», admite Luis Zendrera, director gerente de la Editorial Juventud y sobrino de Conchita. Nunca han sufrido la humillación de ser descatalogados, pero «bajaron las ventas y los maestros decían que no era literatura adecuada para niños». Ni ellos mismos esperaban que los retoques que aplicaron, de acuerdo con los editores ingleses y los herederos de Blyton, tuvieran tanto éxito comercial. Siguen siendo «historias sencillas que enganchan», aunque en su tercera edad atraen a lectores cada vez más niños. De unos 9 años, con el punto de ingenuidad que a los doce ya han perdido.

Esa forma un tanto drástica de adaptarse a los tiempos para seguir en el mercado es duramente cuestionada en el ámbito literario. «La mayor parte los clásicos que leen los jóvenes no pasarían la prueba de la corrección política», afirma la bilbaína Elena Alonso Frayle, autora de literatura infantil y juvenil que de niña disfrutó «inmensamente» con los libros de Blyton. Pone como ejemplo «los ideales por los que mueren los héroes de 'La Iliada', los prejuicios contra el enemigo musulmán en 'El Cid' o el imperialismo latente en 'El libro de la selva'». ¿Los volvemos a escribir? Además de que «toda obra debe ser leída en el contexto de la época», Alonso opina que partimos de un debate equivocado. «No creo que la finalidad de la literatura juvenil consista en transmitir valores al lector. Más que ofrecer respuestas, debe ayudar al lector a hacerse preguntas. No se lo demos todo hecho».

Los textos originales de la prolífica Enid Blyton, que llegó a escribir 762 libros (21 de Los Cinco, uno al año), tampoco se libran de las críticas: tramas repetitivas y poco verosímiles, lenguaje forzado, los malos siempre son extranjeros... pero tenían el mérito de enganchar a nuevos lectores. En España empezaron a publicarse en 1964, en plena explosión demográfica y sin videojuegos en el horizonte. Aquellos chavales de curiosidad infinita, acostumbrados a heredarlo todo de sus hermanos mayores, no tardaron en hacer suyos a estos personajes. «Es que no había otra posibilidad de aventura», recuerda Antonio Orejudo, que decidió explorar el pasadizo y convertirse en escritor. Él cogía estos libros en vacaciones después de comer, porque se le hacía eterna la espera hasta el primer baño, y acababa «agotado» por tantas emociones. «No me sentía un lector, era yo también el que corría, escapaba y resolvía misterios» en la isla de Kirrin.

Este año ha publicado 'Los Cinco y yo'. Una novela que no es un ejercicio de nostalgia, sino el retrato de una generación que, pese a ser multitud, «no ha tenido un papel determinante en la historia». Demasiado jóvenes para hacer la Transición y demasiado maduros para rebelarse ante la crisis, hicieron de Los Cinco «una de nuestras pocas señas de identidad», mientras en Gran Bretaña conectaron con varias generaciones de lectores. En su novela Orejudo juega a imaginar sus vidas de adultos, como en una reunión de antiguos alumnos. A Julián no le llega la nota para ser médico y estudia Farmacia. Trabaja en un laboratorio que le utiliza «para dar una imagen de rectitud de cara al público» hasta que le despide. Dick es Richard, un exmilitar «calvo y barrigón» que se dedica a desarrollar videojuegos bélicos. Georgina vive un amor lésbico en el internado y es periodista de investigación. Ana, la dulce mujercita, entra en una espiral de drogas y alcohol tras la muerte de sus padres. «Lo único parecido a una guerra que hemos vivido nosotros ha sido la heroína y el sida», reflexiona el autor.

«Demasiado blanco»

Las aulas que describe Orejudo, con cuarenta o cincuenta alumnos, se parecen a las del colegio Santa María de Portugalete donde estudió otro futuro escritor, Félix G. Modroño. Él se unió a la pandilla de Los Cinco a los doce años, cuando «devoraba» sus primeras lecturas después de los cómics y estaba «enamorado de Sigrid, reina de Thule» y novia del Capitán Trueno. Leyó las novelas al mismo tiempo que las de Los Hollister, sus grandes rivales, y se quedó con estos últimos porque «eran más realistas. A Los Cinco les ocurrían cosas extraordinarias y lo resolvían todo solos, era demasiado blanco. Lo de la niña que quería ser niño lo plantean como un elemento exótico».

El personaje de Georgina era el favorito de muchos lectores. «Pienso que era una forma de plantear temas que entonces tenían que estar ocultos», dice José Javier Abasolo, otro escritor vasco que compartió sus aventuras durante algún tiempo. Ya apuntaba maneras como autor de novela negra «y pasé directamente a Agatha Christie y Sherlock Holmes». Él defiende que los personajes de Blyton «cumplieron un ciclo y no tiene mucho sentido resucitarlos».

La autora de literatura infantil y juvenil que es ahora Mónica Rodríguez Suárez comparte esta opinión. Pero no olvida a la niña que, junto a su hermana, abría estos libros como un tesoro antes de dormir. «Incluso escribíamos nuestras propias aventuras de Los Cinco. Por supuesto, queríamos ser Georgina, valiente, curiosa, decidida, y no Ana». Esas novelas que hoy nos parecen «pobres» e imperfectas «nos abrieron las ansias de misterios, la amistad de una pandilla, la ilusión de correr juntos por los campos con un perro» y también la de seguir leyendo, incluso de escribir. Eso merece una merienda bien surtida de emparedados, pastel de carne y galletas de jengibre.

En la novela que ha publicado este año, juega a imaginar cómo trata la vida adulta a los personajes creados por Enid Blyton. Solo el perro Tim se libra de las desilusiones que implica hacerse mayor.

El chico en quien se puede confiar no cumple su sueño de ser médico y acaba decepcionado de su experiencia en un laboratorio. Se casa con su novia de siempre y tiene dos hijas «precoces en lo sexual y adictas al móvil».

A los 16 deja los estudios, «lo que más podía molestar a sus padres y a su hermano», y se enrola en el Ejército, donde ve morir a sus amigos. Pasa a la retaguardia y se dedica a desarrollar videojuegos bélicos.

Tras su paso por el internado de Ana, estudia en Oxford y es periodista de investigación. Hace reportajes para la CNN, aunque un fallido documental le lleva a perder su prestigio y acaba montando su propia productora.

La más dulce de la cuadrilla vive un cambio radical tras la muerte de sus padres. Deja los estudios y el violonchelo, se une a un grupo de rock y entra en una espiral de drogas y alcohol hasta que descubre que es seropositiva.

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