Sherlock Holmes y la máquina del tiempo

Las páginas de Lacy, un ejercicio de virtuosismo. /
Las páginas de Lacy, un ejercicio de virtuosismo.

El más famoso detective consultor de la Historia, contra el reloj

ÓSCAR GOÑI SAN SEBASTIÁN.

A los amantes de la lectura de finales del XIX y principios del XX les fascinaban las aventuras que transitaban por escenarios lejanos. Selvas inexploradas en cuyo corazón dormitaban tesoros legendarios del Rey Salomón, o los interminables hielos del Polo Norte, la última frontera, entonces. Espacio y tiempo. Qué paradoja que hoy, cuando las cuestiones de espacio ya no ofrecen tanta magia, se vuelque la necesidad de saborear el misterio hacia el tiempo, hacia ese mismo tañido de la Historia que se concentraba en el Londres victoriano.

Empezó no hace demasiado, y lo hizo como un subgénero de la ciencia ficción. El steampunk, una distopía basada en la premisa de que el desarrollo tecnológico no sucedió tal y como fue, sino que, merced a mentes soberbias y al uso del vapor, adelantos científicos asombrosos pasaron a convivir con los quinqués, los coches tirados por caballos y los sombreros de copa. Hoy se mira hacia atrás y se revisan las obras de Wells, su 'Guerra de los mundos' y, claro está 'La máquina del tiempo'. Si se une todo esto a los grandes personajes de la época, reales o no, el cóctel está servido.

Ha habido en la literatura grandes autores de los que, en verdad, nadie recuerda nada más allá de algún determinado título. Sus héroes, sus villanos, sus protagonistas o secundarios han quedado, al parecer, para siempre en el olvido. Tal vez sus páginas fueran corales. Pero otras no. Por eso, resulta imposible ignorar a un creador que ofrece a su generación y a las posteriores, por ejemplo, a un tal Sherlock Holmes.

Sylvain Cordurié (19 de mayo de 1968, Neuilly-su-Seine) no es dudoso. Su admiración hacia Sir Arthur Conan Doyle le llevará hasta él. Antes, debuta con 'Salem la noire' en 2003, pasa por el género fantástico, la ciencia ficción, hasta llegar, siete años más tarde, a las calles mojadas, oscuras y perladas de pisadas peligrosas de 'Sherlock Holmes y los vampiros de Londres'. Es el inicio de un camino que seguirá en 2011 con 'Sherlock Holmes y el Necronomicón', 'Sherlock Holmes: Crime Alleys' (2013) y 'Sherlock Holmes, las crónicas de Moriarty' (2014).

No es preciso haber leído dichas obras para comprender, a través de sus títulos, que Cordurié juega con la baraja marcada, al igual que lo han hecho muchos otros autores. Abrir el baúl de aquellos tiempos permite encontrar tanto material fascinante para los aficionados del siglo XXI, que ponerlos en el camino del detective consultor resulta inevitable. Hasta llegar al viaje en el tiempo.

Una cuestión de tiempo

Bien mirado, la vuelta de tuerca tampoco debería escandalizar al purista. En efecto, sigue siendo un arco argumental ya explorado por el steampunk más puro, aún antes de que siquiera se llamara así. Ahora bien, el hecho de que Holmes juegue determinadas bazas, ¿le permite seguir siendo él mismo? No es, evidentemente, el caso del Sherlock cinematográfico de las películas protagonizadas por Robert Downey, cuyos guiones retratan, sencillamente, a otro personaje. La cosa es que cualquier amante del detective, además de la pipa o del violín, aprecia en su personalidad superior al genio deductivo, al hombre capaz de reconstruir una vida contemplando un botón. En este álbum de Cordurié, un fantástico dialoguista, dicho talento no existe, y Sherlock, más que nunca, casi es un testigo en un espectáculo que adquiere cotas altísimas gracias a los dibujos de Vladimir Krstic-Laci (21 de febrero de 1959, Serbia). Decorador de prestigio, debuta profesionalmente en la bande dessinée con 'Le celeste noir' en 2008, precisamente con guiones de Cordurié, aunque la serie prevista no tendrá el éxito esperado y solo publicará una entrega.

En todo caso, parece claro que Laci gusta del esplendor victoriano y de colaborar con aquel, porque los vampiros de Londres mencionados ya cuentan con sus dibujos. Y en 'Los viajeros del tiempo', son soberbios.

Puede que el artista nacido en la antigua Yugoslavia no tenga mucho que ver con otros que han ambientado la época o las calles como Olivier Legrand o David Etien, porque su espíritu es diferente. Más oscuro, más concentrado en lo que ocurre dentro de la acción y menos en su entorno. Así, la definición de sus personajes es muy buena y su gesticulación excelente, más considerando las páginas centradas en el diálogo, que se sostienen a la perfección. Las planchas de los dos tomos que Yermo ofrece en uno solo a fin de procurar al público la obra completa, deslumbran. Incluso la tecnología manejada en el viaje en el tiempo encaja sin estridencias rodeada de ropajes absolutamente respetuosos con la época.

'Sherlock Holmes y los viajeros del tiempo' es aventura. Que dicho tiempo invertido en su lectura va a ser más que placentero, parece claro. En caso contrario, siempre cabe buscar una máquina capaz de retroceder y borrar ese momento. ¿O ya ha existido y tal idea es, en sí misma, un imposible?

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