Los relatos perdidos de Scott Fitzgerald

Los relatos perdidos de Scott Fitzgerald
ILUSTRACIÓN IVÁN MATA

SANTIAGO AIZARNA

Acaso sería cosa de considerar (o aceptar) estos relatos de Scott Fitzgerald como muy importantes para recomponer o completar su pergeño literario. Quedaría así, creo, mejor establecida o, al menos mejor conocida, su proyección literaria.

De su DNI -como figura en la solapa de este libro—por si hubiere algún lector que no lo supiera aunque parezca que ello fuera imposible, se recuerda que «Francis Scott Fitzgerald (St. Paul, Minnesota, 1896- Hollywood, California, 1940) estudió en la Universidad de Princeton, se alistó en el ejército durante la Primera Guerra Mundial y publicó su primera novela 'A este lado del paraíso', en 1920»; que «ese mismo año se casó con Zelda Sayre, y durante la década siguiente la pareja repartió su tiempo entre Nueva York, París y la Riviera»; que «Fitzgerald fue una voz literaria nueva de gran importancia, y entre sus obras maestras se cuentan sus relatos, 'El gran Gatsby' y 'Suave es la noche'»; que «murió a los cuarenta y cuatro años de un ataque al corazón en Los Ángeles mientras trabajaba en 'El último magnate'; y que, su narrativa le ha granjeado su fama como uno de los escritores americanos más importantes y queridos del siglo XX».

Sin tener que recurrir a esta escueta semblanza, cualquier aficionado al cine sabe también cómo tuvo que habérselas con este medio, sobre todo por el motivo nada banal en su caso pero sí en cambio tan venal, de su porfiada batalla con la falta de dinero aun en los extractos más bajos -algo sin duda muy contrastante al mismo tiempo que constante y consternante—de ésa su guerra capital.

De esta circunstancia escribe varias veces Anne Margaret Daniel, la responsable de la edición y prólogo de este libro, en párrafos tales como cuando nos informa de que «la mayoría de estos cuentos fueron escritos en días en que los Estados Unidos de América y el mundo sufrían la Gran Depresión. Los ingresos de Fitzgerald, tan altos pocos años antes, habían descendido con los del país. A menudo se encontraba enfermo, en bancarrota, moviéndose sin sosiego entre la zona de Baltimore —donde Zelda y él se habían establecido con su hija, Scottie— y distintos sanatorios en las montañas de Carolina del Norte. Tras una crisis nerviosa en Europa, en 1930, Zelda fue hospitalizada en la Phipps Psychiatric Clinic del Johns Hopkins Hospital de Baltimore en febrero de 1932. Zelda pasaría el resto de su vida, y de la vida de Fitzgerald, saliendo y entrando de clínicas y hospitales privados, muy costosos. Fue inmensa la presión que Scott asumió de ganar el dinero necesario para pagarlos. Desde principios de 1935, también la salud del propio Fitzgerald se convirtió en un motivo de preocupación y, a pesar del miedo a que se le volviera a declarar la tuberculosis que le habían diagnosticado en su juventud, complicaba las cosas fumando y bebiendo en exceso».

Y, en cuanto a lo que le suponía escribir esos relatos o arrostrar el problema del mucho tiempo que podría costarle escribir una novela, se hace saber que «los cuentos fueron, desde el principio, el principal sustento de Fitzgerald. Cuando el rector de Princeton, John Grier Hibben, le escribió para quejarse, entre otras cosas, de que caracterizara como superficial al mundo universitario «en su cuento 'Los cuatro puñetazos' (1920), Fitzgerald replicó: «Escribí el cuento una tarde, desesperado, porque tenía un montón de originales rechazados de casi un palmo de alto y me era financieramente necesario darles a las revistas lo que querían».

Darles a las revistas lo que querían: «ése fue el manual de Fitzgerald como escritor joven, y perseveró en esa actitud, muy lucrativa, a lo largo de los años veinte. Vendió su obra a cambio de dinero con plena conciencia de lo que hacía y de lo mucho, y rápido, que podía conseguir con los cuentos, en oposición a esperar a terminar una novela para plantearse su publicación por entregas».

Le interesa mucho al lector enterarse, letra por letra, de lo que se dice en esta Introducción de Anne Margaret Daniel, puesto que resulta ser valiosa guía ante los dieciocho cuentos de los años 30 recogidos en este libro y esa previa lectura servirá para dar mayor libertad a la hora de leer, al mismo tiempo que enterarse del gran caudal de datos que en las notas añadidas va enriqueciendo su mensaje que, para mayor comodidad, nos informa que son «textos recientemente descubiertos» y, en muchas ocasiones, «moldeados sobre materiales autobiográficos: lo son los que inspiran 'Pesadilla', 'Qué hacer' o 'Ciclón en la tierra muda', cuentos respectivamente ambiguos, excéntricos y cómicos sobre hospitales psiquiátricos como los que albergaron a la esposa de Fitzgerald, Zelda; lo es la anécdota de partida de la cruda pareja 'Pulgares arriba' y 'Cita con el dentista', extraída de la historia oral familiar; y lo son, desde luego, las múltiples referencias cinematográficas que permean estos cuentos», que «abrazan la sátira, el humor físico y otras múltiples formas de la comicidad junto a textos que al estilo chispeante y agilísimo de Fitzgerald, a su ingenioso despliegue de réplicas y contrarréplicas y a la ligereza luminosa y elegante, la desafiante libertad, que envuelve sus personajes y escenarios, añaden notas de oscuridad imprevista y osada: la de la locura, la de la guerra y la del suicidio; la del alcohol, la enfermedad y el desamor...».

Toda una declaración de virtudes literarias de un gran autor expuestas por una persona que ha corrido con el trabajo tan prolijo como gozoso de exponernos lo mucho y lo hondo que respecto a estos relatos ha ido descubriendo.

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