Los cuatro primeros toros de una corrida de Cuadri con su cuajo habitual se jugaron sin demoras ni sobresaltos. El primero se movió con suavidad nada común en la ganadería -«deslizarse», dijo un día un torero relevante- y Paulita, fijo en los carteles de Cuadri en Azpeitia, le dio trato delicado. No solo los golpes de natural torería -es un torero que no pega ni voces ni pisotones-, también una seguridad llamativa. Aparente facilidad.

Un breve tanteo antes de meterse Paulita en la boca del lobo y, enseguida, una faena de sencillas pautas: series de tres y el cambiado de remate, bien dibujadas por la mano derecha, apurado el único intento por la izquierda. Aunque descolgó, no humilló el toro, que fue, a cambio de eso, noble de verdad. A espada cambiada, todavía se animó Paulita a redondear faena con una última tanda de naturales de excelente trazo. Como si fueran dos faenas dentro de una sola. Como si sintiera el torero de Alagón que se había dejado pendiente una deuda con su mejor mano, que es la izquierda. La igualada y una estocada. Después del paseo le habían entregado a Paulita el trofeo de triunfador -la mejor faena- de la feria de 2016. Y ahora una oreja muy legítima.

Todavía estaba fría la gente. Nadie contaba con que un toro de Cuadri -ese primero- y otro más -el segundo- fueran a romper con son, si no pastueño porque la casta densa late siempre, sí muy regular o de fiar. Ni las embestidas en tromba y celosas tan del toro entregado de Cuadri, ni las tardas reservas del que no se da. Sino todo lo contrario.

El segundo cuadri fue uno de los tres de envío más cerca de los 550 kilos que de los 600, cota que superaron los tres últimos de sorteo. Y, sin embargo, en seriedad de hechuras pasó por delante a todos los demás. Badanudo, anchísimo y pesado el colgajo que casi llegaba al suelo, pechos para dar y tomar, un cuello formidable, y unos remos finísimos que parecían tener de milagro tanta caja. Muy alegre de salida, se enceló en la primera vara, mucho tiempo pegado al peto, y cobró duro una segunda. Entonces se aplomó, pero solo pasajeramente, pues en los medios, donde estuvo trabajando Alberto Lamelas de principio a fin, se empleó sin reservas pero con el aire del primero: protestando y cortando por la izquierda, largo el viaje por la diestra. Una tanda ligada en redondo fue el logro mayor de una faena cargada de pausas pero bien celebrada. Una estocada trasera, un aviso -el primero de los cuatro que iban a oírse en una tarde interminableH y cuatro descabellos. Los dos primeros cuadris fueron muy aplaudidos en el arrastre.

El signo cambió de repente. Un tercero acucharado y escobillado, de aire brusco y pegajoso, sangrado en el caballo, tardo y mirón. Nunca había matado el colombiano Sebastián Ritter una de Cuadri y, sin embargo, sorprendió con su soltura para manejar el toro y caso rendirlo. El valor de Ritter está sobradamente probado, y acreditado en plazas como las Ventas o la Maestranza, donde debutó muy precozmente. Lo que sorprendió fueron el sitio y las soluciones, la compostura firme de verdad, el encaje. Y el ajuste también. A toro rendido y espada cambiada, una segunda faena dentro de una sola. Como acababa de hacer Paulita, pero mucho más profusa, con cambiados intercalados del repertorio de Roca Rey que asustan a la gente y la levantan, y eso a toro revoltoso que se había enterado antes de la rendición. Una estocada baja fue un borrón.

El cuarto, inmensa mole de pinta colorada, recibido con un ¡oooh! de admiración puso a prueba los recursos de Paulita con el capote: una serpentina para librarse de un ataque al cuerpo, y un raro recorte de alta escuela. También este cuarto entró en el cupo de los nobles, consintió a Paulita cruzarse al pitón contrario y hasta dibujar dos pases de pecho extraordinarios, y una faena de buena rima pero de solo tentativas por la mano izquierda. De nuevo fue el caso de las dos faenas en una, pero ahora mejor la primera parte. No entró la espada: dos pinchazos, media tendida, cuatro descabellos. Un aviso.

Luego, entró en barrena la cosa. El quinto, que se había lastimado en el desencajonamiento, asomó derrengado y fue protestado por quienes estaban en el secreto. Lo devolvieron tras muchas dudas. No estaban preparados los bueyes y el toro devuelto se estuvo sus diez minutos o más solo en la arena mientras en la tramoya de corrales iban y venían gente de corrales. Al fin se abrió la puerta de toriles y la enfiló el toro pero para quedarse en el umbral. Fue providencial el capote de Diego Valladar desde el callejón para convencer al toro. Se había hecho de noche y desfilaron algunos. Cuando asomó el sobrero, que cortó en banderillas y forzó un tercio pesadísimo, se llevaban dos horas y cuarto de función. Lamelas estuvo muy arrojado con el toro, se sobrepuso a una voltereta, volvió a prodigarse en pausas y se hizo aclamar en pasajes del repertorio popular. Con el sexto, el más apagado de la corrida, Ritter acreditó de nuevo méritos de torero de gran firmeza, pues, parado en seco, no dejó de medirlo el toro. Ni pestañear. Casi a tenaza brotaron muletazos caros y difíciles sacados desde el hocico, Y ahora sí entró por derecho la espada. Un debut muy interesante.

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