El cine se rinde ante el guionista de la calle

Homenaje a Rafael Azcona en en Madrid. /Zipi (Efe)
Homenaje a Rafael Azcona en en Madrid. / Zipi (Efe)

Carlos Saura, José Luis Cuerda y los hermanos Trueba recuerdan al gran guionista español a diez años de su muerte

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Una vez franqueado el paso hasta el interior de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, se reconoce al actor Juan Echanove, solitario y reclinado sobre una mesa alta. Hace tiempo, o espera a alguien, para entrar a la sala de cine, con capacidad para unas 180 personas, donde se conmemorará el décimo aniversario de la muerte de Rafael Azcona, guionista de grandes películas del cine español, como 'El pisito' o 'Belle époque'. Protagonista en las sombras de medio siglo de industria cinematográfica española. Trabajó con Luis García Berlanga, Marco Ferreri, Fernando Trueba, José Luis Cuerda, Carlos Saura, Bigas Luna, entre otros.

Es un homenaje discreto, a pesar de la presencia de varios de estas figuras del cine. «A Azcona no le hubiera gustado un acto como éste», afirma Manuel Vicent. «Qué bien resbalan los elogios sobre la piel resbaladiza de los muertos». No hay alfombra roja y sí, un altar de libros, deuvedés y latas de películas de cine con el cartel de 'Plácido', película que se proyectará, después de las palabras que sus amigos le dedicarán esta tarde. Más o menos puntual, entran los hermanos Trueba, Saura, Cuerda y Vicent acompañados por los anfitriones. «Eran como una familia, con Fernán Gómez», asegura un canoso espectador anónimo, uno de los primeros en llegar para colocarse en primera fila, y observa: «Todos hombres, una cuadrilla». Todavía hay asientos vacíos.

Los invitados se acomodan en las primeras tres filas reservadas para ellos. Juan Diego grita «Alvarito», y un hombre de más atrás se incorpora y se estrechan las manos. Entre ellos se encuentra Susan Youdelman, la viuda de Azcona. No hay acto de veneración que se precie sin las frases de costumbre: «Si hubiera nacido en otro país se le rendirían más homenajes», «Me hubiera gustado hablar de él en vida pero este país es así» o «A quien corresponda, un ministro o alguien, le digo: cuide su obra». Aquí no faltaron. Tampoco, por fortuna, las anécdotas de sus ocurrencias, muchas de ellas plasmadas en sus guiones. «Estábamos en el entierro de Julio Alejandro (guionista de películas como 'Viridiana' y 'Tristana')», recuerda David Trueba. «Se querían esparcir sus cenizas y sembrar una encina. Pero nadie pensó que había que cavar un hueco. Después de las oraciones, se preguntó, como si tal cosa: alguien tendrá una pala. Nadie. Una monja, que era familiar del muerto, dijo: 'Yo tengo algo que podría servir, y abrió su cartera' y sacó una navaja así de grande (al menos treinta centímetros). Rafael me dijo: 'Mira, éso es lo que el cine español no es capaz de retratar'. ¿Y sabes por qué tiene esa monja esa navaja? 'No', le contesté, y él me dijo: '¡Por las violaciones!'»

En su turno, José Luis Cuerda llora en el estrado. «Regalaba muchas cosas, me regaló esta corbata», bromea al principio. «Decía que los guionistas eran como las putas. Que trabajaban para satisfacer al cliente. Pero él redactaba un primer borrador, lo daba a los productores, les escuchaba y después escribía una segunda versión, que daba por buena. Me apuesto la vida que así no trabajan las putas».

Dicen que Azcona se fijaba en los mendigos de la calle, que no comía con los directores en plena producción ni con los distribuidores, que siempre preguntaba cómo empezaba y cómo terminaba la idea de un relato antes de aceptar un encargo, que no tomaba notas, que se negó a hacer películas con Alfredo Landa, que era del Real Madrid, que utiliza mucho la expresión «aquel hombre» para iniciar una historia, que trabajaba en una cafetería. «Cuando llegué a Madrid, quise conocerlo y pregunté por él en el Café Gijón», recuerda Vicent. «Me dieron que se le veía por El Comercial. Cuando llegué sólo estaba un hombre repatingado en una esquina, con una servilleta en la cara. Parecía dormir la siesta. Le pregunté al camarero y me lo señaló. Vestía jersey verde de grano grueso, pantalón de pana y zapatos rudos de andar por barro. Esperé a que despertara, pero me tuve que ir antes».

También hubo polémica, aunque sin réplica, cuando Carlos Saura respondió a una exaltación de José Luis García Sánchez: «¡Azcona es un literato de categoría sólo comparable con Valle-Inclán y Cervantes!». Y en un inciso de su intervención Saura le miró y refutó: «Era un buen escritor; no tanto como Cervantes, no hay que exagerar. Creo que sólo escribió dos novelas y no recuerdo un guión de Azcona que fuera suyo de verdad».

Aunque el acto termina con los amigos de Azcona encima del escenario para la foto de grupo, queda flotando, en el ambiente, previo a que se apaguen las luces y empiece la película, esa magia del cine, un verso de Azcona, que leyó Fernando Trueba, en la segunda intervención de la tarde: «Evidencia. No hay cojones. Nos moriremos sin saber el nombre exacto de las cosas. O sea, sin enterarnos de nada».

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