Diario Vasco

Leonardo DiCaprio, la hora de la venganza

Leonardo DiCaprio, en 'El renacido'.
Leonardo DiCaprio, en 'El renacido'. / Archivo
  • El actor se dispone a ajustar cuentas con la Academia de Hollywood gracias a ‘El renacido’, la odisea de un trampero del siglo XIX dirigida por Alejandro González Iñárritu

La etiqueta de 'guaperas' sale cara en Hollywood. Al menos cuando uno quiere ser reconocido por sus virtudes interpretativas y no conformarse con los oropeles derivados de poseer un físico atractivo. La ‘maldición’ aquejó a leyendas de la talla de Paul Newman, quien hubo de aguardar hasta 1987 para recibir el Oscar por 'El color del dinero' (Martin Scorsese, 1986) pese a que para entonces había firmado un puñado de actuaciones que con justicia podrían haber gozado del favor de la Academia como 'La gata sobre el tejado de zinc' (Richard Brooks, 1958), 'La leyenda del indomable' (Stuart Rosenberg, 1967), 'Dos hombres y un destino' (George Roy Hill, 1969) o 'Ausencia de malicia' (Sydney Pollack, 1981). También a su buen amigo Robert Redford, que tan solo cuenta con una candidatura como actor, por 'El golpe' (George Roy Hill, 1973), y que únicamente logró levantar la estatuilla en calidad de director, por 'Gente corriente' (1980). Lo mismo que le sucedió a Warren Beatty, quien tuvo que ponerse tras la cámara para saborear la gloria, por 'Rojos' (1981). Sin ir tan atrás en el tiempo, Brad Pitt únicamente ha podido reinar en la noche más grande de la industria cinematográfica en calidad de productor de '12 años de esclavitud' (Steve McQueen, 2013). Por el camino quedaron sus opciones como actor merced a títulos como 'Doce monos' (Terry Gilliam, 1995), 'El curioso caso de Benjamin Button' (David Fincher, 2008) o 'Moneyball: Rompiendo las reglas' (Bennett Miller, 2011). A ese círculo pertenece, hasta ahora, Leonardo DiCaprio, aunque todo apunta a que, este año sí, lo abandonará.

Dos décadas lleva golpeando a las puertas del 'tío Oscar' este californiano a quien su rostro de eterno adolescente perjudicó durante demasiado tiempo. Fue en 1994 cuando el chico criado en el seno de una familia bohemia que le bautizó con ese nombre en honor al genio del Renacimiento cuya obra contemplaba su madre cuando comenzó a dar patadas en su vientre llamó por primera vez la atención de los académicos. Su interpretación de un adolescente con discapacidad mental en '¿A quién ama Gilbert Grape?' (Lasse Hallström, 1993) le valió su primera candidatura cuando contaba 19 años. Johnny Depp, por entonces en la cúspide gracias a películas como 'Eduardo Manostijeras' (Tim Burton, 1990) era el protagonista de la cinta, pero el brillo de DiCaprio opacó su actuación. Los asiduos a la pequeña pantalla le habían descubierto años antes en 'Los problemas crecen', serie en la que encarnaba a un huérfano recogido por la familia Seaver. Nuevamente, le restó foco a otro 'chico de póster' de aquella época, Kirk Cameron. Y el mismo año que despuntaba con la adaptación de la novela homónima de Peter Hedges, le mantenía el pulso a Robert De Niro en 'Vida de este chico'. Era la primera vez que se cruzaban los nombres de quien hasta entonces había sido el actor fetiche de Martin Scorsese y quien tomaría su relevo en el futuro.

'Diario de un rebelde' (Scott Kalvert, 1995) y 'Vidas al límite' (Agnieszka Holland, 1995) representaron los siguientes hitos en su filmografía. Películas arriesgadas que daban cuenta de un talento incontenible. Y fue entonces cuando se convirtió en el más deseado por las adolescentes de medio mundo. La causa, dos filmes en los que mostraba su faceta más romántica, 'Romeo y Julieta de William Shakespeare' (Baz Luhrmann, 1996) y, sobre todo, 'Titanic' (James Cameron, 1997). Este último largometraje marcó un antes y un después para DiCaprio. El arrollador éxito del 'blockbuster' amenazó con engullir a su protagonista masculino, tal y como las heladas aguas del Atlántico devoraban al Jack Dawson al que ponía rostro.

Su imagen presidía los pósters de miles de jóvenes en todo el mundo, los 'paparazzi' seguían cada uno de sus pasos y los productores se lo rifaban. El problema es que los papeles que le ofrecían eran muy distintos de los que él andaba buscando. DiCaprio, que había sufrido la 'humillación' de no ver su nombre entre las catorce candidaturas al Oscar que obtuvo 'Titanic' -sí estuvo presente el de Kate Winslet, su 'partenaire' en el filme-, ambicionaba roles más complicados, no quería pasarse la vida siendo el chico que arrebataba el corazón a la protagonista de turno. Y hubo de esperar cinco años hasta encontrar lo que perseguía.

La llamada de Scorsese

Fue en 2002 cuando dio un giro a su carrera de la mano de Martin Scorsese. El cineasta neoyorquino le alejó de la delicadeza que había permeado sus trabajos más sonados y mostró por primera vez la rudeza que habitaba en su alma. 'Gangs of New York', uno de los más descarnados retratos de esa lucha por la vida que supuso para miles de inmigrantes su desembarco en las costas estadounidenses, confrontaba a dos auténticos titanes de la actuación: Daniel Day-Lewis y Leonardo DiCaprio. La visceralidad del británico se elevaba unos cuantos grados más que la de su adversario por el control de Five Points. Pero DiCaprio había demostrado, en la piel de Amsterdam Vallon, que podía ser tan duro como el que más.

Desde entonces, este abanderado de la conciencia ecologista de Hollywood ha encadenado un puñado de papeles magistrales. Ya fuera como el pillo Frank Abagnale Jr. de 'Atrápame si puedes' (Steven Spielberg, 2001) o como el maquiavélico hombre que dirigió durante décadas el FBI en 'J. Edgar' (Clint Eastwood, 2011), ha hecho méritos más que suficientes para que un Oscar adornase a estas alturas sus vitrinas. Ni en uno ni en otro caso consiguió siquiera aparecer entre los finalistas. Sí lo logró con 'El aviador' (2004), segunda entrega de su alianza con Scorsese en la que ponía rostro al excéntrico millonario Howard Hughes; y con la quinta, 'El lobo de Wall Street' (2014), ácida radiografía de la locura que desembocó en la crisis desatada tras la caída de Lehman Brothers en la que le tocó otro personaje de armas tomar, el bróker Jordan Belfort. Por el camino habían quedado otras dos colaboraciones con el realizador de 'Taxi Driver' (1976) -'Infiltrados' (2006) y 'Shutter Island' (2010)-, ambas sin nominación para el actor, quien sí consiguió optar al premio de la Academia por 'Diamante de sangre' (Edward Zwick, 2006). Forest Whitaker le amargó entonces la noche a quien ya se sabía una vez más perdedor. Y Matthew McConaughey le arrebató la estatuilla en 2014, en una edición en la que tampoco partía como favorito.

Todo lo contrario que este año. Aferrado a su condición de 'soltero de oro', tras romper con Kelly Rohrbach, otra más en su larga lista de romances con modelos rubias de curvas imposibles, Leonardo DiCaprio afronta la gala del próximo 28 de febrero con la condición de seguro ganador, a tenor de lo que vaticinan todas las encuestas. Algo que ha logrado llevando al extremo su apuesta por los papeles complejos. Ninguno tanto como el del trampero Hugh Glass, quien regresa de la muerte con un único propósito: vengarse de quienes le abandonaron a su suerte y acabaron con su familia. Una historia, la de 'El renacido', que, todo apunta, le servirá también a DiCaprio para ajustar por fin cuentas con quienes durante demasiado tiempo le han negado el reconocimiento que tiempo ha merece.