Diario Vasco

Alejandro González Iñarritu, el imperfecto perfeccionista

Alejandro González Iñárritu.
Alejandro González Iñárritu. / Mario Anzuoni (Reuters)
  • Cineasta de geografías extremas e inquietos trayectos interiores, el director de 'El renacido' entiende el cine como catarsis

A este mexicano de voz de locutor, que quiso ser músico y que confiesa tener mejor oído que visión, le duele el cine. Como en 'El renacido' sus pantallazos resuenan, poseen eco y contienen una textura desgarrada como si cada plano fuese el último material posible antes de desaparecer el lenguaje audiovisual. Imperfecto perfeccionista, el cineasta Alejandro González Iñárritu mezcla mundos e intenciones. A veces crea retratos globales desde la intimidad y otras genera un plano secuencia de hombre obsesionado, con interminable vocación universal. Se postula tan experimental como visceral y su implicación emocional en el trabajo es la de alguien que transmite la sensación de que crece a medida que rueda. En el Festival de Cartagena del pasado año dejó claro su ADN de celuloide e imaginación, de director y creador.

"Cada vez que hago una película vuelvo a sentir el vértigo que sentí la primera vez. A tener esa sensación de no saber absolutamente nada, porque cada cinta es diferente. Es un gozo, pero también es muy intenso y hay mucho dolor en el proceso. A veces es tan duro que cuando termino una película me hago una especie de lobotomía, como una mujer que se embaraza y, luego, el parto es tan doloroso que tiene que olvidar lo que le dolió, porque si se acordara sería imposible que volviera a meterse en la cama con un hombre".

'El Negro', que cruzó el Océano Atlántico enrolado en un carguero con 17 años y viajó durante dos años por Europa y África, forjó su mirada en estas travesías hasta tocar puerto y especializarse en comunicaciones en la Universidad Iberoamericana.

Locutor y DJ de éxito en la radio musical mexicana, la música sería su primer cordón umbilical con las películas al componer para seis largometrajes de su país. Tras fundar su propia firma de producción, Zeta Films, viaja a Estados Unidos para estudiar dirección de cine. La colaboración con Guillermo Arriaga es el umbral definitivo para su inmersión en el cine. Una radiografía coral y plural de la identidad socal mexicana acabaría derivando en 'Amores perros', que le abre la puerta a premios y festivales y una nominación al Oscar. Tras '21 gramos' y 'Babel', su nexo con Arriaga se rompe definitivamente. Tras su controvertida 'Biutiful', interpretada por Javier Bardem, 'Birdman' le situó en el mapa de las estrellas al triunfar en los Oscar con cuatro estatuillas.

Mirada torturada

Con su paisano, el director de fotografía Emmanuel Lubezki, ha logrado una simbiosis de mirada y epidermis que se traduce en una pantalla química, que alumbra las criaturas y desnuda las historias. El cineasta, de presencia imponente, siempre parece dispuesto a espetar una sentencia rotunda que justifique una acción. "El miedo es el condón de la vida", soltó con naturalidad filosófica en una de sus entrevistas. En su mirada cabe siempre una implícita mirada torturada, no tanto sobre el mundo como sobre su propia condición de creador. Como Shackleton en su exploración, González Iñárritu se adentra en los obsesivos márgenes de la ambición, exprime la naturaleza del cine y traslada su carácter apasionado y su locura estética a rodajes extenuantes, físicos, casi finalistas.

Retratista existencial, submarinista de emociones, navega narrativamente sobre aguas turbulentas donde asoman cielos e infiernos humanos, radiografías sociológicas y estados de ánimo. Cineasta de geografías extremas e inquietos trayectos interiores, entiende el cine como catarsis, su lenguaje como experiencia y el hecho creativo como una ceremonia exigente, brutalmente dura, en busca de la diferencia incesante que permita vincular cine y vida.

Iñárritu milita en el exceso, en el riesgo y en ese ejercicio meticuloso que desvela un resquicio de ritmo y arte, de latido y humanismo. Volcánico demiurgo, es un cineasta que quiere más, que nunca se da por vencido. Como Niestzche carga con las pérdidas: "Lo que perdemos lo poseemos para siempre".