OTRA NOVENA MÁS

No es cuestión de repasar archivos, pero son muchas las novenas beethovenianas que uno ha escuchado, en su cuarto movimiento, al Orfeón Donostiarra, estando muy presente aquella inolvidable que se gozó en Oviedo bajo la batuta de Lorin Maazel, aquel 16 de septiembre de 2009. En nada que ver -con la salvedad del coro- con relación a la que aquí se valora.

¿Sabían ustedes que el estándar de un compact disc está fijado en 74 minutos, como homenaje a este monumento de la música universal que tiene la misma duración, y cuya partitura original figura inscrita en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO?. Pues bien este obrón llegó al Kursaal de la mano de la Fundación Excelencia, repitiendo bolo, aunque con otra batuta, del habido hace poco en el Auditorio Nacional de Madrid y, con pesar amén de sinceridad, cabe expresar que la excelencia, como superior calidad o bondad que hace digna de aprecio y estima una cosa o una persona, estuvo, tan solo en el Orfeón Donostiarra, que lleva cosida esta composición como parte de su propia piel.

Una orquesta funciona, fuera parte de su calidad, en atención a quien desde el podio la rectora y concierta y en este caso la Clásica Santa Cecilia, integrada por indiscutibles buenos profesionales, no aportó lo que de ella se podía esperar ante semejante composición de textura diversa. Así el poder escrito en el primer movimiento apenas fue patente. En el segundo resultó tenue la contundencia e imperceptible las variantes de velocidad. El adagio molto cantabile del tercero quedó solo en un mero trasunto de su importancia para desembocar en el cuarto, que, estando el Orfeón Donostiarra presente, funciona casi solo. No existe duda alguna que José Antonio Sainz Alfaro es un magnífico preparador de coros; de ahí a estar con la debidas potencias concertando y dirigiendo esta obra (dos conceptos distintos y, a la vez, complementarios) hay un trecho pero que muy largo. Pero dejémoslo ahí, tan solo para constatar la valoración anteriormente hecha sobre la orquesta. ¡Una novena de plastilina!

El cuarteto vocal de solistas llevó a cabo un trabajo notable, pero sin más aditamentos de bondad. Quiza estuvo seguro en su entrada 'O Freunde, nicht diese Töne', pese a que su tesitura no es la más adecuada para las exigencias que requiere la partitura, pese a estar dorado de una excelente proyección. Borrallo, de hermosos timbre, apenas destacó en su solo 'Froh, wie seine Sonnen fliegen' sobre el poderoso coro. Solís y Zubillaga cumplieron bien.

Y llegó el cuarto movimiento, el grandioso recitativo, ese que hace que, nada más sonar los primeros compases, los melómanos cercanos se miren unos a otros en señal de complicidad de conocimiento. Ese que constituye, desde 1972, el himno de la Unión Europea, en versión de Karajan. Y allí estaba el Donostiarra, en pie, cual granítico peñasco, para darlas todas y ¡vive Dios! que las dio. Desde el allegro assai 'Wen der grobe Wur gelongen', dejándose mecer por la doble fuga, hasta romper los esquemas de la vulgaridad y entrar en los campos de la sublime potente elegancia del allegro energico, sempre ben marcato de 'Seid umschlungen. Millionen' ¡Uf, qué gozo! ¡Qué empaste de voces! Qué sabiduría cantando toda una oda lirica a la alegría, a la libertad, como bella chispa divina, tal como termina el texto de la obra.

El Orfeón, durante su concierto ayer en el Kursaal de San Sebastián. / LOBO ALTUNA

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