Épica e intimismo a tumba abierta

Pablo López se dejó el alma en el escenario y derrochó complicidad con el público. /PEDRO MARTÍNEZ
Pablo López se dejó el alma en el escenario y derrochó complicidad con el público. / PEDRO MARTÍNEZ
JUAN G. ANDRÉS

Pablo López debutó anoche en un atestado Kursaal que llevaba dos meses con el aforo completo, proeza al alcance de muy pocos. El malagueño cantó y tocó el piano junto a su banda (bajo, guitarra y batería) para una audiencia intergeneracional: había niños con sus padres, chicas jóvenes con sus parejas y espectadores adultos de toda clase y condición... Todos vibraron durante la presentación de su tercer álbum, 'Camino, fuego y libertad' (2017), repasado casi en su integridad comenzando con 'El camino' y 'El niño'.

En 'Vi' llegó el primero de muchos momentos de locura fan. Una chica se subió al escenario para darle un abrazo y él le correspondió: «Quizá yo necesitaba más tu abrazo que tú el mío». Zalamero hasta la médula, amagó con una «orgía de abrazos» para todas y continuó con 'Ven' antes de abandonar la trinchera del piano por primera vez para dirigirse al público desde el centro del escenario. Varias veces pidió encender las luces del auditorio para contemplar a la feliz muchedumbre y no escatimó en piropos para la ciudad -«Es una puñetera locura»- ni para sus seguidores -«Ustedes me hacen libre»-. El público se levantó en numerosas ocasiones de la butaca y devolvió las lisonjas al músico con gritos tan diversos como «¡Guapo!», «¡Viva la madre que te parió!» o «¡Sube aquí y verás!»

'El patio' tuvo cierto aire a número de musical, 'El teléfono' sonó en un punto intermedio entre Sabina y Jamie Cullum y en 'Lo imposible' recomendó vivir con la intensidad de las primeras veces al tiempo que saludó a amigos presentes como Álex Ubago o Ainhoa Arteta. Entre otras piezas antiguas sonaron 'Hijos del verbo amar', 'El mundo' o 'Suplicando', muy celebradas por los 'pablievers', aunque las intercaló con otras nuevas como 'El gato', 'La dobleuve', 'El futuro' y 'La libertad'. Ninguna requirió de presentación porque sus admiradores las reconocieron al instante y las cantaron con fervor de karaoke animado por un potentísimo diseño de luces.

Pablo López improvisó un bis que realmente no estaba en el guion y casi pidió permiso para repetir 'El patio', esta vez solo al piano. «Lo necesito», advirtió. Fue entonces, en su desnudez, cuando demostró que su pop puede tener un punto edulcorado e incurrir en fórmulas a veces facilonas, especialmente en lo referido a las letras, pero nadie le puede negar tener una voz propia que trasciende holgadamente su pasado como 'triunfito'. Toca el piano con una extraña mezcla de intimismo y épica, y canta siempre a tumba abierta, como hizo en el tramo final de 'Lo saben mis zapatos', cuando su voz sonó sin necesidad de micrófono en una sala mágicamente iluminada por las linternas de 1.800 smartphones. Con la potente banda de regreso se despidió al ritmo de la obligada 'Tu enemigo' -la del dueto con Juanes- cuyo estribillo flotaba en el aire cuando las luces se encendieron y el ahíto público iniciaba el retorno al hogar.

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