Con cierto desconcierto

Algunos espectadores tienen en los festivales su forma preferida de ver música en directo, como el Kutxa Kultur Festibala celebrado en el Hipódromo en septiembre./PEDRO MARTÍNEZ
Algunos espectadores tienen en los festivales su forma preferida de ver música en directo, como el Kutxa Kultur Festibala celebrado en el Hipódromo en septiembre. / PEDRO MARTÍNEZ

¿Hay demasiada oferta de música en directo en Donostia? Se han producido 'pinchazos' este año, pero también muchos llenos

RICARDO ALDARONDOSAN SEBASTIÁN.

No son los tiempos en que con frecuencia se llenaba el Velódromo con grandes figuras del rock, pero San Sebastián y su entorno vive una efervescencia de otro tipo de música en directo. Basta con mirar la agenda casi cualquier día, incluso entre semana, para encontrarse uno o varios conciertos sucediéndose y hasta solapándose, ya sean para pequeñas audiencias en los hiperactivos bares con escenario, o para centenares en las butacas de teatros y auditorios.

Pero, ¿responde esa infatigable oferta a la demanda? ¿Se llenan todos los conciertos o también hay sonoros 'pinchazos'? En esa vorágine, buena y estimulante en un principio, también se ha dado un cierto desconcierto a lo largo de este año: en el terreno jazzístico, Pat Metheny llenó el Kursaal y en cambio otro mito como Chick Corea hubo de ser reubicado en la sala de cámara, con entrada discreta. Los Planetas se quedaron en dos terceras partes del aforo y en cambio Loquillo sí llenó el auditorio. Ken Zazpi lo abarrota un año tras otro. Vicente Amigo llenó con facilidad el Victoria Eugenia, cuando no parecía tener tanto tirón. En un mismo día, el 18 de noviembre, hubo 'sold out' en tres conciertos al mismo tiempo: Nuevo Catecismo Católico (Centro Cultural Intxaurrondo), Taburete (Bataplán) y Rural Zombies (Dabadaba). No se podrá tomar como síntoma, pero puede inducir a una euforia que en realidad viene y va.

Claro que todo es relativo en cuestión de llenazo, según el aforo de cada local. Y a veces agotar las entradas no es lo importante: Julia Holter se quedó con 150 personas en el Principal pero fue importante poder tener en San Sebastián a una de las artistas más alabadas por la crítica internacional en los últimos años. Y provocó no pocos entusiasmos. Esa es una labor cultural necesaria que el sector público ha de cuidar.

Buscar la coordinación

Conviene advertirlo: no hay conclusiones claras ni se sabe a qué responde exactamente el público. Hay espectadores que se quejan de tener que elegir entre tres propuestas en una noche. Pero preguntemos a los expertos: ¿Hay demasiados conciertos, a veces pisándose unos a otros? «Yo no diría demasiados, pero sí se han incrementado, hay más agentes y están haciendo una gran labor», apunta Miguel Martín, programador de Donostia Kultura y Kursaal Eszena, además del Jazzaldia. «Pero tendremos que ponernos de acuerdo, y redifinir lo que hacemos. Al menos en los teatros y auditorios lo estamos reflexionando y pronto podremos ver por donde podemos ir».

También Iñigo Argomaniz, de la promotora Get In, está por el diálogo, «que lo público y lo privado estén coordinados». De hecho, ya se ha establecido en las últimas semanas. En su diagnóstico, «tenemos en la ciudad menos artistas grandes que antes, y en cambio hay muchos pequeños y quizás el público no llega a todos. Organizamos el concierto de Taburete y en unas horas agotó las entradas. Pusimos un segundo concierto y también se agotó, pero es que quizás no hay mucha oferta para ese tipo de público y esa edad. El problema es cuando hay mucha oferta para un tipo de público. Y es importante acertar con el aforo adecuado para llenarlo».

Sergio G. Cruzado, de la promotora Ginmusica, reconoce que «quizás durante unos años ha habido un exceso de oferta en torno a la música independiente. Otros estilos como el trap, el hip-hop o el metal no se resienten tanto». Y apunta: «A veces queremos tener una oferta de calidad muy intensa pero esta es una ciudad pequeña». Lo mismo dice Argomaniz: «Esto no es Berlín ni Barcelona, y programar los días de labor cuesta, porque no hay que olvidar que la gente no vive alrededor de la música, también hay fútbol, y otros tipos de ocio y otras ofertas culturales».

«Tenemos que ponernos de acuerdo y redefinir lo que hacemos, nosotros ya estamos en ello» Miguel Martín, Donostia Kultura y Kursaal Eszena

«A veces queremos tener una oferta de calidad muy intensa, pero esta es una ciudad pequeña» Sergio G. Cruzado, Ginmusica

«No creo que influya el precio de las entradas, la cuestión está en el interés de los distintos públicos» Iñigo Argomániz, Get In

«Me parece más positivo ampliar audiencias que poner límites para acceder a las distintas propuestas» Alex López Allende, Dabadaba

A veces la venta no va como se esperaba, y hay que cambiar de local, pero para Cruzado es «un riesgo que va con el oficio de programar. Hace años recuerdo conciertos que iban al Young Play y acabaron en el Velódromo con 10.000 personas. En Madrid y Barcelona, con una densidad de población mucho mayor, se cambia de local continuamente según la demanda».

Ampliar audiencias

En el reducto del Dabadaba, con un centenar de personas de aforo, la actividad es frenética: tres o cuatro conciertos a la semana. «Es que el abanico de bandas y artistas se ha ampliado un montón. Y a muchos queremos verlos y que las gente los vea». Unos días llenan, otros muchos no, pero el conjunto de una programación continua es lo que funciona en este caso, por el efecto de la compensación. «Me parece más constructivo hablar de ampliar audiencias que de poner límites a la posibilidad de acceder a las distintas expresiones artísticas que se están dando, que son muchísimas, pero eso es bueno», propone Alex López Allende, socio del Dabadaba, uno de los bares con una programación constante, como el Doka o el Bukowski.

Centros culturales para 500 personas como los de Intxaurrondo y Gazteszena, o de 200 como Lugaritz; nuevas salas de tamaño pequeño como el Kutxa Kultur Kluba y la 'cripta' del Convent Garden donde programan diferentes agentes, además del club del Victoria Eugenia; el Bataplán reactivado para la música en vivo, y ocasionales propuestas en distintos espacios de Tabakalera, conviven con los dos teatros y las dos salas del Kursaal, entre otros locales, en el frenesí de conciertos.

¿Influye el precio de las entradas? Nadie cree que sea eso lo que hace flojear algunos conciertos, aunque Cruzado apunta que en el público muy joven, sí. Para Argomaniz «la cuestión es el interés del público. También hay cosas muy baratas que no va nadie, porque no generan suficiente interés. Y las entradas de Bruno Mars o U2 son caras, y llenan». Y desde el Dabadaba recuerdan que «vivimos en la ciudad con el PIB más alto de España y el precio de las entradas aquí es siempre sensiblemente inferior al de Madrid o Barcelona».

Se detecta también una cierta brecha generacional en los jóvenes de 18 a 25 años. Toda esa cultura gigantesca que ha predominado durante medio siglo alrededor del rock, el pop y el jazz, más o menos mezclados, parece bastante impermeable a los más jóvenes. «Está cambiando, claramente. La identidad con el punk o el rock de nuestra generación ahora la tienen con el hip-hop y el trap, que les revienta a los mayores. Es ley de vida», considera Cruzado. Alex, quizás porque en el Dabadaba también dan cancha a los raperos, ve que «los jóvenes van a lo que les interesa, y seguramente en la misma proporción que los mayores».

En esta semana propuestas tan distintas como Luar Na Lubre (en Lugaritz), la fiesta de Bidehuts (Intxaurrondo) y Jorge Drexler (sala de cámara del Kursaal) han llenado esos aforos. Parece que el exceso de oferta para la demanda es solo puntual o intermitente. Concluyamos con Miguel Martín en que «hay que seguir ofreciendo una buena programación, con capacidad de elección y que el público considere interesante».

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