Magritte, ilusionista y filósofo

René Magritte, junto a una de sus obras más icónicas (arriba). /MUSEOS REALES DE BELLAS ARTES DE BÉGICA
René Magritte, junto a una de sus obras más icónicas (arriba). / MUSEOS REALES DE BELLAS ARTES DE BÉGICA

La obra del pintor belga, un sofista con disfraz de surrealista, mantiene vivo su influjo medio siglo después de su muerte

MIGUEL LORENCI MADRID.

Incluso quienes saben poco o nada de René Magritte (Lessines, 1988 - Bruselas, 1967) reconocen los cuadros de este circunspecto artista belga del bombín, el traje negro y la media sonrisa. El pintor de la pipa que no era una pipa, de las manzanas con antifaz, los pies que son botas y las sirenas inversas, con torso de pez y piernas de mujer, era más que un pintor. Fue un filósofo disfrazado de surrealista, un malabarista de la realidad, un ilusionista del pincel que protagonizó de uno de los viajes más fascinantes del arte del siglo XX. El mágico influjo de su obra pervive medio siglo después de su muerte. Sus inquietantes imágenes son sofismas que siguen desafiando a la lógica, descolocando la mente del espectador e invitándole a cuestionarse las leyes de la lógica y la física.

Bruselas acoge en el Museo Magritte la mejor colección de este fabricante de geniales trampantojos y ofrecerá en otoño una gran retrospectiva con las piezas más icónicas del creador de un mundo original, propio, reconocible y cuyo influencia persiste en una legión de sucesores e imitadores. «Esta más vivo que nunca», asegura Michel Draguet, director del museo que atesora 250 obras de las más de 2.000 que pintó Magritte. La exposición abrochará el año Magritte que abrió el Pompidou en París y será una nueva prueba de la universalidad y vigencia de su enigmático humor metafísico. «La gran lección de Magritte es la necesidad de cuestionarse las cosas, la libertad para reinterpretar permanentemente la realidad, algo esencial, y más aún en nuestros días», sostiene Draguet.

Fue Magritte un surrealista atípico e indisciplinado. Tanteó antes el impresionismo el cubismo, el orfismo, el futurismo y hasta el suprematismo, hasta que en 1922 la llama surrealista iluminó su imaginario. El detonante fue 'La canción de amor', una pintura de Giorgio de Chirico, creador metafísico que acabaría configurando con el propio Magritte y Salvador Dalí la suprema trinidad surrealista. Comenzó entonces sus pictóricos juegos de magia, las absurdas e imposibles asociaciones de objetos que hacen al espectador desconfiar de su percepción en obras como 'La túnica de la aventura' o 'El asesino amenazado'. En 1927 se establece cerca de París y participa, de mala gana y hasta 1930, en las actividades del grupo capitaneado por Breton. Traba amistad con Jan Arp, Max Ernrst, Paul Éluard y los españoles Joan Miró Salvador Dalí.

A diferencia del mundo onírico y paranoico-crítico de Dalí y del surrealismo orgánico de Miró y sus coloristas protozoos-, el ilusionismo de Magritte es mucho más directo. «El arte de pintar es un arte de pensar», decía. La sencillez aparente de sus trampas visuales le proporcionaron la etiqueta de 'surrealista mágico'. Su cuadros son sofismas que confunden la noche con el día, el reflejo de un espejo con su realidad, la majestuosidad del un águila con la de un montaña, la ligereza de un pluma o una nube con la pesadez de una roca. Dota de vida a objetos inertes y evidencia que nada es lo que parece.

El ejemplo definitivo es 'La traición de las imágenes' (1928-1929) tela en la que pinta una pipa sobre la leyenda 'Esto no es una pipa'. Fue un poema pictórico de Miró, 'Este es el color de mis sueños' (1925) el que inspiró a Magritte una serie determinante en la que comienza a deconstruir el lenguaje, sus juegos de equívocos e imposibles, y a dotar de trasfondo filosófico a su pintura que seduciría a pensadores como Michael Foucault.

Histórica retrospectiva

'La traición de las imágenes' se tituló, precisamente, la histórica retrospectiva que El Pompidou dedicó el año pasado a este surrealista díscolo, reivindicando el poder de la pintura frente a las palabra mediante un centenar de sus obras maestras. «Magritte intentó demostrar que los pintores no son idiotas y que la pintura es capaz de expresar las ideas o el pensamiento como pueden hacerlo las palabras», sostuvo Didier Ottinger, comisario de la muestra dedicada al artista.

Su enigmática obra es una de las más influyentes de siglo XX y de ella han bebido -y abusado- publicistas, ilustradores y cineastas dispuestos a dar un vuelta de tuerca a las ideas siempre seminales de Magritte. Como hizo Pedro Almodóvar en 'Los abrazos rotos' inspirándose en 'Los amantes' uno de los iconos de la obra del belga. Un pintor raro y poderoso a quien, como en su archifamosa pipa, quizá habría que etiquetar con la leyenda: «esto no es un pintor»

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