El maestro de la gruta de Ayete

El maestro de la gruta de Ayete

El arquitecto Eugene Combaz, artesano de la rocalla y genio del siglo XIX, es el desconocido autor de este elemento del parque de Ayete

Dani Soriazu
DANI SORIAZU

El parque de Ayete está ligado al nombre del jardinero bayonés, afincado en San Sebastián, Pierre Ducasse. De su mente y su trabajo surgió uno de los jardines históricos más significativos del País Vasco. Pero la obra maestra de Ducasse no sería la misma sin uno de los elementos más característicos del parque: su gruta.

El célebre arquitecto que diseñó esta estructura fue Eugene Combaz (1825-1881). Su nombre no es tan conocido en la ciudad como el de Ducasse, pero su obra trajo a Donostia una arquitectura rústica en boga en Europa durante el siglo XIX: el trabajo de los rocailleurs - cimentiers o artesanos de las rocallas. Ramas enlazadas en pretil sobre puentes románticos, montañas habitadas de cavernas y de escalones o peldaños imitando tanto la madera como la roca, cascadas que surgen de grutas erizadas de estalactitas... Aunque era considerado como un arte de rango menor, lo cierto es que la mano de Combaz no sólo se circunscribe a Donostia, sino que también se le atribuyen las estalactitas en el jardín de Buttes Chaumonnt al norte de París, la cascada de Longchamp del Bois de Boulogne,el aquarium del Campo de Marte y el del Trocadero, los tres también en la capital francesa, y las dos últimas hechas para las exposiciones universales. Ahí es nada.

Pero volviendo a su trabajo en Ayete, la gruta del parque costó la friolera cifra de 300.000 pesetas, lo que hoy en día podrían ser unos 3,5 millones de euros. Así lo recogen los historiadores Lola Horcajo y Juan José Fernández Behobide en el segundo volumen del libro ‘Villas de San Sebastián’ y que ya está a la venta. Según apuntan, tan alto coste, más del doble de lo que había costado toda la finca, posiblemente incluiría no solo la rocalla, sino el sistema de alimentación de agua, depósitos y estanques, e incluso el diseño de los jardines, supeditados a la gruata y su cascada, como puntos de mayor interés.

Historia de villas de la Belle Epoque

Hemos paseado a su lado, las vemos mientras vamos en el autobús o cuando alzamos la vista mirando a las zonas altas de la ciudad. Y aún así, no somos conscientes de la historia que encierran las paredes de las hermosas villas y palacetes que hay en Donostia. Por suerte, para los más curiosos y los apasionados por conocer algo más del pasado de la capital guipuzcoana, los historiadores Lola Horcajo y Juan José Fernández Beobide han publicado el segundo volumen del libro "Villas de San Sebastián". Un nuevo recorrido por la historia de catorce villas y palacetes, de las muchas que fueron surgiendo a lo largo del siglo XIX en las colinas de una ciudad que, por aquel entonces, se estaba consolidando como la capital balnearia del país. Pero pasear por sus páginas también supone pasear por la propia historia de la ciudad y de las gentes que vivían en ella.

"Empezamos a hacer estos libros porque tenemos una riqueza patrimonial en villas increíble", explica Horcajo, quien recuerda que en el primer volumen del libro tuvieron que dejar algunas de esas construcciones fuera y que ahora recuperan para esta segunda parte. "El éxito entre el público y la de historias que nos faltaban por contar han sido las razones que nos han llevado a crear esta nueva publicación", añade Beobide, quien recuerda que lo que se aborda en el libro no es simplemente su belleza, sino la historia que encierran sus paredes y las gentes que lo habitaron, "porque los que vivieron ahí no eran unos cualquiera". La obra está acompañada, además, de fotos poco, e incluso nunca, vistas de la ciudad, de las propias casas y también de sus propietarios.

Al gusto de los duques de Bailén

Eugene Combaz era un maestro de la rocalla en toda regla. De no haber sido así, los duques de Bailen, propietarios de la magnífica finca de Ayete, jamás le habrían contratado. Eduardo Carondelet Donado y Castaños y María Dolores Collado y Echagüe habían conocido previamente muchas mansiones de campo en sus viajes por Europa y plantearon su nuevo hogar al modo de lo que habían visto.

Su trabajo en la gruta de Ayete fue magnífico, demostrando una destreza comparable a la de un escultor, siendo verdaderamente difícil distinguir los materiales naturales de los recreados con cemento. Tal y como apuntan en la obra de Horcajo y Fernández Behobide,”Pierre Ducasse trabajaría junto a Combaz y sin duda aprendió bien la complicada técnica de la rocalla, que aplicaría años después en la cascada de la plaza de Gipuzkoa y en otros jardines particulares”.

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