La vida de Jack

Una novela perdida de Walt Whitman que combina novela, biografía, historia, descripciones ciudadanas...

SANTIAGO AIZARNA

Se pregunta el prologuista de esta obra, Manuel Vilas, dando por sentada la mítica condición de adorador de sí mismo como se suponía de que se arrogaba el gran poeta americano Walt Whitman (1819-1892) y considerado un tanto así en esas latitudes astrales o consideraciones personales por el mundo entero que «¿Cómo no adorar a un hombre que se adoraba a sí mismo?».

Pregunta que, según como se tome y desde según qué aspecto o punto de vista, puede que tenga sus razones para ser formulada. Para su consolidación, valen sobremanera las afirmaciones y referencias que ese mismo prologuista nos ofrece en las siguientes líneas: «La vigencia de Walt Whitman es la misma que la del amor. Whitman fundó América y fundó el entusiasmo y Ia alegría. Todos los artistas americanos le deben algo, todos los escritores estadounidenses son hijos de Walt Whitman. Pero también le debe la cultura popular. Elvis Presley también es un hijo de Whitman. También lo son Johnny Cash, Woody Guthrie, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Patti Smith y Lou Reed. Le deben Pound, Eliot, Fitzgerald, Hemingway, Kerouac, Ginsberg, Roth, Carver, Bukowski, Foster Wallace. Incluso la Coca-Cola es hija de Walt Whitman, y por supuesto, Andy Warhol o Jeff Koons. En todos está Whitman, porque Whitman se inventó los Estados Unidos de América. Se inventó la forma de mirar América. Hizo un pacto de exaltación de la vida que se encarnó en tierra, agua y viento americanos. Exaltó la vida de una manera nueva e hizo que esa exaltación se llamara América».

Pese a ser ingente este peso honorífico acumulado sobre las espaldas del Gran Whitman por éste su prologuista, no hace falta insistir en que es una nota compartida por grandes poetas de resonancia mundial, digamos, por un decir, que por la famosa Oda de Rubén, que le señala «bello como un patriarca, sereno y santo» y que «tiene en la arruga olímpica de su entrecejo /algo que impera y vence con noble encanto»; y es a paladas de poesía como le reviste: “Su alma del infinito parece espejo; son sus cansados hombros dignos del manto; y con arpa labrada de un roble añej como un profeta nuevo canta su canto.Sacerdote, que alienta soplo divino,anuncia en el futuro, tiempo mejor. Dice al águila: «¡Vuela!», «¡Boga!», al marino,y «¡Trabaja!», al robusto trabajador.¡Así va ese poeta por su camino con su soberbio rostro de emperador!»

Y dejamos al margen a Lorca, Neruda, etc, que sobrenadan también en ditirambos, y al margen de esas apelaciones, aprovechemos las que sigue ofreciendo con debido respeto el prologuista, quien entre otros laudes nos recuerda cómo 'George Steiner dijo de Franz Kafka que tenía la fuerza de los fundadores de religiones. Whitman la tuvo antes que Kafka. Whitman no es exactamente un gran poeta. Grandes poetas hay muchos. Whitman es el Dios de la poesía. Kafka no es un gran novelista. Grandes novelistas hay muchos. Kafka es el Dios de la imaginación. Nunca le interesó a Whitman ser, simplemente, un gran poeta. En su época hubo muchos grandes poetas a quienes hoy no leemos. Su ambición era más perniciosa y oscura y frenética. Su ambición fue inventarse la vida, una vida como nadie la había sabido decir antes. Se hizo el vagabundo, el caminante por toda América, el contemplador primero de la belleza de los Estados Unidos. Vio la naturaleza y se convirtió en ella. Vio la fundación de las ciudades del Norte. Escuchó el crecimiento de Manhattan. Su destino fue errar por todos los pueblos, ríos, bosques, praderas, montañas, valles, populosas ciudades de América. Y amarlo todo. Porque amarlo todo era la manera de estar en paz con todo. Los primeros y mejores lectores de “Hojas de hierba” quedaron hechizados. No estaban únicamente ante un gran poeta. Estaban ante una vida que nunca habían imaginado. La vida misma cambió desde la aparición de Whitman. Muchos hombres de letras americanos le insultaron por su atrevimiento, su sexualidad o por lo que ellos consideraban ignorancia, otros lo silenciaron. El único intelectual que elogió esta poesía fue Ralph Waldo Emerson. Especialmente sangrante fue la miopía de Henry James. En realidad, todos eran unos puritanos y tenían una visión aristocratizante de la literatura, y lo peor es que ni lo sabían. Pero Whitman, como la vida, venció'.

Los elogios, encomios, honras, apologías, etc, no tienen fin tratándose de Whitman, por lo cual tampoco es de extrañar que emerja como una sutil flor de asombro el descubrimiento de una nueva obra perdida del autor de «Hojas de hierba», ya que es todo un acontecimiento, a lo que se añade el propio valor del texto porque este cuaderno intitulado «Vida y aventuras de Jack Engle», puede ser, como lo es, una novela (encantadora); una biografía (interesante); una panorámica de una ciudad en un tiempo determinado (historia); una radiografía personal, etc, etc, etc. Un gran descubrimiento de un breve libro que encantará a todo el que lo lea por sus muchos y grandes valores, por la ocasión de asistir a este acontecimiento en primer lugar; a informarse de sus grandes valores también tanto por los del propio libro como de los inmensos que rodean a la magna personalidad de su autor.

Y, una encarecida addenda a este comentario: en contra de lo que tantas veces sucede, no se pase por alto el prólogo: ¡Vale la pena leerlo! ¡Hasta morosamente!...

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