El viaje del hijo del aizkolari

El escritor baztanés regresa al territorio de sus orígenes en 'El lenguaje de los bosques', una reivindicación del acervo cultural vinculado a los árboles

Patxi y Hasier Larretxea posan para esta fotografía./PAOLA LOZANO/MIKEL FRAILE
Patxi y Hasier Larretxea posan para esta fotografía. / PAOLA LOZANO/MIKEL FRAILE
BORJA OLAIZOLA

Hasier Larretxea (Arraioz, 1982) huyó a Madrid hastiado del ambiente cerrado que respiraba en el pequeño pueblo del Baztán en el que transcurrió su infancia y su juventud. Hijo mayor de Patxi Larretxea, leñador profesional y baluarte de una dinastía de referencia en el mundo de los herri kirolak, Hasier se rebeló contra el destino que la tradición le había reservado y buscó refugio en la literatura. Su traslado hace doce años a la gran ciudad para labrarse su propio camino como poeta y vivir sin aspavientos ni humillaciones su condición de homosexual le valió la incomprensión de su entorno y el alejamiento de su padre. Larretxea, que en los últimos años ha ido recortando la distancia que le separaba de su progenitor, sella ahora la reconciliación definitiva con su familia y su territorio con 'El lenguaje de los bosques', un libro con una marcada impronta autobiográfica en el que reivindica el universo de su infancia.

«Para volver primero hay que marcharse», escribe Larretxea en 'El lenguaje de los bosques'. El poeta completa con su última obra el viaje que emprendió cuando dio la espalda a su pueblo natal y se mudó a Madrid: «Yo escribía desde la adolescencia, pero cuando me marché de Arraioz fue como romper un techo de cristal. La distancia me ha dado la oportunidad de forjarme otro yo, de empezar desde cero en la gran ciudad con todos sus recovecos y dificultades, me ha facilitado la oportunidad de reflexionar primero a través de la poesía y luego a través de la narrativa. Ahora he sentido la necesidad de regresar al universo en el que crecí a través de la escritura porque es un territorio muy rico en historias de supervivencia y de superación, lleno de mitología y con material literario fresco y abundante».

Acostumbrado a camuflarse entre las sombras de sus poemas, Larretxea ha tenido que salir a campo abierto para describir el territorio de su infancia y sus relaciones con sus padres. «Hasta ahora había publicado sobre todo poesía y me sentía muy cómodo escribiendo. En este libro, sin embargo, quería recoger la historia de mi padre, su relación con el mundo de los bosques y de la madera, las historias de contrabandistas, almadieros o de carboneros del mundo de donde yo vengo... Tenía tantos senderos a explorar que me llegué a bloquear porque no quería que fuese un libro científico o etnográfico, buscaba un equilibrio entre todos los testimonios que había recogido y mi propia mirada literaria».

«Mi padre siempre ha dicho que uno nunca sale del bosque igual que entra, que algo te cambia»

Enfrentado por primera vez al síndrome de la página en blanco debido a ese bloqueo, el poeta recurrió a fórmulas poco habituales para superarlo. El pasado verano, por ejemplo, se plantó en medio de un hayedo de Burguete con sus útiles de escritura en un afán de tomar el pulso del bosque en riguroso directo. «Me lo propuso un amigo y fue una experiencia muy bonita. Se lo comenté a mi padre y en un santiamén me hizo una mesa con cuatro tablas que instalamos en medio del bosque de Bidausi, cerca de Burguete».

Mausoleos

El silencio espeso y las penumbras de su umbría facilitan la identificación del hayedo con un recinto sagrado. «Los bosques son lugares para dialogar con uno mismo, tienen algo de mausoleos o lugares espirituales que propician la reflexión. Mi padre siempre ha dicho que uno no sale del bosque igual que entra, que siempre hay un proceso de limpieza y de diálogo interno. El bosque curte y fortalece tanto física como mentalmente».

El libro tiene mucho de reivindicación de la naturaleza. «'El lenguaje de los bosques' surge sobre todo de las conversaciones que he tenido con mi padre, que toda su vida ha estado vinculado a los árboles y es un hombre de los bosques. En los doce años que llevo en Madrid me he dado cuenta de que las grandes ciudades delimitan la vida con sus horarios y sus compromisos, de que todo va muy rápido y de que surgen un montón de achaques psicológicos por el estrés y los contratiempos. Los bosques son en ese sentido el contrapunto necesario para hallar la energía que necesitamos cuando estamos con las baterías bajas».

El poeta reivindica también la sabiduría acumulada durante siglos por las gentes que han vivido en contacto permanente con el bosque. «Repaso historias de leñadores, de almadieros, de carboneros..., personas que son depositarias de unos conocimientos antiguos que se van perdiendo porque no hay nadie que las reemplace. Mi padre me insistía en lo importante que es cortar los árboles de más envergadura para que los que están creciendo salgan con más fuerza, son enseñanzas que además tienen aplicaciones en otras muchas facetas de la vida».

Patxi y Hasier Larretxea se alternan en el manejo del hacha en los recitales que ofrecen.
Patxi y Hasier Larretxea se alternan en el manejo del hacha en los recitales que ofrecen.

La suma de todos esos elementos hace del libro una obra difícilmente clasificable, parte de alegato ecologista, parte de estudio etnográfico y parte también de testimonio autobiográfico. «Quería que el libro tuviese diferentes texturas incluyendo capítulos organizados a partir de los elementos de un árbol que me han servido para profundizar en planos simbólicos o más metafóricos: cuando me refiero a las raíces, por ejemplo, hablo de mi identidad, de mi relación con mi padre».

El padre, en efecto, es una figura omnipresente que actúa de hilo conductor a lo largo de todo el libro. El escritor no oculta experiencias amargas, como cuando tuvo que abandonar exhausto un campeonato de corte de troncos al que se había apuntado en un intento de hacerle creer que iba a seguir sus pasos. La reconciliación con su figura, sin embargo, termina suavizando el perfil del aizkolari que acompaña con golpes de hacha los poemas que recita su hijo. «Lo de ofrecer recitales a dos manos fue una idea de Imanol Agirre, de la librería Garoa de Zarautz, que me dijo que la mejor manera de que mi padre se decidiese a acudir a los actos culturales era ponerle un hacha y un tronco. Así empezamos un ciclo de performances que nos ha ido acercando poco a poco. Es un espectáculo que nos está aportando muchísimo a los dos, es una historia familiar con final positivo con la que cualquier persona puede sentirse identificada».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos