Sergio Ramírez celebra «el vasto campo de la Mancha» como «el reino de la libertad creadora»

Felipe VI entrega condecora a Sergio Ramírez. / Juan Carlos Hidalgo (Afp)

Dedicó el galardón a los «asesinados por reclamar justicia en Nicaragua», un país «de historia desdichada»

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIAlcalá de Henares

«Cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina es traicionar el oficio» dijo el escritor nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), un viejo revolucionario de libérrima palabra cervantina que se asoma al mundo desde el compromiso y la literatura, al recibir de manos del rey Felipe VI el diploma y la medalla que le acreditan como el ganador número 43 del un premio Cervantes que dedicó «a los asesinados por reclamar justicia en Nicaragua».

«La imaginación es dueña y señora de la libertad» dijo reivindicando «el vasto campo de la Mancha» como «el reino de la libertad creadora» en la solemne ceremonia que acogió, como cada 23 de abril, el centenario Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Lo hizo con un crespón negro en la solapa del preceptivo chaqué «por la terrible situación en mi país» y en un acto al que la política se superpuso a la literatura con la atención centrada en lo contactos entre el Rey y Mariano Rajoy con la cuestionada presidenta madrileña, Cristina Cifuentes.

En un tono monocorde que rebajó la emotividad de un discurso titulado 'Viaje de ida vuelta', habló Ramírez del enriquecedor mestizaje del idioma, de sus deudas con Cervantes y con sus compatriotas Rubén Darío y Augusto César Sandino. Se refirió antes a la explosiva situación que atraviesa su país, gobernado ahora por un cercado Daniel Ortega, viejo compañero de armas, de revolución y de gobierno y hoy enemigo declarado del escritor. Dedicó su Cervantes «a la memoria de los nicaragüenses asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia». También «a los miles de jóvenes que siguen luchando sin más armas que sus ideales para que Nicaragua vuelva a ser república».

«Lo que ocurre en mi país es terrible, ha habido casi treinta jóvenes muertos en los últimos días y por eso llevo este crespón» explicó Ramírez, que en la víspera se manifestó con sus compatriotas residentes en España. «La historia de mi país es reiteradamente desdichada», lamentó. Satisfecho de que el premio «se haya recibido con orgullo para Nicaragua», no ocultó su tristeza ante «tanto luto, tanto duelo y la anormalidad de la vida ciudadana y los tremendos saqueos» acaecidos antes de que Daniel Ortega derogara la reforma de las pensiones y seguridad social que los causaron.

Las aguas de la novela

Regresaba Ramírez a Alcalá, la cuna del padre de la novela, 30 años después de acompañar a Carlos Fuentes a recibir su Cervantes. Esta vez lo hizo como gran protagonista, arropado por su mujer, Gertrudis Guerrero, 'Tulita', sus tres hijos -Sergio, María y Dorel-, sus ocho nietos, su nuera y su yernos.

«Cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina, es traicionar el oficio», dijo el escritor, abogado, político y periodista que escribe «entre cuatro paredes pero con las ventanas abiertas» para contemplar la tragedia de su país. Recordó a «las víctimas del poder arbitrario que trastoca sus vidas, y del poder demagógico que divide, separa, enfrenta y atropella». Un poder que «no lleva en su naturaleza ni la compasión ni la justicia y se impone aportando con desmesura, cinismo y crueldad».

«Todo irá a desembocar tarde o temprano en el relato, todo entrará sin remedio en las aguas de la novela», agregó celebrando «el poder de la imaginación». «Lo que calla o mal escribe la historia, lo dirá la imaginación, dueña y señora de la libertad, por la que se puede y debe aventurar la vida», sostuvo el autor de 'Adiós muchachos', 'Castigo divino' o 'Margarita, está linda la mar'. «No hay nada que pueda y deba ser más libre que la escritura, en mengua de sí misma cuando paga tributos al poder el que, cuando no es democrático, sólo quiere fidelidades incondicionales», denunció. «La novela es una conspiración permanente contra las verdades absolutas y que cuando toma partido arruina su cometido», aseguró Ramírez.

Recordó sus jóvenes años de revolución «en los que tuve otras cosas en qué ocuparme». Cuando «como expresa nuestro padre Cervantes, dejó la pluma y las comedias por las amas». Evocó luego a Rubén Darío «que trajo novedades liberadoras a la lengua que recibió en herencia de Cervantes, sacudiéndola del marasmo». «Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará» dijo apoyándose en Borges. «Cervantino y dariano, ato mi escritura con un nudo que nadie puede cortar ni desatar», resumió.

Doble viaje

A través de Cervantes y Darío, rehizo Ramírez ese doble viaje trasatlántico del idioma que une a quinientos millones de humanos. El de ida a Centroamérica «cuando el 19 de agosto de 1605 llegaron a Portobelo los primeros ejemplares del Quijote», y el de vuelta «cuando los primeros ejemplares de 'Azul' -el revolucionario poemario de Darío- llegaron a España el 22 de octubre de 1888». Cuando Juan Valera escribe una de sus 'Cartas americanas' para decirle a Darío que «ni es usted romántico, ni naturalista, ni 'neurótico', ni decadente, ni simbólico, ni parnasiano» sino alguien que «lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quintaesencia».

«En algún momento de la vida, uno se encuentra con Cervantes», dijo Ramírez agradeciendo a su madre, Luisa Mercado, que en sus clases de literatura en el colegio de secundaria le enseñara «a leer el 'Quijote', y el 'Libro del buen amor' del Arcipreste, los versos del Marqués de Santillana, las 'Coplas' de Jorge Manrique por la muerte de su padre, a Lope y Quevedo». «No pocos de esos poemas los aprendí de memoria para siempre», confesó parsimonioso desde el estrado complutense. «Soy la síntesis de mis dos abuelos, el músico y el ebanista», dijo antes de recordar a Sergio Pitol, fallecido hace unos días, y reconocer su deuda con amigos del 'boom' como García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa.

También el Rey se refirió al castigado país del ganador del Cervantes «en estas horas difíciles en las que toda España lleva a Nicaragua en su corazón». Para don Felipe Ramírez «entregado por igual al compromiso con la lengua y con la ciudadanía» representa «la continuidad de una tradición decisiva desde el siglo XVI a la actualidad». «Es una rama esencial de ese árbol que es la raíz cervantina», agregó el Rey citando a Sor Juana Inés de la Cruz, Gabriela Mistral, Octavio Paz o Neruda.

Elogió don Felipe a un escritor que ha dotado «a la gran novela centroamericana de modernidad y amplitud» y «que ha sabido nadar en aguas turbulentas y entender el poder como un accidente». «Su mirada -dijo el monarca- refleja preocupaciones universales y concretas». «Sabemos -agregó don Felipe- que la generosidad y amplitud de su literatura sabrá compartir la alegría de este premio con ese pueblo hermano de herederos de Darío». «Es el embajador de la lengua de todos, de Cervantes y del la patria de Darío» concluyó el Rey celebrando la vuelta de Ramírez «a esta casa que es la lengua de todos».

El ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, repasó la trayectoria del Cervantes, recitó a Darío y abogó por la «la concordia en libertad y democracia» en Nicaragua «como símbolo de esperanza». Según dijo, el laureado escritor «se cargó a la espalda a la generación posterior al boom para desmentir que la grandeza de las letras latinoamericanas fuera flor de un día». «Es escritor sobre todas las cosas» dijo el ministro para quien «el español es libertad, desde Cervantes a Sergio Ramírez».

Club selecto

Premiado por convertir en su literatura «la realidad en una obra de arte», Ramírez es el primer escritor centroamericano distinguido con este galardón que tiene en su nómina 22 ganadores españoles y 21 americanos. Se le otorgó por reflejar en su literatura «la viveza de la vida cotidiana, convirtiendo la realidad en una obra de arte», según destacó el jurado que le concedió el premio mayor de las letras hispanas.

Es ya es socio de pleno derecho de un club cervantino con 'socios' de la otra orilla del idioma, como Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Nicanor Parra, Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, Elena Poniatowska, o Fernando del Paso. Entre los 22 españoles galardonados figuran Jorge Guillén, Dámao Alonso Rafael Alberti, Miguel Delibes, Camilo José Cela, María Zambrano, José Hierro, Juan Marsé, Ana María Matute, José Manuel Caballero Bonald, Juan Goytisolo o Eduardo Mendoza.

Dotado con 125.000 euros, y otorgado cada año el Ministerio de Cultura el Cervantes premia la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos «cuya obra haya contribuido a enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española».

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