Notario de la irrealidad

IÑIGO URRUTIA

Juan José Millás sigue en racha. Su estilo es inconfundible y su capacidad para dar rango de normalidad a situaciones que calificaríamos, raciocinio en ristre, como irreales, un arma literaria a veces portentosa. Te haces de Millás y ya resulta difícil quitarte el vicio. Incluso cuando flaquea. Entonces tiras de sus articuentos o de alguna de sus columnas en las que se exhibe como un zahorí de las extrañezas de la vida. Como ya hizo con 'Desde la sombra', el escritor valenciano urde en 'Mi verdadera historia' un relato que podría parecer descabellado, a priori, pero no en el universo millasiano. Nada resulta inverosímil en el adolescente de doce años que piensa en suicidarse. Tampoco el que al final tire por un puente una canica que da contra el parabrisas de un Mercedes. Muertos y una huérfana.

Una tragedia involuntaria que redoblará el sentimiento de culpa del chaval, que ya lo llevaba de fábrica. En casa, un padre distante y que no le quiere, que lee y hace crítica literaria en televisión, y una madre que 'sabe' pero no quiere saber. La espita materna que liberaría al joven está clausurada. «La vida era pura casualidad. Te encuentras una canica en el patio del colegio por la mañana y eres un asesino por la tarde», se dolerá el protagonista. El peso abrumador de ese secreto, su pecado orignal, y la descomposición del hogar le impulsan, sumido en la soledad del criminal no descubierto, a buscar la redención en su entrega sentimental a la huérfana.

Millas pinta en esta novela juvenil un retrato espléndido de esa etapa llena de lados oscuros que es la adolescencia. Y el protagonista llegará a una conclusión que es puro Millas: «que los adultos eran niños también, que eran personas muy desamparadas, que hacían frente a los ataques de la realidad, más que como debían, como podían. Y que luego se las arreglaban para transformar lo que podían hacer en lo que debían hacer. Los adultos estaban también llenos de pánico, de un pánico que quizá habían aprendido a disimular, pero que una mirada como la mía detctaba sin problemas en la suya». Su rito de paso para desembarazarse de aquella tragedia que determinó su personalidad consistirá en escribir lo que sucedió, su verdadera historia.

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