Manuel Longares: «La música excita a mis fieras literarias»

Manuel Longares./J. J. Guillén (Efe)
Manuel Longares. / J. J. Guillén (Efe)

Con prosa «sinfónica, experimental y de cámara», el autor mezcla en 'Sentimentales' humor disolvente y pasión por la música

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

La música juega un papel primordial en la obra de Manuel Longares (Madrid, 1943). Autor de culto, prosista tan singular como magistral, regresa con 'Sentimentales' (Galaxia Gutenberg), una novela con «prosa sinfónica, experimental y de cámara». Escrita casi sobre un pentagrama, muestra el mundo como si fuera una orquesta, ora desafinada, ora milagrosamente sincronizada. Destila su «musical» amor por la literatura con mayúsculas, a la que ha dedicado toda su vida en una suerte de sacerdocio, aunque cree que «va camino de la irrelevancia». Trufada del cáustico humor que impregna su visión del mundo, lamenta Longares que «estemos pasando de la dictadura del crimen a la de la autoficción».

'El oído absoluto', su novela anterior, era una ficción coral y desternillante. Pero el humor de 'Sentimentales' «es disolvente y algo experimental». La novela se desarrolla en una provincia «enamorada de la música». Las calles llevan nombres de compositores y sus «locos» habitantes se agrupan en una de las dos asociaciones musicales autorizadas: Septimino y Corchea. «Lejos de amansarse, a mis fieras literarias la música les excita y disparata», ironiza Longares.

«La música te lleva donde no avanzan las palabras», se felicita el contumaz narrador, que amanece cada día a las seis de la mañana para escribir y que ha hecho de la música el andamiaje de varias de sus nueve novelas. El humor es el otro pilar de su obra. «Una llave para abordar y decir lo inefable, como la música», reconoce Longares, que se mueve «entre el absurdo y el humor cáustico». «Los sentimentales constituyen un peligro para las familias y las naciones», sostiene en la cita de apertura y en un irónico catalán Custodio de Abolengo, «un erudito costumbrista, y gloria literaria de la provincia» y de quien el lector no sabrá si vive o lleva años enterrado.

«El mundo es una orquesta desafinada y la literatura no es capaz de afinarlo», dice el narrador madrileño. «A la literatura ya no se le hace caso. Es cada vez más irrelevante. Ha perdido su terreno y quizá una batalla que han ganado los antiliteratos. Los literatos tienen un pasar modesto», lamenta. Tanto como la uniformidad en la oferta narrativa y la preponderancia del relato negro y criminal. «'A sangre fría', de Truman Capote ha sido terriblemente dañino para la nuestra literatura. Creó un modelo que la gente persigue y que está al margen de la literatura», asegura.

También denuncia el «creciente gusto por la autoficción, que no es nada literaria». «Es como si pasáramos de la dictadura del crimen a la de la autoficción», se duele . «Me chirría. No es lo que yo entiendo por literatura, lo que disfrutas cuando lees a Baroja o a Luis Mateo Díez. Pero tiene un público, tiene editores y su avance parece irremediable», se resigna.

Se sonroja Longares cuando se le presenta como autor de culto. «La literatura -se justifica- es un principio moldeable de situaciones y obras, supone tener cuidado por la palabra y el lenguaje para buscar y crear belleza», argumenta. «El lenguaje periodístico no sirve para generar literatura, que es una especie de borrón o de magma en el que discurre lo demás, y eso es lo que he procurado hacer siempre», explica.

¿Un camino que lleva a un estilo propio y reconocible?. «Esa es la deriva del esfuerzo literario. Crear un estilo reconocible, como está en Azorín, en Valle-Inclán o Baroja». «Si existe un estilo 'longariano' es un orgullo y un lujo», agradece al escuchar que el suyo es genuino, singular y reconocible. «No sé si es cierto, pero decir que existe es un elogio que me colma. Yo no estoy tan seguro de que sea así», plantea.

Los personajes de 'Sentimentales' son gente en apariencia normal -que trabaja, forma una familia y paga impuestos-, salvo cuando la música exacerba su sentimentalidad y disloca su comportamiento. Homenajea a la música, clásica esta vez, recurriendo a frases distorsionadas, situaciones absurdas y denominaciones arbitrarias, evocando a Tchaicovsky, Schumann y Schubert, «el señor a quien espera esta cuadra de analfabetos».

La novela se divide en tres partes que responden a otros tantos sucesos: un estreno sinfónico escandaloso, la disolución de un matrimonio de artistas y el retraso de un visitante ilustre. «Es sinfónica en la primera y en la tercera parte, y la segunda es de cámara», según su autor. «Persigue el estilo de las novelas vanguardistas del siglo XX, las primeras de Francisco de Ayala o de Mauricio Bacarisse, con personajes estilizados que buscan ser modernos y resultan escandalosos», resume.

Es otra prueba de la poderosa singular y cicelada prosa 'longariana', profunda en su ligereza y plena de hallazgos. Una suerte de coda de su largo viaje narrativo iniciado con 'La novela del corsé' (1979). Fue la primera del ciclo experimental titulado 'La vida de la letra' y completado con 'Soldaditos de Pavía' (1984) y 'Operación Primavera (1992). Autor lento y más que cuidadoso, en un espaciado goteo publicó luego 'No puedo vivir sin ti' (1995), 'Romanticismo' (2001) -su obra maestra y Premio de la Crítica-,'Nuestra epopeya' (2006), 'Los ingenuos' (2013) y 'El oído absoluto' (2016).

Es también autor de las colecciones de relatos 'Las cuatro esquinas' (2011) y 'Extravíos' (1999). Obtuvo además galardones como el Ramón Gómez de la Serna por 'Nuestra epopeya', el NH de relatos, el Francisco Umbral y el premio de los Libreros de Madrid por 'Las cuatro esquinas'.

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