Banville: «Un libro es algo tan hermoso que resulta casi erótico»

«Cuanto más la practico, más me convenzo de que la escritura es un sueño controlado»./USOZ
«Cuanto más la practico, más me convenzo de que la escritura es un sueño controlado». / USOZ
John Banville, escritor

ALBERTO MOYANOSAN SEBASTIÁN.

No cabe duda de que John Banville (Wesford, Irlanda, 1945) tira de ironía en sus respuestas, pero aunque parece claro dónde empieza su humor no lo está tanto dónde termina. En todo caso, se muestra afable y conversador este escritor irlandés que ha desdoblado su carrera entre las obras de ficción que firma con su nombre y las novelas negras, protagonizadas por el forense Quirke, que publica bajo el seudónimo de Benjamin Black. Al amparo de este aparente desdoblamiento de personalidad, John Banville habló ayer en el Museo de San Telmo, invitado por el programa Literaktum de Donostia Kultura, sobre las diferentes formas que adopta el género novelístico.

- Hablará hoy (por ayer) sobre las 'Visiones de la novela'. Tras la autoficción, las novelas en verso, la 'literatura del yo' y otras variantes, ¿cuál son a estas alturas los márgenes del género?

- Apenas leo ficción ya, así que no lo sé. Siento que la ficción, como el mundo en general, va en caída. Leo poesía, filosofía, biografías... Sé que debería leer más ficción, pero no lo hago.

- No sé si respondería lo mismo si contestara en nombre de Benjamin Black. Cuando ofrece una charla, ¿tiene en cuenta si le piden que lo haga como John Banville o como Benjamin Black?

- Ninguno de los dos está aquí, ni Banville, ni Black. Los dos dejan de existir en el momento en el que me levanto del escritorio. Yo sólo soy su representante, la persona que habla en su nombre, pero yo no tomo decisiones, no sé cómo funcionan ni el uno, ni el otro. Escribo en un estado de ensoñación. Cuando era joven pensaba que la literatura era muy disciplinada en la que trabajabas con un pensamiento muy dirigido, pero cuanto más la practico, más me convenzo de que la escritura es un sueño controlado. Siempre me ha parecido que es una actividad infantil, consistente en sentarte en una habitación y contar historias.

«Siempre pienso en el País Vasco como en una especie de sur de Irlanda»

«Vengo de un país que en 1922 se dividió y fue un absoluto desastre: treinta años de guerra»

«Mi única ambición es escribir la frase perfecta y nunca lo haré, pero sigo intentándolo»

- Algunas recurrieron a un hecho del pasado y acabaron por anticiparse a la realidad. En 'El intocable' cuenta en primera persona la historia de un conservador de la colección de pinturas de la reina de Inglaterra y espía soviético durante treinta años. Ahora, el espionaje ruso vuelve a estar en las portadas.

- La ficción siempre tiene matices proféticos y aunque se pretenda lo contrario, el novelista siempre tiene una mano puesta en lo que ocurre en el mundo. Los novelistas no trabajamos con hechos, sino con la verdad, que no siempre son lo mismo.

- Oiga, eso es un poco duro para un periodista...

- Lo es, es duro, pero el periodismo es una disciplina completamente distinta, ahí sí tienes que lidiar con los hechos. Yo trabajé en el periodismo durante 35 años, así que sé cómo funciona el oficio. Yo era el editor, o sea, la persona que cambia tus palabras antes de publicarlas. Muchas veces he trabajado para editores y no son bien percibidos porque se les define como aquellas personas que cambian las palabras de otro y luego se van a la oscuridad de sus hogares.

- ... mientras el periodista firma y da la cara.

- Le voy a contar una historia: una de mis mejores experiencias como periodista editor me sucedió con un redactor que se ocupaba de temas laborales, huelgas... Escribía con una prosa impenetrable que tenías que descifrar. Me encantaba trabajar y revisar sus textos. Un día este redactor le preguntó a la editora: «¿Quién ha cambiado mis palabras?» Y la editora contestó: «Banville», cosa que no tenía que haber hecho. Y el periodista se me acercó y me dijo: «Muchas gracias porque eso es lo que quería decir». O sea que ése es el mejor de los elogios.

- ¿Cree que la cuestión de la identidad personal de sus personajes es uno de los principales ejes de su obra?

- Sí, creo que mis mejores trabajos están escritos en primera persona. Es la mejor forma de escribir ficción, cuando te metes en papel. Sólo puedo saber lo que veo, me resulta imposible penetrar en las mentes de personas que, a veces ni siquiera existen. Viviendo en un pequeño país como Irlanda llegas a la conclusión de que parece que sólo hay veinte personas en el mundo, que son las que estás viendo todo el tiempo. Cuando voy a Nueva Yok o Shangai, me pregunto: ¿quién demonios es toda esa gente?

- ¿Y cuando viene al País Vasco, en donde, no sé si por las razones equivocadas o no, nos sentimos tan vinculados a Irlanda?

- Siempre pienso en el País Vasco como una especie de sur de Irlanda, sí. En realidad, coges un avión en Irlanda y llegas aquí, cuyo paisaje es igual de verde. No tenemos este mar (lo dice frente a la bahía de La Concha), pero el nuestro también está muy bien. En lo que somos muchísimo mejores que vosotros es en la comida y en el vino. Nooooo... para nada.

- Y socialmente, ¿encuentra similitudes?

- Sí, aquí también hay gente muy volátil, muy soñadora, muy imaginativa y obsesionada con su historia nacional. No sé si los vascos son tan dados a contar historias como nosotros. En Irlanda, si un político o un cura ha liado una gorda siempre le puede salir bien si es capaz de contar una buena historia alrededor de ese suceso. ¿Ocurre lo mismo en el País Vasco?

- Posiblemente.

- No nos interesa tanto el follón que haya montado, sino cómo ha llegado a eso y todo lo que le rodea.

- ¿Y cómo lleva un europeísta convencido como usted la autoflagelación del Viejo Continente en torno a los más diversos temas? Sorprende el desprecio que sentimos por la vetusta Europa, mientras miles de personas se juegan la vida por llegar a aquí...

- Contaré una historia: un diplomático irlandés fue a China a entrevistarse con un mandatario chino y le empezó a preguntar por los Derechos Humanos. «Pero, ¿de qué derechos me está hablando?», le contestó el presidente chino. «Del derecho a viajar, por ejemplo», le contestó el irlandés. «Dígame cuántos quiere, le podemos enviar a dos millones mañana mismo», zanjó el mandatario chino. Crecía en una Irlanda en la que la única gente de color que veía era estudiantes de Medicina y nada más, no se veía gente de otras etnias. Ahora, sin embargo, Irlanda se ha convertido en una nación multicultural y es algo maravilloso. En Dublín está el mercado de Moore Street, como los que hay aquí, con los agricultores y las señoras mayores vendiendo sus productos tradicionales. Bueno, eso era antes. Tras una estancia fuera del país, regresé, fui al mercado y de repente escuché una música un poco exótica y al acercarme más, vi que todos los puestos los llevaban nigerianos, con sus rastas, sus trenzas. Estupendo, es precioso.

- Mi pregunta era sobre la visión que tiene Europa de sí misma.

- Es difícil. Si acoges muchos emigrantes va a llegar un momento en el que la extrema derecha se va a reforzar. Siempre he admirado a Angela Merkel y me gustó mucho cuando dijo: «Si no aceptamos a los refugiados de Siria, éste no es el país en el que yo quiero vivir». Yo pienso en Europa como en los Estados Unidos de Europa. Soy, efectivamente, un europeo comprometido y vengo de un país que en 1922 se dividió y fue un absoluto desastre para nosotros, nos llevó a treinta años de guerra.

- Volvamos a la literatura. ¿Por qué aceptó 'resucitar' al personaje de Philip Marlowe en 'La rubia de ojos negros'? ¿Por dinero?

- Me pidieron que lo hiciera, me pareció una idea interesante y disfruté mucho escribiéndola. Fueron como unas vacaciones para descansar de Banville. Por supuesto, siempre me ha encantado adoptar la voz de Raymond Chandler.

- Ya, pero ¿le gustaría que le hicieran lo mismo con su personaje feticha de Benjamin Black, el forense Quirke?

- Sí, sí... Espero que alguien lo haga algún día.

- ¿Cómo ve la situación de la literatura? Parece que hay más autores que lectores...

- Acabo de estar en Nueva York y al entrar en una librería vi montones de libros. Pensé: ¿quién va a leer todo esto? Se publica demasiado. Y esto lo dice alguien que ha escrito dieciséis novelas, creo. Cuando era pequeño, la ficción tenía más importancia que ahora. Cogía el Sunday Times y leí las páginas sobre literatura, las reseñas de libros. Ahora esas páginas se van relegando y van quedando escondidas entre los anuncios. Por otra parte, están las plataformas televisivas y la televisión por cable que están produciendo contenidos tan buenos que al final la gente cambia y elige alimentar su imaginación a través de las series más que por medio de las novelas. Eso significa que la novela puede liberarse para adoptar formas mucho más imaginativas y poéticas.

- ¿Considera que esos cambios de hábitos en el público son una tragedia cultural o los observa como algo natural?

- Es como la meteorología, que cambia por temporadas y luego las cosas vuelven a su cauce. Un millonario de Sillicon Valley dijo algo que me pareció muy sensato y es que, al final del siglo XIX y principios del XX todo el mundo estaba obsesionado con la electricidad. Se hacían cenas de sociedad de gala para ver cuántos aparatos había en el salón que funcionaran con electricidad. En treinta o cuarenta años, la gente ya no se va a preocupar por los smartphones que ahora nos tienen hipnotizados porque son nuevos, pero que en un tiempo simplemente serán una parte más de nuestras vidas. En cambio, un libro es algo tan hermoso que resulta casi erótico y eso nunca va a morir. Hay un vídeo muy divertido en Youtube en el que se ve a un monje medieval en su escritorio, con un libro delante, hiptonizado. Llama a su superior en el monasterio, que le enseña a abrir el libro, pasar las páginas hasta que llega al final y lo cierra. Entonces, el monje se queda solo e intenta abrir el libro cerrado por la contracubierta desde el lado del canto.

- ¿Qué es lo máximo a lo que puede aspirar un escritor? ¿Que se reconozca su voz? ¿Que se adapten al cine sus obras? ¿Vender mucho?

- Mi única ambición es escribir la frase perfecta y nunca lo haré, pero sigo intentándolo.

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