La importancia de la letra pequeña

Desde la «militancia poética» o la curiosidad infinita, cinco sellos vascos cuentan cómo hacen libros distintos en un mercado saturado

Eva Rivero e Iban Petit, responsables de la editorial donostiarra Expediciones Polares, en la librería Zubieta. /josé mari lópez
Eva Rivero e Iban Petit, responsables de la editorial donostiarra Expediciones Polares, en la librería Zubieta. / josé mari lópez
TERESA ABAJO

Casi todo lo que le gusta o le ha gustado a Beñat Arginzoniz está guardado en una lonja de Erandio que se asoma a la ría. Los juguetes de su infancia, empezando por su colección de ranas, las máquinas de escribir ‘Olivetti Valentine’ o ‘Remington’ que compra en mercadillos, un retrato de Ucelay, los libros de Austral en los que se dejaba las pestañas, los que ha escrito y los que ha publicado. Más que una editorial, la sede de El Gallo de Oro, que toma su nombre del relato de Juan Rulfo, parece una biblioteca, y tiene algo de eso. Surgió en 2012 como una empresa de dos, junto al poeta Juan Manuel Uría, pero ahora es unipersonal. «Ni para un sueldo sacábamos», dice Arginzoniz, que se gana la vida con su trabajo como librero.

No hay mejor observatorio para quien ha hecho de los libros su vida en el más amplio sentido de la palabra. Poeta y autor de obras como ‘Pasión y muerte de Iosu Expósito’, uno de los fundadores de Eskorbuto, es también traductor. En la edición se embarcó por «militancia poética», convencido de que los versos más necesarios suelen ser poco rentables. «¿Quién publicaba a Javier Aguirre Gandarias, a Carlos Aurtenetxe, a José Fernández de la Sota, a Pablo Langarika o a Jorge Aranguren?», dice mientras muestra una biografía de Juan Larrea, «gran olvidado de la generación del 27 que no tiene ni una calle en Bilbao». De la reivindicación de la poesía, con prólogos de Gamoneda o Caballero Bonald, ha extendido su actividad a la narrativa y el ensayo. Para él el lujo consiste en traducir a Pessoa, acercar a autores inéditos en España como Christian Bobin o Herberto Helder y publicar novelas de Juan Rulfo en euskera y castellano. Al fin y al cabo, «una editorial es sólo eso, su catálogo».

En cifras

101
agentes editores privados hay en Euskadi según el último censo, tres más que hace un año.
449
puestos de trabajo proporcionan estas empresas. La media es de 4,4, pero el 47,5% tiene solo un empleado y y el 29,7%, entre dos y cuatro.

Si los autores aspiran a escribir el libro que les gustaría leer, los editores vocacionales buscan llenar vacíos en las estanterías, ese toque de distinción que echan en falta por apabullante que sea la oferta. En el último año se han abierto en Euskadi tres nuevos sellos en un sector formado por cien empresas donde lo pequeño es hermoso. La media es de 4,4 empleados y casi la mitad tienen sólo uno, que colabora con ilustradores o maquetadores. «Se entra y se sale fácilmente», dicen en el Gremio de Editores de Euskadi, que abarca también Navarra. «Basta con un poco de dinero y gusto literario, buscarte un distribuidor y un impresor». El verdadero reto es «tener visibilidad en alguna parte del escaparate».

Los sellos artesanales publican obras escogidas -un máximo de diez al año- y no viven de ello. Sufren para cuadrar las cuentas, pero hay quien ha encontrado su momento en plena crisis. «Los costes de impresión han bajado sustancialmente, han abierto más librerías independientes y se puede hacer promoción a través de redes sociales», explica Iban Petit. En 2015 emprendió junto a los hermanos Eva e Iban Rivera el proyecto que tenían en la cabeza desde siempre. Con amplia experiencia en gestión y promoción cultural en San Sebastián, se adentraron en un territorio desconocido «en busca de nuevas historias», y por eso eligieron el nombre de Expediciones Polares. «Lo hacemos todo en casa con profesionales independientes». La correctora vive en Argentina, pero con el email y skype no hay distancias. Tampoco para quienes se lanzan a escribir. Reciben uno o dos manuscritos al día y les basta leer «diez páginas» para saber si merecen la pena. Han comprado los derechos de autores como Jean Claude Carrière, guionista de Buñuel, pero su gran apuesta es dar voz a escritores noveles. Petit, que ha escrito dos novelas, destaca el potencial de «autoras jóvenes como Lucía Baskaran y Rosa Moncayo». Aunque la tradición editorial en Gipuzkoa está ligada al euskera, de momento publican en castellano. En la Feria de Guadalajara han cerrado acuerdos de distribución «por Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú y Chile, lo que permite hacer tiradas más largas».

Sans Soleil también fija su mirada en el amplísimo mercado latinoamericano. De hecho, tiene una doble sede en Vitoria y Buenos Aires. Gorka López de Munain y Ander Gondra Aguirre -historiador del arte y antropólogo, respectivamente- se trasladaron durante dos años a esta ciudad por motivos profesionales y crearon una filial «que funciona como una editorial argentina más». Ellos ponen el foco «en la cultura visual de nuestro tiempo» con un enfoque «estrictamente personal», tratando de tender puentes entre la curiosidad de los lectores y «el árido mundo académico». Un punto de encuentro desde el que admirar, por ejemplo, las ‘Cien vistas del monte Fuji’ que dejó para la historia el artista japonés Katsushika Hokusai.

Reivindican la poesía más escondida, el teatro, autores noveles o clásicos en euskera

La zapatilla con tacón alto

Los amantes de la letra pequeña suelen apostar por la especialización, y Artezblai es sinónimo de teatro. La revista ‘Artez’ acaba de cumplir veinte años, con periodicidad bimestral y menos páginas que antes pero del mismo papel satinado. «La crisis se ha llevado muchas cosas, hemos creado músculo para la resistencia», dice Carlos Gil, que ha dedicado al teatro 50 años de su vida como actor, director, dramaturgo, crítico y editor. También editan libros, sobre todo de formación y ensayo «porque aquí no hay tradición de leer teatro» y conceden un premio de investigación sobre artes escénicas. El símbolo de la editorial, una zapatilla encaramada sobre un tacón de aguja con el lema ‘Todo lo que necesitas para ir al teatro’, sigue llamando la atención en la lonja del barrio bilbaíno de San Francisco donde estaba la librería especializada Yorick. Hace seis años que cerró y se trasladó a Madrid, a escasa distancia del Centro Dramático Nacional. Allí ha cobrado nueva vida y se ha convertido en «un punto de encuentro para los teatreros».

Poca gente sabe leer el nombre de la editorial navarra Igela como un acróstico: Irazabazi gutxi eta lan asko (ganar poco y trabajar mucho). Sus tres socios asumieron desde su fundación, en 1988, que no iban a vivir de ello. Su objetivo es acercar a las nuevas generaciones de lectores euskaldunes «obras de calidad literaria que a nosotros nos habían impactado en nuestros años jóvenes». Céline, Truman Capote, Raymond Chandler... o el ‘Ulises’ de Joyce, al que Xabier Olarra dedicó tres años de trabajo y le valió el Premio Euskadi. Cuentan con la colaboración de muchos traductores, algunos como voluntarios, y reciben ayudas del Gobierno vasco y la UE. A superar el bache de la crisis les ha ayudado el tirón de autores como Agatha Christie, además de las traducciones de ‘El curioso incidente del perro a medianoche’ y ‘El hobbit’. En la Azoka ha triunfado la versión euskaldun de ‘Asesinato en el Orient Express’, un talismán para el cine y la nostalgia.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos