Didier Decoin, literatura viva para los cinco sentidos

Decoin. /
Decoin.

«La novela moderna nació en Japón medieval, no con Homero y 'La Odisea'», dice la narrador francés y secretario de la Academia Goncourt

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Lee un libro cada día. Ha necesitado doce años para escribir su última y ambiciosa novela y cree que en la era de internet y el tuit «la literatura no está ni muerta ni enferma». Que «aún ofrece respuestas a todo». Lo asegura Didier Decoin (Boulongne-Billencourt, 1947), un grande de las letras francesas. Secretario de la Academia Goncout, periodista y guionista además de narrador, publica 'La Oficina de Estanques y Jardines' (Alfaguara), un relato «pleno de perfumes, sabores y sensualidad». Ambientado en el Japón de hace un milenio, la era Henian, «donde nació, en verdad, la novela moderna», está cargado de «olores y sensaciones».

Autor de 'La camarera el Titanic', ofrece Decoin al lector español un libro «para los cinco sentidos, el más ambicioso y sincero» que ha escrito. Habla de «una pasión que va mucho más allá de la muerte» e indaga en la persistencia del alma a través de la peripecia de Miyuki, una modesta campesina que al enviudar, con 27 años, suplirá a su marido como proveedor de carpas para los estanques imperiales en el Japón feudal y protagonizará un concurso de perfumes organizado por el emperador.

«Cuanto más avanza la literatura, más sentidos tiene en cuenta, y en especial el olfato», dice Decoin, que otorga a las sensaciones y los olores un protagonismo «muy especial». «El olfato es uno de los sentidos más importantes de la vida, pero se relegó en nuestra gran la literatura hasta el XIX», sostiene. Lamenta que en 'El Quijote' «haya colores pero no olores». «Siempre me pregunté a qué olían Rocinante y Alonso Quijano. Si Sancho Panza estaba sucio o se lavaba. Si olía a cuero, a establo o a campo», dice. «Si reescribiera 'El Quijote' lo haría extremadamente sensual», aventura.

Cree que la novela moderna no surgió ni con Homero y 'La Odisea' ni con Cervantes. «Empezó en Japón del año 1100 con 'La historia de Genji', el primer héroe que no es un guerrero. Su problema es el amor por la guerra. No la guerra. No es un personaje de gloria. Es de sexo, psicología y sensibilidad, y toda la novela moderna deriva de ahí», sostiene Decoin, que traslada a su novela un intenso erotismo, alternándolo con la violencia y la espiritualidad.

Aborda a través de Miyuki la pervivencia del alma, en la que creen la protagonista del libro y su creador. Un Decoin que pasó de ser agnóstico a creyente «en un instante de iluminación». «Fue así. No pedí nada. No esperaba nada y, de repente, la certeza de Dios me cayó como un rayo», explica. «Me estaba lavando los dientes y aún hoy tengo muy presente el sabor del dentífrico. Fue una revelación. Es la aventura más bonita de mi vida y no fue difícil de vivir», dice de una experiencia que cambió su vida y su literatura.

Este antiguo descreído no tiene hoy necesidad de convencer a nadie. «Si realmente hago feliz a alguien admitiendo que ahora sea de noche aunque sea de día, pues muy bien. Pero si me pide que diga que Dios no existe, no podré hacerlo. Sé que eso demasiado fuerte», se justifica. «La única filosofía importante es la de la persistencia del alma», dice.

Lector cómplice

Decoin siempre tuvo al lector como «un cómplice necesario». «Es el coautor de cada libro mucho antes de leerlo», dice. «Cuando escribo pienso que está conmigo y que su papel es más importante que el del propio autor», asegura este «lector antes que escritor». «Soy un ogro de la lectura, un bulímico que consume, como poco, un libro al día».

Cree que en la era de vértigo digital «el buen lector no es una especie en extinción» y que «el tuit no es un antilibro». «Es como un haiku. Responde a la necesidad de condensar el pensamiento en un mínimo de palabra y puede ser el inicio para convertirse en un buen lector». «La literatura no está muerta, ni siquiera enferma o malherida», diagnostica.

Publicó Decoin su primera novela con 20 años. Compaginó periodismo y literatura en una carrera impulsada con el Goncourt que ganó en 1977 por 'John L'Enfer'. Cree que escribir para el cine es «como dibujar una autopista por la que ir toda velocidad o firmar un contrato con el lector para subirlo a tu coche y llevarlo a su destino». Por contra, «la novela es como viajara por una sinuosa carretera de montaña en la que a medida que avanzas ves el principio del trazado». «En la autopista corres y en la carretera te paseas sin prisas», dice el autor de una veintena de novelas y muchos guiones.

¿Cómo un pueblo tan refinado como el japonés pudo ser tan cruel en la Segunda Guerra Mundial?, se preguntó hace años. Su curiosidad derivó en un «intenso amor» por Japón. Adora su literatura «cristalina y transparente», su fantasía, su arte erótico y la especial sensibilidad nipona para los olores. «No hay malos olores. Son diferentes, más o menos agradables. Y eso es muy japonés», dice. «En el amor los japoneses disfrutan de aromas que a los occidentales nos puede resultar desagradables, como los de los fluidos corporales». «No hagamos del mundo algo aséptico», propone.

Admirador rendido del Nobel Yasunari Kawabata, cree que su compatriota Haruki Murakami «debería tener ya el premio de la Academia sueca». «Admiro lo que hace. Es capaz de deslizare en historias que ofrecen unas imágenes alucinantes. En '1Q84' cuando se descubre que hay dos lunas, la intromisión de lo sobrenatural en lo cotidiano es magnífico. Es un genio», señala. «A los occidentales nos gusta vivir en un mundo cartesiano y en Japón se dejan tentar por lo imposible. Lo vemos en su literatura y el manga, que lo acepta todo. Nosotros somos racionales y no hay nada peor que ser cartesiano», concluye.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos