Crónica sentimental de una librería

Los 50 años de Lagun: el espacio que nació para mimar los libros y acabó convertido en símbolo

Ignacio Latierro y Elena Recalde, en el actual emplazamiento de Lagun. / LOBO ALTUNA
Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGA

Es una librería que cumple cincuenta años. Y es también un símbolo de libertades que será homenajeado el próximo día 22 por los lectores y por la Diputación en un acto en el Victoria Eugenia. Pero Lagun fue al principio solo una mesa al aire libre bajo los arcos de la Plaza de la Constitución, un tablero donde se apilaban unos pocos libros para la venta. «Las obras para habilitar el local se retrasaron y decidimos empezar a vender en los soportales, con solo una mesa, en el verano de 1968. Ahí nos llegaron los primeros ejemplares de ‘Cien años de soledad’, que acababa de ser editada. ¡Quién nos iba a decir que la novela de García Márquez sería el título que más hemos vendido en nuestros 50 años años de historia!».

Lo cuenta Ignacio Latierro con su memoria prodigiosa. A punto de cumplir 75 años, Latierro queda como memoria viva de Lagun tras la muerte el pasado septiembre de María Teresa Castells, el alma de la librería. De la mano de Latierro recorremos las páginas de medio siglo. Las heridas de guerra de Lagun, con las agresiones de la ultraderecha, las multas de la administración franquista o las agresiones desde el entorno de la izquierda abertzale que terminarían provocando en 2001 el traslado de la librería desde la Consti hasta el centro, en la calle Urdaneta. Pero también cuenta este veterano librero cómo se vendían en la trastienda los libros prohibidos de Ruedo Ibérico, o las historias de clientes que se convirtieron en amigos, como el ya fallecido profesor Joaquín Forradellas.

«Lagun es como ‘tovarich’»

¿Cómo empezó todo? Latierro vuelve a la figura de María Teresa Castells como elemento clave. «Ella siempre tuvo vocación de librera. Cuando crió a sus tres hijos mayores pensó que era el momento de abrir un local. En 1967 había habido una potente feria del libro en San Sebastián y ella se había ocupado del stand del Fondo de Cultura Económica, sello del que era responsable en España Javier Pradera. Yo conocía a María Teresa y a José Ramón Recalde, su marido, de la vida cultural y ‘comprometida’ del San Sebastián de la época y me propusieron formar parte del proyecto», explica Latierro.

Se eligió el local de la Plaza de la Constitución y María Teresa pensó el nombre de ‘Lagun’, que consultó a Koldo Mitxelena, amigo de la familia. «A Mitxelena le gustó. Bromeó diciendo que ‘Lagun’ era como ‘tovarich’ en ruso..». Y tras los meses de ‘la mesita provisional’ en los arcos la librería abrió en diciembre de 1968 con la fisonomía que mantendría hasta el final: sus grandes escaparates, el txoko para los niños a un lado y la luego famosa oficina-trastienda al fondo.

No era un año cualquiera. «Imagínate: 1968. Todo se movía, también en San Sebastián. Grupos de teatro, cine-clubes, exposiciones... Había un gran movimiento cultural relacionado también con el antifranquismo, y bajo esa ola abrieron numerosas librerías en toda España».

En Donostia las librerías de referencia eran entonces la Internacional, Ramos con su cueva literaria ‘Espelunca’ y Ubiría, entre otras. «Llegamos nosotros y los dos primeros años costó encajar, pero pronto encontramos a nuestros clientes». Lagun apostaba por lo nuevo, desde el ‘boom’ latinoamericano hasta el ‘nouveau roman’ que llegaba con retraso. Y por los libros ‘prohibidos’, denominación que provoca una sonrisa en Ignacio Latierro.

«Entonces todos los libros a la venta debían llevar el sello del ministerio de Información y Turismo. Nos enviaban algunos de Sudamérica que dejábamos a la venta, no sellados, mezclados con los ‘legales’. A veces entraban los funcionarios de Información y Turismo a remover ejemplares, y si veían alguno sin el sello nos multaban».

Distinto ocurría con los libros más ‘malditos’, editados por Ruedo Ibérico o por la Librería Española en París. «Esos los teníamos en la trastienda. La gente de confianza entraba ahí a ojearlos. En otros casos, nos preguntaban los clientes por algunos títulos, y si veíamos que eran de fiar, los sacábamos. Ahora puede resultar hasta divertido, pero nos multaron por vender ‘El príncipe’ de Maquiavelo o la historia de la Guerra Civil de Hugh Thomas, libro moderado donde los haya».

Latierro recuerda «con nostalgia y cariño» a gente de aquellos años como José Latorre de Diego, distribuidor de libros ‘prohibidos’ que llegaba a la Estación del Norte con maletas llenas de volúmenes, alquilaba un carro con un mozo y visitaba las librerías con su material.

De las multas a los atentados

Los primeros problemas más allá de las letras llegaron en diciembre de 1970, año del proceso de Burgos. Lagun, uno de los tres comercios de la Parte Vieja que secunda la huelga en señal de protesta, es multado por el Gobierno. María Teresa Castells se niega a pagar la multa y acabará pasando un mes en la cárcel de Martutene. Con su particular carácter acaba valorando como enriquecedor ese tiempo en prisión. Luego, tras la muerte de Franco, en los años 1976 y 1977, los grupos de extrema derecha que intentan boicotear la Transición atacan también la librería, incluso con una potente bomba incendiaria que causa destrozos. Solo unos años después, a finales de los 70 y principios de los 80, empiezan las pintadas desde el entorno de la izquierda abertzale. «Lo peor empezó cuando un vecino de la Parte Vieja, Antxon Tolosa, murió manipulando un artefacto. Hubo una huelga general que algunos no seguimos y nos situó en el objetivo».

Es la historia triste de Lagun tantas veces contada. Pintadas, rotura de escaparates... En la Nochebuena de 1996 se produce uno de los momentos de mayor desolación. «Rompieron los cristales y arrojaron pintura roja y amarilla sobre los libros. Nos avisó una vecina de madrugada y allí nos plantamos María Teresa y José Ramón y mi mujer Rosa, siempre también en la librería, y yo. Sin embargo se desató un movimiento de solidaridad impresionante: la librería se llenó de clientes que venían a comprar los libros pintados y hasta los cristales rotos».

El Lagun de la Consti en 1995, atacado con pintura.
El Lagun de la Consti en 1995, atacado con pintura. / USOZ

Exterior del Lagun de hoy.
Exterior del Lagun de hoy. / LOBO

Los ataques siguieron. El 15 de enero de 1997 los agresores vuelven a romper el escaparate, sacan los libros a la plaza «y hacen una pira que fue noticia no solo en España, y que pienso que asustó incluso a algunos dirigentes de la izquierda abertzale que sabían la memoria que suscita en Europa la quema de libros».

Tras ese penoso incidente una furgoneta de la Ertzaintza estuvo siempre aparcada frente a la librería, día y noche. Pero en septiembre del 2000 llega el suceso determinante. «Mi mujer y yo estábamos de vacaciones, fuera de Donostia. José Ramón Recalde vino a la librería a buscar a María Teresa y se fueron a su casa de Igeldo. Al bajar del coche se produjo el atentado contra José Ramón, al que afortunadamente sobrevivió. Ya nunca volvimos a abrir Lagun en la Consti».

Volvió a suscitarse un amplio movimiento de solidaridad y la suma de voluntades y aportaciones económicas de los ciudadanos que querían un Lagun abierto desemboca en el traslado a la calle Urdaneta, donde abre en agosto de 2001... hasta hoy. «Resulta curioso explicar a un foráneo que podíamos estar tranquilos, en la misma ciudad, a solo 500 metros del emplazamiento anterior», ironiza Latierro.

La muerte de María Teresa

Ahí sigue Latierro, con la herida de la muerte de María Teresa Castells. «Pasó un bajón tras la muerte de su marido pero había remontado. En verano hablamos de cómo celebrar los 50 años de la librería. En septiembre, por un pequeño accidente doméstico, nos dejó. Con un hueco imposible de llenar».

Ignacio Latierro sigue en Lagun, «como librero emérito», bromea, con su hija Idoia, con Elena Recalde, hija del matrimonio Recalde-Castells, y con Bea. Devoto lector de Amos Oz, es optimista sobre el futuro del libro aunque más cauto sobre lo que espera a las pequeñas librerías ante el empuje de las cadenas y plataformas como Amazon. Ahora se prepara para el homenaje que el departamento de Cultura de la Diputación tributará a Lagun en el Victoria Eugenia el día 22, bajo la dirección de Fernando Bernués. «Me gusta porque el protagonismo recaerá en los lectores, que son y han sido los grandes protagonistas de nuestro medio siglo».

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