Catálogo de diferencias esenciales

Catálogo de diferencias esenciales
ILUSTRACIÓN: IVÁN MATA

Una historia de amor en un lugar de costumbres trucadas, por parte de un narrador que usa tanto su fluidez narrativa como su humor

SANTIAGO AIZARNA

Solamente con leer el primer capítulo -o, basta quizás con una sola página— el lector queda más que agradecido, y es que hay ofertas de más que esperanza (que hacen confiar), que convencen.

Como ocurre, me da por parecer, con este libro de Gianni Celati, de quien se nos dice en la solapa de este libro que «es uno de los autores italianos más relevantes del cambio de siglo»; que nació en Sondrio en 1937 y pasó su infancia y adolescencia en Ferrara; que doctorado en literatura inglesa con una tesis sobre James Joyce, ha traducido del inglés a autores como Swift, Twain, Melville o Conrad, y del francés a Stendhal, Céline, Perec o Barthes; que en 1971 publicó su primera novela, 'Comiche', a la que siguió su famoso ciclo 'Parlamenti buffi', del que forma parte este 'Lunario del paraíso' (1978); que en 1985 dio un giro a su obra con 'Narradores de las llanuras', publicado en España por la editorial Anagrama, y en 2009 apareció en Periférica 'Vidas erráticas', que había obtenido poco antes uno de los premios más importantes de Italia: el Viareggio, y que, en cierta medida, «supuso su vuelta a una fértil y difícil sencillez».

Lo que en esta feliz novela se nos cuenta es la historia de un amor muy 'sui generis'. Mejor dicho, acaso, del enamoramiento de su protagonista, Giovanni --«Ciofanni, en versión del coronel Schumacher padre de la chica»- de una jovencísima chica alemana, Antje, casi muda o monosilábica como poco y tan estática, y de sus pasos consecuentes; es decir, encuentro en una playa italiana, que «nada más verla le dije: quiero volver a verte, si me lo permites voy a buscarte» y seguimiento a Hamburgo, introducción y asentamiento en una familia alemana (la de Antje, por supuesto y que, hasta para llegar a ella hace falta protagonizar una especie de aventura).

Descripción de los componentes de esa familia: el ya citado coronel Schumacher, en la actualidad novelística vendedor de bombillas que «sacaba cajas y cajas de bombillas de todos los colores y tamaños, y si una bombilla le gustaba mucho me daba grandes cachetazos en los muslos, golpes fortísimos, además de algún que otro manoseo por debajo» (que de esta manera nos introduce en algo como en tendencia un tanto epicena de su sexualidad); la de su esposa, la madre de la chica en cuestión, una «rubia espingarda que tenía todo el aire de escrutarme con el rabillo del ojo» como aquí se la describe, periodista cronista de moda que por la noche le hablaba en inglés mientras le enseñaba sus artículos sobre moda como un amable entretenimiento para el huésped y «me enseñaba revistas con fotos de chicas de largas piernas, modelos alemanas, todas», «guapa mujer, robusta de pecho, alta y de anchos hombros», que, «a diferencia de la hija, no tenía el rostro duro y severo, sino una mímica facial de la cortesía que le daba un no sé qué de falso pero agradable». Suficiente todo como quedarse boquiabierto y preguntándose «¿tú a quién has venido a pescar en esta casa, a la madre o a la hija?», que nos queda aún por presentar al hermano de la bella amada, que se llamaba Jan, un corredor de cien y doscientos metros. «Éramos más o menos de la misma edad, pero él era un rubio grandote, de esos lacios, con los músculos a punto de estallar por todas partes. Conmigo no hablaba nunca, silencio total, como los mudos; le decía buenas noches y él, silencio total», que «en la casa alemana me habían puesto a dormir en su cuarto, no demasiado grande, camas de madera hechas con cuatro estacas y gruesos edredones, y por la noche no me dejaba pegar ojo. Porque por la noche le brotaba de la piel el sudor del corredor, algo así como una humareda de un olor especial; no había escapatoria posible para la nariz» pues «el sudor del corredor es mortal, brota por la noche como una humareda, sube hasta el techo haciendo volutas y tirabuzones y acaba empañando todos los cristales. Por eso la ventana tenía que estar abierta, para que saliera el sudor apestoso del hermano Jan, con lo cual me pasaba toda la noche estornudando».

A todo lo cual, habría que sumar hasta la descripción de Furst, el perro, del que también hay que contar lo suyo; «ladraba de lo lindo en el jardín en cuanto yo ponía un pie en el césped» y «tenía miedo de que vinieran a robar a la casa de su amo y la había tomado conmigo porque, según él, yo caminaba como un ladrón».

Desde el comienzo de la historia, con un estilo narrativo fresco, vital, natural, como en sesgos de un humor que mana sin esfuerzo, va estableciendo el autor unas observaciones felices comparativas de modos de vida, con momentos en los que las contradicciones y contrastes, muy oportunamente observados como hábilmente escritos, va delineando algo como un catálogo de diferencias esenciales entre una y otras formas del vivir, una escalada en la naturalidad aunque presentado todo desde un vasto sentido del humor sencillo y fácil hasta a las mismas costumbres campestres que es el escenario donde todo se desarrolla; un sentido del humor vario y amplio que si bien quiere y logra establecer una diferencia de costumbres entre gentes de su país y del lugar a donde se traslada, que lo hace con gran finura.

Una historia de amor de la que también nos señala el autor que «dentro de la rotación de las lunas en el cielo» y de ahí el título del libro, «esto que ahora os estoy contando constituye el período del aullido, que suele llegar con la luna llena», y que «primero viene el aullido y luego la melancolía» y, también, que «el amor es una búsqueda, se busca y se busca, y cuando lo encuentras es otra cosa».

Una definición que bien puede ser como una sinopsis de la novela.

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